Cultura

Cuando Tápiz se volvió Tapa, el arte se volvió real.

El museo barcelonés recupera piezas clave para restaurar su historia, reconstituyendo el espíritu de su colección.

Imagen de la exposición que reconstruye la muestra de Tàpies en la Sala Gaspar en el año 1960

Fotografía de la exposición que muestra el entorno con una escena que evoca el ambiente, junto con la obra que representa el entorno.

Miquel Gonzalez / Shooting

La primera vez que Antoni Tàpies (1923-2012) disfrutó de una exposición individual tenía 26 años. El joven artista era consciente de que el ambiente podía serle desfavorable e incluso hostil, por lo que se había resistido durante tiempo, pero acabó accediendo ante la insistencia de Josep Gudiol, que le ofrecía las Galerías Laietanes donde un año antes había expuesto Miró, y empezaba a sentir la urgencia de mostrar su obra al público y la crítica antes de marchar a París becado por el Cercle Maillol. No hay fotografías de aquella muestra pero se sabe que el montaje se caracterizó por su ambiente oscuro y que la prensa destacó que aquella oscuridad subrayaba lo “terrorífico” de la obra. Incluso hubo quien habló de que aquello parecían pinturas de checa (las cárceles republicanas creadas durante la Guerra Civil para torturar psicológicamente a los simpatizantes del bando rebelde y llevarlos al delirio mediante el surrealismo y la abstracción geométrica). Se vendió un único cuadro, Mudrc. Inscripcions a l’est d’un jardí , y lo compró Joan Antoni Samaranch, que era amigo de la familia.

Imagen de la reconstrucción de la primera exposición del artista en las Galeries Laietanes 
Foto del artista en el lugar, mostrando la escena con su obra. Miquel Gonzalez/Shooting

Diez años después, Tàpies ya no era solo un artista emergente: su obra, ahora reconocida, generó un debate en el que la gente cuestionaba abiertamente su valor, mientras el ayuntamiento, vacilante, intentaba comprender qué había sucedido con una obra que, pese a su aparente absurdo, conmocionó a la ciudad. 

“Las fotografías que aparecen en prensa ya no eran las de obras en un espacio vacío sino que empiezan a salir imágenes en las que lo importante son las personas mirando las obras de Tàpies”, apunta Pablo Allepuz, comisario junto a Imma Prieto de El movimiento perpetuo del muro , una exposición del Museu Tàpies que reexamina la década prodigiosa del pintor a la luz de las cuatro exposiciones históricas en las que participó, reproduciendo los ambientes y la disposición espacial de las obras, para poder volver a ellas tal como lo hicieron sus primeros espectadores. Porque, en cierto modo, afirman los comisarios, aquellos modelos condicionaron su fortuna crítica y posiblemente sigan marcando la manera en que se percibe e interpreta hoy a Tàpies.

El único competidor en ese entonces, además de Joan, fue el mismo que compitió en la misma categoría.

“Si enla exposición anterior , La imaginación del mundo proponíamos un viaje de fuera hacia adentro del artista[centrada en sus primeros años de producción] ahora la mirada es hacia el exterior, el momento en el que empieza a viajar y abandona la figuración y se adentra en las materias”, apunta la directora del Museu Tàpies. Y Allepuz apuntala la tesis de que, efectivamente, “factores hasta ahora considerados como anecdóticos, como la composición y el color de las superficies expositivas, los mecanismos de disposición física de las obras, las decisiones de luminotecnia o los recursos comunicativos, en realidad componen toda una estructura de mediación que afecta –o hasta determina– cómo vemos y pensamos el legado de Tàpies en la actualidad”.

Algunas de las obras tal como se expusieron en 1956 en París
Algunas de las obras tal como se expusieron en 1956 en ParísEFE/Toni Albir

La recreación cuenta con medio centenar de obras, instaladas con cables tensados desde el techo y bajo una iluminación casi cenital en el caso de su debut en las Laietanes; sobre pintura negra, ladrillos blancos, maderas de varios tipos e incluso un gran cortinaje de techo a suelo, en la de la Sala Gaspar. Entre una y otra, en 1954 volvió a exponer en las Laietanas integrando arte y vida en convivencia con los objetos domésticos de la muestr a Industria y arquitectura del Grup R, que había prolongado su estancia debido al éxito de público, y la de la Galerie Stadler de Paris, de 1956, su gran salto internacional de la mano de crítico Michel Tapié.

“Hay como una especie de línea imaginaria que nos separa de un ámbito a otro y ese extrañamiento que produce está en la propia construcción del artista moderno, que trata constantemente de reinventarse y romper con lo anterior pero siempre hay algo que le hace reconocible e inconfundible”, reflexiona el comisario y jefe de colecciones del museo, para quien “esa característica de un artista que siempre cambia pero es siempre el mismo es algo que ofrece la exposición a modo de experiencia”.

El movimiento perpetuo del muro se podrá visitar en el Tàpies hasta el 6 de septiembre.

Maria Teresa Sesé Monclus

Maria Teresa Sesé Monclus

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