
Václav Havel en Davos
La intervención del primer ministro canadiense Mark Carney en Davos ha hecho furor. El discurso, que adapta al estado actual de las cosas la retórica de la “potencia media” lanzada por su antecesor William Lyon Mackenzie King hacia el fin de la II Guerra Mundial, fue sin duda fulgurante. Como un relámpago nocturno que ilumina por un momento un objeto que se adivina magnífico pero nadie acaba de identificar.

Con el concepto de potencia media, Mackenzie King quiso promover la posibilidad de que Canadá interpretara un papel en el mundo que no fuera el de cabeza de ratón ni el de simple cola de león. La guerra fría no tardó en mostrar los límites de este ejercicio para un país alineado al bloque de una superpotencia. Pero el estado del norte de Norteamérica siempre ha perseverado en el deseo de encarnar este rol.
Desde esta perspectiva, el discurso de Carney a favor de una acción conjunta de potencias medias entronca con el estilo genuinamente canadiense de practicar la diplomacia. Su novedad radica en otro lado, en el giro que propone para ajustar esta política a la situación presente, en que, según su planteamiento selvático, los países que deberían practicarla no tienen más alternativa que estar en la mesa como comensales o formando parte del menú.
Una acción conjunta de potencias medias es el estilo genuinamente canadiense
Como se ha reiterado, la propuesta de Carney parte del famoso ensayo El poder de los sin poder, que el dramaturgo Václav Havel, futuro primer presidente de la Checoslovaquia poscomunista, publicó en 1978 para describir los regímenes del Este del Telón de Acero. La tesis de Havel era que, desde hacía tiempo, aquellos regímenes sobrevivían porque los ciudadanos, como el vendedor de frutas que mantenía en el escaparate el cartel “¡Obreros del mundo uníos!”, aceptaban vivir en una mentira. Poca gente creía aún en el sistema, pero la mayoría actuaba, por interés, comodidad o cobardía, como si creyera en él. El poder de los sin poder era el poder de disentir, el poder de poder socavar el régimen dejando de vivir en las falsedades que lo legitimaban.
Según la analogía de Carney, de quien ya se habla como del “nuevo líder del mundo libre”, la “ficción útil” en que deberían dejar de fingir creer las potencias medias del denominado “Occidente global” es la idea de que el orden internacional basado en normas vigente hasta ahora era un marco neutral y no un instrumento usado a discreción para el mantenimiento de la hegemonía estadounidense y el supuesto beneficio de los aliados. Los límites de esta analogía con la disidencia anticomunista son claros.
No se puede pasar por alto que Carney no ha hecho más que invitar a los aún aliados a desprenderse como de un estorbo de la misma ficción que el trumpismo había tirado antes a la basura. Que lo haya hecho repitiendo con cierto cinismo y con otro espíritu lleno de fervor neoliberal la letra del viejo altermundialismo crítico con la globalización neoliberal es, sin duda, una ironía de la historia digna de una carcajada homérica.
