Cuando los afectos y el sentido de pertenencia pesan más: los ‘expats’ que vuelven a su país
Duelos migratorios
Familias que emigraron a España poco antes o poco después del covid acaban regresando a sus países de origen aunque hayan progresado, se hayan asentado y el futuro en su tierra sea incierto: “La soledad pesa”

Retrato de una familia rusa que vive en Barcelona, algunos 'expats' que residen en Barcelona acaban volviendo a su país por morriña
Que sus hijas puedan crecer cerca de sus abuelos y primos fue lo que llevó a Agostina y Juan Pablo, una pareja argentina en sus treintas, a la decisión de volver a su país de origen. Llegaron a Barcelona en 2018 con la idea de que fuera algo temporal, pero con el tiempo fueron echando raíces y hoy vuelven acompañados de dos hijas y una gata. “Cuando nacieron las chicas, empezamos a pensar en lo que ellas necesitan”, explican. Les llevó un año tomar la decisión.
A pocos días de emprender el regreso, despedir la ciudad que fue su hogar no es nada fácil. Son muchas las cosas que van a extrañar: “Nos gusta mucho nuestra vida aquí, ir a la escuela caminando, tener todos los servicios y médicos cerca, poder movernos sin depender del coche, disfrutar de la ciudad, la playa, la montaña, los parques, los museos. También la cultura gastronómica, la apertura mental que encontramos y los amigos que se hicieron nuestra familia.” Aunque volver “implica incertidumbre laboral y social, porque somos otras personas, con otras ideas y proyectos, y Argentina también cambió”, al mismo tiempo significa regresar a casa, a los suyos, a su cultura.
No volvemos a Argentina por la estabilidad económica, salud, seguridad, educación (...) Sino porque es nuestra cultura y nuestra tierra

Según los datos facilitados por la Dirección General de Gestión Migratoria (DGGM), dependiente de la Secretaría de Estado de Migraciones, durante 2025 -con cifras recopiladas hasta el 30 de noviembre- un total de 2.142 personas regresaron voluntariamente a sus países de origen a través de los programas de retorno gestionados por este organismo: Retorno Voluntario Asistido y Reintegración (RVAR), Retorno Voluntario Productivo (RVP) y el Programa de Retorno Voluntario Asistido y Productivo de la OIM. Colombia fue el principal país de origen de los beneficiarios (45,1 % del total), seguido de Perú (16,4 %), Honduras (7,9 %), Argentina (5,3 %) y Venezuela (5,1 %).
“Si lo comparamos con nuestra vida aquí, no estamos volviendo a Argentina ni por la estabilidad económica, ni por la salud, ni por la seguridad, ni por la educación. Tenemos una vida muy bonita, que nos gusta mucho, pero nuestras prioridades cambiaron”, indica otra pareja argentina, de 37 y 38 años, que vive en Barcelona desde hace ocho años. Ellos también siempre tuvieron claro que su vida aquí sería algo temporal. Con la llegada de su segundo hijo, sintieron que era momento de volver. “Volvemos para que los niños puedan crecer con su familia, ver a sus abuelos los fines de semana, estar rodeados de más naturaleza y espacio para correr. También, porque es nuestra cultura y nuestra tierra”, añaden.
Si se le pregunta a ChatGPT qué decisión tiene más sentido para una familia, entre vivir en un país como España o volver a un país con una situación socioeconómica como la que ofrece Argentina, dirá que lo más racional es lo primero. Pero no somos robots y las decisiones de vida no se resuelven como un cálculo matemático.
Las redes de apoyo no son sólo económicas
Otras personas y familias que también compartieron sus experiencias con esta periodista tomaron la decisión por razones emocionales. Es importante aclarar que los casos recogidos no vuelven a su país de origen empujados por una situación de precariedad, vulnerabilidad socioeconómica o exclusión social. Se trata de personas que lograron asentarse, con documentación regularizada, empleo y una buena calidad de vida en España. Esa posición les permite plantear el retorno en condiciones similares a las que tuvieron al migrar: con calma, reflexión y margen de maniobra, no desde la urgencia ni la necesidad. Pueden permitirse intentarlo, probar. Además, del otro lado, les espera una red de apoyo.
Los motivos que inclinan la balanza hacia el regreso se repiten. Su decisión parte de un deseo de compartir la vida y la cotidianidad con su familia y amigos de siempre. De volver a ocupar su lugar en los almuerzos y sobremesas de los domingos. De dejar de vivir a distancia los momentos y eventos especiales. De vivir su cultura, de recuperar el sentido de pertenencia y esos códigos compartidos. De poder sostener la crianza con un soporte familiar. De estar rodeados de más aire, más verde, más espacio. De dejar de ser el extranjero y sentirse en casa.
Guyana Guardian entrevista a Gabriela Giménez, terapeuta Gestalt especializada en salud mental e inmigración y fundadora de Terapia En Viaje, quien además de acompañar a personas en sus procesos de migración, lo vive en primera persona, con más de quince años viviendo fuera.

