Relaciones

Las cenas de Navidad o por qué necesitamos una excusa para ver a los amigos

La pérdida de los vínculos

Hay quien argumenta que ya no tiene tiempo para sus amigos por las obligaciones familiares, el trabajo o el ritmo frenético de la vida moderna. ¿Qué tiene esta “la sociedad del rendimiento” que nos impide socializar?

La cotidianidad compartida con un grupo de amigos se está perdiendo en la mediana edad: ya sólo nos vemos para “ponernos al día”

La cotidianidad compartida con un grupo de amigos se está perdiendo en la mediana edad: ya sólo nos vemos para “ponernos al día”

Àlex Garcia / Propias

Algo de la serie Friends que a muchos parecerá impensable hoy –más aún que poder alquilar un piso de las dimensiones del de Rachel y Monica en Nueva York con solo 30 años y trabajos precarios– es esa cotidianidad compartida con un grupo de amigos. Verse a diario, hacerlo todo juntos. Compartir el tiempo, las tareas mundanas. No preguntar “¿cuándo nos vemos?” Sino “¿qué hacemos luego?”. La improvisación, la cercanía, el calor de un grupo de amigos en el que refugiarse durante un apagón, una tormenta de nieve o algún otro imprevisto cualquier día.

Hay quien argumenta que no tiene tiempo, o que sus amigos no tienen tiempo. Lo engulle, dicen, el ritmo frenético de la vida moderna, el trabajo o la presión de hacernos más fácilmente contratables o mejorar nuestra identidad personal en lo que se ha llamado “la sociedad del rendimiento”: ir a crossfit, hacer yoga, cursar talleres de escritura creativa.

Vivimos un proceso de gentrificación en las ciudades y también en las emociones, una homogeneización progresiva que produce un efecto de blanqueamiento e insensibilización

Olivia Laing

Escritora

Un grupo de amigos se reúne en una terraza de Barcelona 
Un grupo de amigos se reúne en una terraza de Barcelona David Zorrakino

Pero también está la cuestión de la cercanía, del espacio. Cómo ver a menudo a los amigos si visitarlos ya implica tomar un metro, conducir, embarcarse en la aventura tantas veces tortuosa de aparcar en la ciudad. Cómo sentir entonces a los amigos cerca, sobre todo en las generaciones más jóvenes: hijos de la globalización que se han iniciado en la vida adulta después de la Gran Recesión de 2008 y, bien por precariedad laboral, por nomadismo digital o por las opciones que ofrece el mundo hiperconectado, se han asentado en otros países.

Pablo (29 años), madrileño, tiene hoy a muchos de sus amigos del barrio, “los de toda la vida”, fuera de la ciudad. Uno vive entre Rotterdam y Toulouse. Otro en París. Otro en Barcelona y otro en Ibiza. “Con ellos nos juntamos solo en Navidad y si acaso en el viaje que hacemos todos en verano”, cuenta. Al resto los suele ver una vez al mes o cada dos meses en el partido de fútbol que organiza su grupo. Y a los que no juegan al fútbol los ve aún menos, porque están más enfocados en sus parejas o tienen intereses algo diferentes, comenta Pablo.

El factor de la cercanía se ha estudiado en las ciencias sociales como uno de los elementos clave para consolidar los vínculos. El antropólogo, psicólogo y biólogo evolutivo británico Robin Dunbar sostiene que las redes sociales están estructuradas en círculos de proximidad.

La gran disrupción: el mundo globalizado

Las dos variables necesarias de la amistad: proximidad (física) y tiempo

Y, en ese esquema circular, la distancia física —cómo de cerca estamos de nuestros conocidos— suele correlacionar con la frecuencia de contacto —cuánto interactuamos con ellos— y con la intensidad del vínculo o la cercanía emocional. Así, la fuerza de la amistad estaría condicionada sobre todo por esas dos variables: proximidad y tiempo, explica el sociólogo y politólogo Alejandro Ciordia, investigador postdoctoral en la Universidad de Maastricht y en la Scuola Normale Superiore en Florencia y experto en análisis de redes personales.

