Sudakasa nació de un desvío. Cuando buscaban un refugio fuera de la gentrificada y conservadora ciudad de Madrid, los escritores peruanos Gabriela Wiener y Jaime Rodríguez Z. Fueron a visitar una casa en venta en el límite con Guadalajara. No les convenció. De regreso, en vez de tomar la carretera principal, se perdieron por las secundarias y se toparon con una urbanización, a orillas del río Tajo, que les recordó a una zona de su Lima natal. Allí había otra vieja casa en venta, a la sombra de pinos y encinas. Junto a la escritora chilena Claudia Apablaza, a los pocos meses empezó a tramarse el proyecto de convertirlo en un espacio colectivo de residencias y talleres, literatura y arte, abierto al intercambio y la resistencia.
“La fundamos porque no teníamos la casa del pueblo que tienen todos los españoles y a la que nos invitan más bien poco, porque nuestro pueblo está a miles de kilómetros, así que levantamos aquí la casa del pueblo, para imaginarnos más allá de lo que quiere Europa para las migrantes”, cuenta Wiener, que en el 2021 protagonizó un fenómeno literario internacional con su libro híbrido y anticolonial Huaco retrato (Random House), y que ha convertido el sello Caballo de Troya en Yegua de Troya para publicar obras de autoras disidentes y racializadas, con portadas de color marrón.
Taller de Siembra, 2024
Se trata, añade, “de no repetir el boom de los hombres del siglo XX: cinco millonarios y un puñado de obras maestras”, sino “hacer todo lo contrario a lo que nos enseñaron que debía ser el destino de un escritor: no estar a solas, crear refugios, practicar cosas como el sindicalismo literario o la redistribución, porque no queremos ser solo visibles, queremos papeles, derechos e infraestructuras”. Redes, ciudadanía, hogar.
Han pasado dos años desde aquel desvío y el proyecto no ha hecho más que crecer. En la casa se han alojado escritoras como las mexicanas Daniela Tarazona y Ale Oseguera. Y en el local de los talleres, antes nave agrícola, con su gran mesa rodeada de libros, ha tenido lugar la primera edición de Siembra . Su coordinadora, la gestora cultural peruana Karina Rodríguez, lo define como “mucho más que un ciclo de talleres, es un proceso de cuidado profundo: las mujeres y disidencias migrantes se animaban a poner en palabras sus historias, se acompañaban entre ellas, se iban reconociendo en sus heridas y en sus potencias”.
Primer día del taller Siembra en Sudakasa
Allí han compartido sus saberes, entre otras, la poeta trans colombiana Aurora Camero (que acabó leyendo a orillas del río), la artista peruana Nereida Apaza Mamani (que enseñó a bordar versos) o la dibujante y creadora digital Rocío Quillahuamán (que dejó un autorretrato dibujado en la pared). “Suya es la mejor definición de Sudakasa: cuenta que cuando migró de Lima a Barcelona se escondía en el baño del colegio porque no sabía dónde meterse; Sudakasa sería ese lugar en el que no hace falta esconderse en el baño porque, entre otras cosas, está lleno de sudakas como una”, dice Wiener. Otra gran artista peruana, Sandra Gamarra –que representó a España en la Bienal de Venecia con la deslumbrante e incisiva Pinacoteca migrante –, participará también en el proyecto de aprendizaje y creación colectiva. De la primera convocatoria ha resultado la publicación inaugural de Sudakasa Ediciones: la antología Siembra, relatos de vida migra . Le seguirá el nuevo poemario de la ecuatoriana Mafe Moscoso, afincada en Barcelona (y autora de La santita , en Consonni).
Respaldan el nuevo sello dos proyectos editoriales de larga trayectoria, el chileno Mujer Rota y el madrileño Esto no es Berlín , que se integran en una estructura tridente. El objetivo no es solo publicar, también cuestionar. Dice Wiener, autora de Sexografía s (Random House): “Nos hemos quejado a la Feria del Libro de Madrid para que el libro migrante tenga un espacio real, ojalá nos escuchen; a la socialdemocracia española le quedan dos telediarios y se irá sin haber aprobado la regularización de medio millón de migrantes, mientras tanto Europa se volvió trumpista y se resiste a romper relaciones con el genocida Israel”.
“La fundamos porque no teníamos la casa del pueblo que tienen todos los españoles”, señala Gabriela Wiener
Coinciden en un mismo territorio político con asociaciones afines como Espacio Afro, La Parcería, el Colectivo Ayllu, el Instituto de la Tierra, Felipa Manuela, las Warawas o la Alpargata Vegana. “Me han permitido entender mi pertenencia a algo más grande”, afirma la escritora cubana Maielis González. “Son espacios que admiramos”, añade la productora argentina Noralía Savio Balbuena, “redes de inspiración y compañía, que demuestran que la cultura puede ser una herramienta política y afectiva para transformar realidades”.
El paisaje de Sudakasa no solo ha penetrado el tejido poliamoroso de los afectos y las ideas de todas esas creadoras y de muchas otras, profesionales o aficionadas. También ha entrado en la obra de Wiener. En las páginas finales de su última novela, Atusparia (Random House), aparecen “encinas, enebros y varios tipos de pinos” que “bordean el curso del Tajo” y “las cabras de las cuevas” que viven a tiro de piedra, en el recodo de la carretera, justo antes del desvío que los condujo directamente hasta aquí. Esta utopía posible.
Vida, arte, literatura y paisaje
“Coster Art i Natura nació de la voluntad de poner en diálogo la agricultura local y el entorno rural con el arte contemporáneo“, me cuenta el artista mallorquín Amador Magraner en su finca convertida en laboratorio artístico en la ladera del Puig de Maria (Pollença). “La innovación puede ser sostenible”, añade. El pasado mes de agosto y en el marco de la celebración del 35 aniversario de la galería Maior (nave nodriza del proyecto), se inauguraron las dos nuevas obras realizadas in situ, 'Pabellón bugambilia' y 'Llasag', que han nacido –respectivamente– de las residencias de los artistas David Bestué y Jorge Latorre. Se unen a las escultoras de artistas tan reputadas como Eva Lootz o Susana Solano. Pero Coster también ha acogido otro tipo de experiencias, como los talleres de cerámica con niños que anima el propio Magraner o la performance de la poeta y artista digital Mayte Gómez Molina, que hizo hablar a cada una de las piezas de la incipiente colección a través de poemas.
En estos momentos hay en España decenas de residencias artísticas y literarias en entornos rurales y naturales. Desde La Puebla de Cazalla (Sevilla) hasta el Valle de Carranza (Vizcaya), pasando por Hondón de las Nieves (Alicante), Cihuela (Soria) o Bustarviejo (Madrid), entre tantos otros pueblos, aldeas y bosques, existe una red cada vez más consolidada de alojamientos e intercambios creativos, que constituye desde la pandemia una auténtica alternativa a la los museos y centros culturales de todas las ciudades.
Sophie Blais, directora de Can Serrat, una gran casa en el Bruc –con el macizo de Montserrat al fondo– con grandes talleres y jardines, donde se alojan artistas y escritores internacionales, opina que el auge se debe a la institucionalización de esos espacios de intercambio artístico, que nacieron quizá en el siglo XIX y se multiplicaron en los años 70: “lo que antes era marginal y experimental se ha convertido en un formato reconocido, con convocatorias, becas y calendarios que lo hacen accesible a más gente“. Can Serrat nació en 1989, mucho antes del boom, pero en todo este tiempo ha mantenido “la idea fundacional de que el arte y la literatura no se hacen en soledad, sino en relación con otros y con el lugar que se habita”.