Alquileres imposibles, sueldos que no alcanzan, soledad y duelos migratorios
Gabriela Giménez: “La Europa que antes abría puertas, ahora las está cerrando”
¿Cada vez recibes a más personas migrantes que deciden volver a su país?
Sí, cada vez lo veo más en consulta. Acompaño personas migrantes de Argentina, Brasil, Venezuela y México, y también españoles que viven en Suiza y Andorra, y en todos aparece una misma pregunta: “¿Tiene sentido seguir aquí, tal como estoy?”. No es una ola masiva, pero sí hay un aumento claro de cansancio emocional, en un contexto de alquileres imposibles, sueldos que no alcanzan, soledad y duelos migratorios prolongados. Y hoy hay un factor extra. La Europa que antes abría puertas, ahora las está cerrando. Andorra endureció permisos y cupos, Suiza exige contratos más sólidos y trámites largos, y la UE en general vive una etapa de mayor control, especialmente tras el Brexit. Esta inestabilidad genera muchísima ansiedad en quienes intentan asentarse.
En redes sociales, a veces puede parecer que hay un “retorno masivo” a los países de origen.
Como terapeuta que acompaña migrantes de distintos países, tengo claro que nadie migra en masa. Cada persona migra desde su historia emocional. Las redes exageran. Y aquí entra toda la psicología de las multitudes de Gustave Le Bon. Cuando una emoción colectiva se enciende, ya sea de orgullo nacional, victoria deportiva o discursos patrióticos, se produce un cierto contagio emocional. El “volver a casa” se transforma en un símbolo poderoso, casi inevitable. Pero también puede generar expectativas irreales, presión social o decisiones impulsivas. Por eso es fundamental parar, respirar y preguntarse: “¿Qué necesito yo?” No la masa.
¿Por qué alguien decide volver después de haber logrado establecerse aquí?
Hay cosas que veo a diario. La soledad pesa, ya sea por falta de apoyo familiar, por enfrentar la crianza de los hijos sin red de apoyo o por ver que los padres envejecen a distancia. Para muchos se trata de sentir que es un ciclo cumplido, ese “ya encontré aquello que vine a buscar”. Por otra parte, está el agotamiento de vivir en pisos compartidos, con sueldos bajos y poca proyección. Puede haber también tanto una necesidad a nivel de identidad y de coherencia interna, como una comparación emocional constante entre el aquí y el allá. A veces simplemente toca aceptar que lo que necesito ahora no es lo que necesitaba cuando emigré, y esta actualización es la que necesitamos hacer cada cierto tiempo, unos más que otros.
¿El factor económico influye?
Sí, muchísimo. Barcelona es hermosa, pero hoy la calidad de vida depende totalmente del nivel de ingresos. Para mucha gente, la ecuación no cuadra. Las habitaciones cuestan medio sueldo, es casi imposible vivir solo, es muy difícil ahorrar y muchos trabajos estables no garantizan bienestar. Ese “salto”, que antes justificaba migrar, ya no es tan grande. Cuando esa brecha entre la calidad de vida que te ofrece el estar aquí versus el estar allá se achica, la balanza emocional empieza a inclinarse hacia el retorno.
Desde la salud mental, ¿cómo se acompañan estos procesos?
Como terapeuta, ayudo a cada persona a reconectar con su soberanía emocional, a que pueda tener una claridad interna, una estabilidad, un criterio propio que no dependa de la euforia colectiva ni del miedo. La terapia, la meditación y las prácticas corporales permiten hacer silencio dentro del ruido externo y volver a lo esencial, a poder preguntarse: “¿Cuál es mi verdad hoy?”. La migración no se decide en grupo, sino desde el cuerpo, la historia y el momento vital de cada uno.
A pesar de que sea una decisión voluntaria, ¿puede haber sentimientos encontrados al volver?
Volver no es un fracaso. Como dice el Dr. Achotegui, uno de los mayores expertos en salud mental migratoria, el retorno es otro duelo migratorio. Uno vuelve cambiado a un país que también cambió. Un duelo poco nombrado, pero profundamente real. Regresar puede reactivar antiguos dolores, expectativas idealizadas y la sensación de no encajar ni aquí ni allá. Por eso requiere el mismo cuidado que la partida y necesita de un acompañamiento emocional, integración y tiempo.