A nivel general, se da una correlación positiva. Pero, por supuesto, hay excepciones, matiza el especialista: “Todos tenemos ejemplos de cómo estas dos cosas no siempre van de la mano: el compañero de trabajo al que ves todos los días, mucho más que a tu madre, pero te cae fatal, o el amigo del alma al que no ves desde hace tres años pero cuando le ves es como si no hubiera pasado el tiempo”.

Este sociólogo confirma que ahora hay una mayor expansión geográfica de los vínculos: “Si uno migra ya tiene su red deslocalizada y aunque uno no migre es muy probable que la gente de su entorno más o menos cercano sí lo haya hecho. Así que indirectamente su red también está en parte deslocalizada”.

El fenómeno de la globalización, generador de “ciudadanos del mundo”, aviva y bebe al mismo tiempo de la cultura del desarraigo, aquella que evita a toda costa echar raíces e incita a las personas a centrarse, por ejemplo, en su carrera profesional, en el autocuidado, en cultivar una proyección pública en redes sociales y construir una marca propia. Es una cultura que puede devenir en un modo de vida más individualista, enfocado en uno mismo y no tanto en los amigos. Y esa mayor movilidad de las personas se mezcla a la vez con otro signo de los tiempos: la gentrificación de las ciudades. Los barrios se deshacen entre airbnbs y escaparates, y los vecinos se mudan a la periferia. Los bancos públicos desaparecen, las plazas son ocupadas por mercados navideños o estivales. Los lugares tradicionales de encuentro con los que estaban cerca dejan de alojar esas reuniones espontáneas.

La escritora y crítica cultural británica Olivia Laing lo refleja así en su libro La ciudad solitaria (Capitán Swing Libros). Laing se centra en la transformación de las ciudades para profundizar en el problema de la soledad urbana: “estamos viviendo un proceso de gentrificación en las ciudades y también en las emociones, una homogeneización progresiva que produce un efecto de blanqueamiento e insensibilización. En el esplendor del capitalismo tardío, se nos inocula la idea de que todos los sentimientos complicados —la depresión, la ansiedad, la soledad, la ira— son simple consecuencia de una alteración química, un problema que hay que solucionar, en lugar de la respuesta a una injusticia estructural (…)”.

Parece que, como los amigos siempre van a estar ahí, es un vínculo que no hace falta cuidar tanto.  (...) Y en los 30 y pico se deteriora con mucha facilidad

Carlos

35 años

Carlos (35 años), del municipio de Rivas (Madrid), se siente parte de este desarraigo o deslocalización de su red. Parte de su grupo de amigos del instituto está fuera y eso, sumado a otras dinámicas, ha hecho que el grupo no sea “ni mucho menos lo que era antes”. Su amigo Miguel lleva 14 años viviendo en Alemania por motivos laborales y, asegura Carlos, “él lo vive con mucha nostalgia, lo vive como un exiliado, porque echa mucho de menos España y querría volver pero aquí no hay tanto trabajo de lo suyo con esas condiciones”. Ahora Miguel trabaja como piloto para el Centro Aeroespacial Alemán. Otro de sus mejores amigos, Daniel, vive en Mallorca.

“Cuando vienen los expatriados nos juntamos todos y hacemos un poco de Good Bye Lenin: vamos a cenar a la casa de uno, de otro, y hacemos como si el grupo siguiera siendo lo que fue: un grupo consolidado, que se ve mucho, que se ve todas las semanas, que llega el fin de semana y se pregunta qué hacemos este finde. Cuando ya no es eso”, dice. 

“Las prioridades han cambiado. La familia que cada uno ha creado es la absoluta prioridad y a la que se dedica el 95% del tiempo”. En realidad, apunta, ni Miguel ni Daniel se pierden los planes grupales porque ya solo se ven en eventos importantes: despedidas de soltero, bodas, algún cumpleaños más celebrado o navidades.

Él lo vive con resignación: “me enfada un poco el cambio de prioridades, como si fuera incompatible cuidar tus nuevos vínculos familiares con que tu grupo de amigos más nuclear siga siendo una prioridad. Parece que, como los amigos siempre van a estar ahí, es un vínculo que no hace falta cuidar tanto. Y, en muchas ocasiones, en los 30 y pico, se deteriora con mucha facilidad”.

