Alejandro Schujman, psicólogo: “Los padres deben salir de su rol de espectador y fijar límites”
El reto con los adolescentes
El especialista en adolescencia reflexiona en su nueva obra sobre la normalización de conductas de alto riesgo en los jóvenes, el miedo a crecer y la dificultad adulta para fijar límites sin tener sentimiento de culpa

Alejandro Schujman trabaja desde hace décadas con jóvenes y sus madres y padres y es autor de varios libros sobre crianza y vínculos

“Lo que convierte a un adulto en una figura confiable es su capacidad de empatizar, acompañar desde un equilibrio entre cercanía y distancia, y poner límites de manera amorosa y firme”, señala Alejandro Schujman (Buenos Aires, 1965) psicólogo, escritor y conferenciante especializado en vínculos y adolescencia. Además de su labor clínica y formativa, es autor de varios libros sobre crianza y vínculos, creador de un programa de streaming sobre salud mental y protagonista de la exitosa obra teatral Primero yo, después te quiero, donde promueve el amor propio como base para construir relaciones sanas.
En Adolescencia: Un desafío posible (Catarsis, 2025), Schujman aborda los conflictos más frecuentes de esta etapa: la inestabilidad emocional, la baja tolerancia a la frustración, la presión social y la exposición constante a las pantallas. “Este libro es una caja de herramientas”, dice, aludiendo a los recursos que plantea para que los padres y madres aprendan a poner límites sanos, mejorar la comunicación, fomentar el amor propio y acompañar sin asfixiar.

Los adolescentes hoy crecen bajo el sobreamparo de una generación de padres y madres que tienen muchísima dificultad para poner límites
Schujman cree que lo que se ha transformado no es tanto la adolescencia, sino la manera de los adultos de interpretar esta etapa. Para él, esa distorsión se manifiesta en la naturalización de situaciones de alto riesgo, como el consumo de alcohol y sustancias, y en la aceptación acrítica de esas vías de escape.
Describe cómo muchos adolescentes recurren a “muletas” (el alcohol, las pantallas, etc.) Para transitar hacia la vida adulta. ¿Qué tipo de presencia adulta puede convertir ese paso en un horizonte posible y no en una amenaza?
Los adolescentes hoy crecen bajo el sobreamparo de una generación de padres y madres que tienen muchísima dificultad para poner límites. Hay una gran ausencia de umbral de frustración, sentido de la responsabilidad y aprendizaje de gestión de emociones. Yo ilustro esta idea con una metáfora de un balancín. En un extremo se encuentra un hipopótamo, que es el contexto: las empresas que han invertido miles de millones de dólares para que los adolescentes sean lo más adictos posibles a la mayor cantidad de cosas posibles en el menor tiempo posible; como contrapeso, hay millones de adultos que miran desconcertados este universo sin saber qué hacer.
Crecer da miedo y muchos chicos han encontrado vías de escape: consumo de alcohol y sustancias psicoactivas, sobredosis de pantallas y una hipererotización temprana de las hormonas (no de las emociones). Como adultos, habría que recuperar el sentido común, salir del rol de espectadores y entender que somos protagonistas de lo que sucede con nuestros hijos.
Afirma que el límite protege, pero que muchos adultos lo viven con inseguridad y culpa. ¿Qué debería revisar un padre en su propio mundo emocional antes de marcarlos para que eso no termine en un campo de batalla?
Sostener la asimetría: no somos “pares” de nuestros hijos. Los padres no deben ser colegas, deben ser padres. Un padre debería revisar la propia gestión de emociones y de la ira. Asimismo, ser consistente y coherente: si decimos que no a algo, mantenerlo en el tiempo, porque si no se pierde credibilidad y autoridad. El trabajo de los padres es poner límites y el de los hijos es intentar romperlos. Es un gran problema que los chicos perciban que es fácil romperlos cuando nos perciben inseguros a la hora de ponerlos.
Habla de la importancia de no ceder en lo esencial. ¿Cómo puede un adulto reconocer que está cruzando la línea entre la flexibilidad necesaria y una renuncia que, con el tiempo, erosiona la relación?
El consumo de sustancias, las apuestas online o el acceso a contenidos pornográficos en niños de 8 o 9 años, dejan daños a medio o largo plazo. Es ahí donde los padres no deberíamos renunciar y sí decidir con claridad qué batallas librar. Nos plantaremos y seremos bloques monolíticos en desafíos que impliquen un riesgo que nuestros hijos no puedan manejar con consecuencias ciertas para el futuro. Lo que está en juego es la salud física y psíquica de nuestros hijos y con eso no se negocia.
Un adulto firme y amoroso, que se planta de manera asertiva, es hogar para un adolescente en estado de fragilidad
En el apartado Los adolescentes también hablan subraya que una conversación significativa no se fuerza. ¿Qué condiciones mínimas deben darse para que un adolescente sienta que puede expresarse sin miedo a ser evaluado o corregido?
El vínculo es el factor de protección más importante que tienen nuestros jóvenes. Y en el vínculo hay un triángulo esencial que es diálogo, confianza y disfrute compartido. Si tenemos estos tres vértices cubiertos nuestros hijos entenderán que lo que decimos surge desde el amor y el cuidado, no desde el capricho. Entonces, tendrán dos trabajos a largo plazo: enfadarse y desenfadarse.
A lo largo del libro insiste en el impacto de la mirada adulta en la construcción identitaria. ¿Qué tipo de mirada resulta hoy especialmente dañina, incluso cuando se presenta como preocupación?
La mirada de resignación: “no sé qué más hacer contigo”. Si estuviésemos en una camilla de un quirófano a punto de ser intervenidos por un cirujano, y escuchásemos al cirujano decir “qué miedo tengo, es mi primera cirugía”, seguramente desearíamos salir corriendo y pedir que nos opere otro. Pero ya es tarde. Así se sienten los jóvenes cuando escuchan el desconcierto del lado de los adultos. Los chicos se crían con influencers, protagonistas postmodernos con contenidos peligrosísimos. Necesitan tener frente a ellos adultos que sepan qué hacer. Y si no lo sabemos, busquemos ayuda profesional y en las redes de personas, porque son el único antídoto para estos tiempos.
En momentos de vulnerabilidad, ¿qué diferencia a un adulto que ofrece un verdadero sostén de otro cuya presencia se vive como una presión añadida?
En la empatía. Lo que mejora la conexión es la sensación de fortaleza y la posibilidad de autoconfianza que brinda la presencia firme. Un adulto desconcertado que interpela a un adolescente desde la angustia, desde la preocupación o desde el enfado, como pasa muchas veces frente a la vulnerabilidad de los chicos, lo que genera es una sensación de más fragilidad y lo empuja a buscar cobijo en refugios peligrosos.
Un adulto que se planta de manera asertiva, firme y decidida, lo que genera es confianza. Un adulto firme y amoroso es hogar para un adolescente en estado de fragilidad. Y el hogar es el lugar seguro para que nuestros jóvenes puedan alojarse en el camino hacia el mundo.

