La cacería requería planificación y preparación. Afinar las armas, estudiar el terreno, definir la estrategia, preparar el veneno... Sí, hace 60.000 años, en el sur de África, las tribus de cazadores-recolectores del Pleistoceno ya tenían un conocimiento suficientemente amplio para crear toxinas con las que impregnaban las puntas de sus flechas.
Estos productos, sin embargo, no fueron diseñados para matar instantáneamente a sus presas. El veneno se liberaba en el torrente sanguíneo del animal a través de pequeñas heridas perforadas por puntas de flecha diseñadas específicamente para desprenderse de su asta y permanecer clavadas bajo la piel.
Expertos rastreadores
Alrededor del refugio rocoso de Umhlatuzana, en la provincia costera de KwaZulu-Natal (Sudáfrica), abundaban las grandes bestias. Megafauna como elefantes, rinocerontes, búfalos, hipopótamos, cebras o jirafas. Una vez heridas, estas presas podían recorrer aún varios kilómetros durante uno o más días, lo que obligaba a los cazadores a seguir su rastro.
“Las armas envenenadas son un sello distintivo de la tecnología avanzada de estos cazadores-recolectores”, dicen los investigadores de la Universidad de Estocolmo. Según afirman en un artículo publicado en la revista Science Advances, la descubierta ahora en Sudáfrica es la evidencia más antigua de uso de veneno en puntas de armas de caza.
Primer plano de cinco de los 10 microlitos analizados del Refugio Rocoso de Umhlatuzana con restos de toxinas de bufotenina y alcaloides de epibufanisina
Los análisis microquímicos y biomoleculares revelaron rastros de alcaloides vegetales tóxicos como la bufotenina y la epibufanisina que se extraen de las plantas amarilidáceas autóctonas del sur de África. La fuente más probable, dicen los expertos, es el exudado del bulbo de Boophone disticha.
La técnica debía ser tan eficaz que todavía hay tribus actuales de cazadores-recolectores, como los San, que siguen utilizando las toxinas extraídas de esta planta conocida localmente como gifbol (bulbo venenoso) y que crece en abundancia en la región meridional africana.
Carl Peter Thunberg, uno de los primeros viajeros europeos que viajó (1772-1774) al interior del Cabo de Buena Esperanza, escribió que la raíz de Boophone disticha, del tamaño de un puño, es venenosa, y que los cazadores indígenas la usaban para envenenar sus flechas para cazar presas como la gacela saltarina (Antidorcas marsupialis).
Hasta ahora, la evidencia más temprana de flechas envenenadas eran unas puntas de hueso que contenían residuos de glucósidos tóxicos halladas en una tumba egipcia que data de hace entre 4.431 y 4.000 años. También se habían identificado glucósidos cardíacos en proyectiles de hace unos 6.700 años en la cueva Kruger en Sudáfrica.
Carcaj y flechas envenenadas recolectadas en el sur de África entre 1775 y 1776
En KwaZulu-Natal también había otras evidencias de rastros de toxinas, aunque no fueran directamente en armas. Los arqueólogos encontraron un “aplicador de veneno” de aproximadamente 24.000 años y un trozo de cera de abeja de unos 35.000 años en la Border Cave, en las montañas Lebombo.
“El uso de armas de caza envenenadas representa una innovación notable en las estrategias de adquisición de carne”, escriben los autores del estudio publicado este martes. Además de las puntas de hueso, los cazadores utilizaron microlitos (piedras pequeñas) con reverso.
La 'Border Cave' está encaramada en un acantilado entre eSwatini (Swazilandia) y KwaZulu-Natal (Sudáfrica)
“Esos cazadores-recolectores estarían familiarizados con las propiedades tóxicas de los exudados lechosos de los bulbos, del mismo modo que comprendían las propiedades insecticidas y larvicidas de algunas hojas aromáticas en KwaZulu-Natal hace unos 77.000 años”, añaden.
El hábitat común de B. Disticha son los pastizales, la sabana y la meseta semidesértica del Karoo. Para aprovechar sus propiedades tóxicas, hay que dejar que l líquido espeso que desprende se seque al sol hasta obtener una consistencia gomosa, que es cuando está listo para su aplicación.
Náuseas, parálisis, edema pulmonar o coma
Las pruebas toxicológicas de una flecha tratada con este veneno muestran que incluso pequeñas cantidades del exudado pueden ser letales para los roedores en apenas 20 a 30 minutos. En humanos, los síntomas incluyen náuseas, flacidez muscular, discapacidad visual, parálisis respiratoria, pulso débil o acelerado, disnea, hiperemia, edema pulmonar o coma.
“Aunque los antiguos cazadores del Abrigo Rocoso de Umhlatuzana carecían de conocimientos químicos, poseían una enciclopedia mental que les permitía identificar, extraer y aplicar eficazmente exudados tóxicos de plantas venenosas, además de comprender el comportamiento de las presas para saber el efecto de la toxina”, escriben.
“Dado que el veneno no es una fuerza física, sino que funciona químicamente, los cazadores también debieron confiar en la planificación anticipada, la abstracción y el razonamiento causal”, concluyen los autores.