El coste social de emparejarse o tener hijos

Un grupo de madres conversa en un parque infantil de Barcelona
Un grupo de madres conversa en un parque infantil de BarcelonaPropias

¿Qué pesa más: la cantidad (número de veces que ves a alguien) o la calidad (cómo es el encuentro con ese alguien)? En su análisis sobre cómo se establecen y organizan las redes sociales, Dunbar sugiere que cuando se deja de invertir tiempo en una relación, esta tiende a decaer. Antes o después, el vínculo termina debilitándose.

“Se habla a veces de las relaciones como si fueran un capital social potencialmente infinito. Como si pudiéramos tener 100.000 amigos. Y en realidad no. Mantener relaciones requiere de recursos y el fundamental es el tiempo, pero además exige recursos mentales y cognitivos: registrar una serie de eventos vitales de cada persona y acordarte cuando la vuelves a ver”, detalla Ciordia, que estudió sobre todo las redes personales trabajando en el Laboratorio para el Análisis Computacional de Egoredes, Cohesión Social y Exclusión de la Universidad Autónoma de Barcelona.

“Cuando una persona pasa de estar soltera a salir con alguien, empieza a dedicar más tiempo a su pareja, y ese tiempo sale de alguna parte”, precisa el investigador. Y el tiempo disponible para una nueva pareja, afirman los expertos, se suele cobrar del saldo temporal de los amigos.

Dunbar incluso lo ha planteado en términos numéricos: cada nueva relación romántica cuesta una media de dos amigos. Esa fue la conclusión de un estudio que impulsó el antropólogo desde la Universidad de Oxford. “La red de apoyo también se reduce aún más para aquellos que tienen hijos, aunque estos efectos dependen de la edad y afectan principalmente a los menores de 36 años”, precisan los autores.

Irene tiene 36 años, una hija de ocho y un puñado de buenos amigos a los que apenas tiene tiempo para ver, más que para tomar un café y hablar de todo lo que ha pasado hasta el momento. Este fenómeno se ha enmarcado en la cultura del “catch-up” (en inglés, ponerse al día): quedar con las amistades únicamente para resumirnos la vida en lugar de vivirla junto a ellos. Se atribuye en parte a las exigencias de las jornadas laborales cada vez más difuminadas con el tiempo de ocio —entre otras cosas, por la conexión perpetua que ofrecen los smartphones— y a la ilusión de las redes sociales, que dan la sensación de estar presente en la vida de los amigos aun sin verlos.

El espejismo de las redes sociales

Ciordia sostiene que las redes sociales desempeñan ahora una función similar a la que antes solían hacer las madres, al menos, en las ciudades pequeñas: te llamaban y te contaban que se habían cruzado con la madre de nosequién y que les habían dicho que Fulanito se casa o cualquier otra actualización. “Ahora, esa misma información parece que llega de manera directa porque lo ves en el feed, pero en realidad también está mediado por la red social”, afirma el experto. En cualquier caso, las redes sociales cumplen ese papel y, arguye Ciordia, es un motivo por el que muchos eligen usarlas, para enterarse de lo que sucede en las vidas de otros.

​El problema es que esta virtud de las redes puede jugar en contra de los vínculos: si sentimos que estamos conectados a un amigo, porque sabemos qué ocurre en su vida a través de lo que muestra su perfil, y lo sentimos como información más directa, es posible que no tengamos la misma curiosidad o el mismo impulso para llamar a ese amigo y proponerle quedar.

De la necesidad a la amistad

Ahora, Irene dice haber conocido a nuevas amigas, madres de otros niños con las que comparte necesidades. Es lo que hacían antes las vecinas, argumenta: se apoyaban unas a otras en la crianza. Pero ahora que los barrios ya no son tan barrios, la red de apoyo se debilita.

