Reem Rouda, experta en crianza, sobre qué hábitos de los padres hacen que los hijos sean más felices: “La lección quedaría guardada en la memoria”
Crianza
La investigadora, que ha analizado más de 200 relaciones entre padres e hijos, identifica cuatro prácticas clave vinculadas al bienestar emocional infantil.

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La felicidad de los niños no depende solo de tener cubiertas sus necesidades básicas. La salud mental, la gestión emocional y el acompañamiento consciente por parte de los adultos que los rodean son factores que influyen directamente en cómo afrontarán el mundo cuando sean adultos. Así lo explica Reem Rouda, experta en crianza, quien ha estudiado más de 200 relaciones entre padres e hijos para identificar qué hábitos comparten las familias cuyos niños destacan por ser más felices, seguros y emocionalmente equilibrados.
Su análisis, publicado en CNBC, apunta a cuatro comportamientos parentales esenciales que, lejos de las grandes teorías educativas, se basan en algo tan sencillo como la conexión, la validación y el respeto hacia el ritmo emocional de los niños.
1. Valorar el silencio como herramienta de calma
Uno de los elementos más reveladores del estudio es la importancia del silencio. Según Rouda, los padres de los niños más felices sabían acompañar las emociones intensas sin recurrir a sermones ni correcciones inmediatas.

En momentos de frustración o tristeza, simplemente se sentaban a su lado, presentes pero sin invadir, ofreciendo consuelo desde la calma.
Este tipo de acompañamiento ayuda al menor a regularse sin sentirse juzgado. La presencia tranquila del adulto actúa como un ancla emocional y enseña que las emociones, incluso las más incómodas, pueden transitarse de forma segura.
2. No reprimir las emociones ni forzar expresiones sociales
Hablar de lo que sienten es una de las herramientas más poderosas para el desarrollo emocional. Las familias estudiadas conversaban habitualmente sobre emociones y permitían que los niños las expresaran libremente.
Rouda destaca un gesto revelador: estos padres no obligaban a sus hijos a decir “por favor”, “gracias” o “lo siento” de forma automática. Si el niño olvidaba hacerlo, el adulto lo decía en su lugar, “seguro de que la lección quedaría guardada en la memoria”.
La idea es que la gratitud o el perdón no deben convertirse en respuestas mecánicas, sino en aprendizajes que surjan de la comprensión, no de la imposición.

3. Validar las preocupaciones de los niños, por pequeñas que parezcan
Aunque para un adulto las inquietudes infantiles puedan resultar insignificantes, para un niño representan todo un mundo. Rouda señala que los padres de hijos más felices nunca minimizaban sus preocupaciones.
Validar lo que sienten, aunque sepamos que el problema pasará pronto, envía un mensaje claro: tus emociones importan. Esto fortalece la autoestima, la confianza en el adulto y la seguridad interna necesaria para enfrentarse a situaciones difíciles más adelante.
4. Fomentar la autonomía emocional (incluido el aburrimiento)
El estudio también revela que estos padres no buscaban resolver todos los problemas de sus hijos. En su lugar, promovían la resolución autónoma, permitiéndoles equivocarse, frustrarse y encontrar soluciones propias.
Un elemento clave en este proceso es el aburrimiento. Rouda explica que dejar tiempo libre sin pantallas ni estímulos constantes favorece la creatividad, la tolerancia a la frustración y la capacidad de autorregularse. Además, enseña a los niños a disfrutar de su propia compañía, una competencia emocional cada vez más necesaria.

La ciencia respalda estas conclusiones
Investigaciones de la Universidad de Harvard y del Child Mind Institute coinciden con las observaciones de Rouda:
- Los niños cuyos padres validan sus emociones desarrollan mayores habilidades sociales y menos ansiedad.
- El aburrimiento controlado estimula la creatividad y fortalece la autonomía.
- La presencia emocional del adulto reduce la activación fisiológica del estrés.
En conjunto, estos hábitos construyen entornos seguros donde el niño aprende a confiar en sí mismo y a desarrollar una relación sana con sus emociones.