En su libro La pasión de los extraños, una filosofía de la amistad (Galaxia Gutenberg, 2025), Marina Garcés analiza cómo se ha pensado la amistad en la filosofía, y cuestiona algunos planteamientos muy asentados, como, por ejemplo, que la amistad sea la antítesis de la dependencia. Garcés, que dirige el Máster de Filosofía para los Retos Contemporáneos de la Universitat Oberta de Catalunya, explica que según la concepción clásica y masculina de la amistad, en un vínculo amistoso puro no puede interferir ni el sexo ni el dinero, ya que estos elementos crean relaciones de subordinación. 

Sin embargo, la autora reivindica esas amistades que surgen de la dependencia mutua, de la necesidad: “El argumento que opone amistad y dependencia parece impecable: solo donde nos podemos relacionar desde la completa igualdad es posible la libertad propia de las relaciones de amistad. Pero la vida no es un argumento y la realidad es que, en cualquier contexto, somos vidas atravesadas por múltiples dependencias, deseos y otras formas de fragilidad. Excluir cualquier tipo de sentimiento de dependencia no solo deja fuera del ámbito de la amistad muchas de las relaciones afectivas más decisivas de nuestras vidas, sino que expulsa de la amistad a una parte importante de la sociedad. En primer lugar, a las mujeres”.

En su ensayo, Garcés también desafía la idea de que en este momento la esfera de la amistad esté destinada a encogerse. Ella plantea que, lejos de vivir tiempos de “pobreza afectiva”, quizá sean todo lo contrario: “la crisis de las estructuras tradicionales de vida, tanto políticas como sociales, desde el Estado hasta la familia, abre un espacio para el encuentro y para la experimentación que amplía las posibilidades de vida, a la vez que exige nuevas formas de compromiso y de relación”.

¿Tenemos demasiados amigos?

Estamos conectados con mucha gente, pero la mayoría de nuestras interacciones son virtuales
Estamos conectados con mucha gente, pero la mayoría de nuestras interacciones son virtualesMarti Gelabert

Los estudiosos de las redes personales sospechan que ha habido un cambio generacional relacionado con la tecnología: ahora los jóvenes tienen más red que los de las generaciones anteriores —sus círculos son mayores— pero los vínculos son más débiles.

Se calcula que, en promedio, cada persona conoce a otras 600. “Estas serían las que, de cruzarte con ellas por la calle, podrías reconocer —saber su cara y nombre— y ellas a ti”, indica Ciordia. Pero existen diferentes niveles de intimidad que las personas mantienen entre sí. En la capa más cercana estarían los de mayor confianza, aquellos con los que se comentan los problemas vitales, los asuntos que más nos afectan.

Parte de la explicación de que los círculos se hayan expandido en las nuevas generaciones es que las redes sociales digitales ayudan al cerebro a registrar a personas que, sin Internet, quizá olvidaríamos. Instagram, por ejemplo, facilita que se incluya en la red de alguien a personas que ha podido conocer en un momento muy puntual y a las que, sin esta herramienta, a lo mejor ni saludaría por la calle.

Pero es una teoría aún sin evidencias muy contundentes, pues Ciordia apunta que es difícil comparar los datos para corroborarla: “Habría que comparar a los jóvenes de ahora con los de hace 20 años habiendo medido indicadores iguales en sus redes, y eso no existe porque es un subcampo que está en continua evolución. Pero es una hipótesis bastante plausible”.

Así, la idea de que tenemos demasiadas “amistades” a las que ver y la consecuente ansiedad social o la sensación de no poder encajarlos a todos en la agenda también contribuye a que sea necesaria una organización previa que rompe con la espontaneidad del contacto.

Que haya lugar a la espontaneidad también es clave. “Los vínculos se forman a veces un poco casuísticamente, en torno a actividades comunes que se tienen. Estas actividades generan oportunidades de contacto inicial y luego oportunidades de mantenimiento y fortalecimiento”, añade Ciordia. Cuando existe esa actividad ya programada, uno no tiene que esforzarse para mantener el contacto, señala el experto, mientras que si no existen esas oportunidades de encuentro, éstas tienen que generarse y esa planificación —sobre todo cuando se ve afectada por cambios— puede llevar al desgaste.

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