El Liceu ya tiene 'Tetralogía' de Wagner: la dirige Tobias Kratzer en busca de un universo Marvel
Del 2027 a 2030
El teatro se resarce del cancelado 'Anillo' de Romeo Castellucci con un coproducción con la Ópera de Baviera

Una escena de este nuevo 'Anillo' que combina tradición y contemporaneidad: “Dios ha muerto”, reza la pintada, con la frase de Nietzsche

El Liceu ya tiene nueva producción de El anillo del nibelungo. La esperada tetralogía wagneriana, que después de tres lustros de ausencia iba a llegar con una propuesta escénica de Romeo Castellucci, la dirige finalmente el alemán Tobias Kratzer, un nombre asociado a las representaciones modernas del repertorio clásico que, con un fin de crítica social no exenta de humor, combinan elementos de la tradición con referencias contemporáneas. Esta primera producción del ciclo wagneriano supone el debut en el Liceu de Kratzer, de quien han sido muy celebradas Tannhäuser, del propio Wagner, en el Festival de Bayreuth, o el Faust de Gounod, en París.
El Everest operístico que suponen las 16 horas de música del ciclo de Wagner lo afronta el Liceu en coproducción con la Bayerische Staatsoper de Múnich -en la capital bávara se estrenó en octubre de 2024- y con su nuevo director musical, Jonathan Nott, en el podio. El primer título se verá en febrero de 2027, y los otros tres, a inicios del 2028, 2029 y 2030.

“Ya desde la producción de Patrice Chéreau, en los años setenta, he tenido la impresión de que la crítica social ha sido la tónica dominante de El anillo del nibelungo en los escenarios europeos. Y me parecía interesante volver atrás, a una interpretación cosmológica. Este ciclo trata de la inmortalidad. Y de algunos humanos que en nuestro mundo se consideran inmortales. Y ahí hay una tragedia y un problema: quienes, como el personaje de Alberich, son conscientes de la mortalidad, creen que hay que intentar conseguir todo lo que se desea en un corto periodo de tiempo, lo cual conduce a la avaricia y al terror en el mundo. Pero si, como es el caso de algunos políticos, uno se considera inmortal, le dejan de importar las generaciones futuras y deja de proteger lo que debe durante su etapa en el planeta. Hay muchos problemas sociales y ecológicos que nacen de aquí”.
Este ciclo es muy entretenido pero a la vez desencadena grandes reflexiones, y eso es lo mejor que se puede esperar de una ópera”
Así se ha expresado este jueves Tobias Kratzer en el Gran Teatre, al explicar su propuesta, que busca, por encima de todo, ser entretenida. “La gente ha de pasarlo bien, este ciclo es muy entretenido pero a la vez desencadena grandes reflexiones, y eso es lo mejor que se puede esperar de una ópera”, añade el directo. Kratzer establece un paralelismo y un hijo conductor entre el mundo de Wagner y el actual. “En la época de Wagner no quedaba claro el patrón moral, es decir, en qué podemos seguir creyendo cuando la religión entra en declive. Y cuando vuelve a hacerse fuerte la religión, a menudo no tiende a hacer del mundo un lugar mejor sino que entra en la tiranía y el fundamentalismo. Pero a la vez, ¿cuál sería la nueva brújula moral? Eso es algo de lo que Wagner habla a menudo y para lo que cada generación ha de encontrar repuesta”.
Su producción entrelaza mito y modernidad. Viene llena de imágenes poéticas e inquietantes que convierten la leyenda en una experiencia teatral contemporánea. De hecho, parte de un retablo en el que los dioses pasan por encima de las religiones del pasado y se convierten en seres venerados por la población. Eso permanece en la retina del espectador para el resto de los capítulos del ciclo. El oro del Rin es un prólogo en el que los dioses asumen de nuevo el poder, para, en las siguientes tres partes, ver qué consecuencias tiene eso para el mundo.

Múnich está llena, estos días, de banderolas con la famosa frase de Nietzsche, “Gott ist tot” (Dios ha muerto), que de amigo pasó a enemigo de Wagner. Es una frase muy cercana a la obra. “Me sorprendió que esta frase no se hubiese asociado antes a la Tetralogía, porque los dioses entran en declive al final. Pero ¿puede morir un dios siendo inmortal? Son interrogantes filosóficos que iremos desglosando a los largo de las 16 horas de música”, comenta Kratzer.
Un hito inconcluso
Europa, esperando a Romeo Castellucci
La Tetralogía de Wagner que Romeo Castellucci llevaba a cabo para La Monnaie de Bruselas y el Liceu de Barcelona quedó truncada de mala manera cuando el director y artista conceptual italiano propuso un mayor gasto en tecnología para el tercer título, Siegfried, además de posponer El ocaso de los dioses en el calendario. El teatro belga no asumió los cambios y, en medio de un relevo de intendant, se lavó las manos y escogió otro director para el resto del ciclo, dejando al Liceu buscando partenaire que asumiera los dos últimos títulos. A pesar de que la crítica celebraba la trascendencia de la puesta en escena monumental, de belleza clásica y teatralidad simbólica, la búsqueda de un partenaire fue inútil. La Europa del arte total dejó colgado un gran hito creativo que está por ver si algún día se concluirá.
El espacio que recrea el regista alemán no es abstracto sino que recrea un mundo paralelo a la realidad del presente. Podría ser el universo de Marvel, apunta, con sus dispositivos tecnológicos y la psicología de nuestra época, pero a la vez con una cierta magia. “Ese realismo mágico es lo que recrea Wagner. Y sus preguntas siguen siendo contemporáneas. Yo quería que eso fuera un gran espectáculo, no solo una explosión teórica de los temas”.
El reparto lo encabezan el bajo-barítono Nicholas Brownlee (Wotan) y el barítono Kartal Karagedik (Donner), junto con Roger Padullés (Froh), Nicky Spence (Loge), Georg Nigl (Alberich), Mikeldi Atxalandabaso (Mime), Ante Jerkunica (Fasolt), Wilhelm Schwinghammer (Fafner), Tanja Ariane Baumgartner (Fricka), Anett Fritsch (Freia), Okka von der Damerau (Erda), Ximena Agurto (Woglinde), Jennifer Feinstein (Wellgunde) y Helena Ressurreição (Flosshilde).
La música y el drama no se pueden separar: son lo que nos permite transitar este viaje sin perdernos, hasta el punto de llegar al final habiendo perdido la noción del tiempo”
Para Nott, para quien esta será la cuarta producción de la Tetralogía que dirige -la tercera escenficada-, supone un placer dirigirla en el podio del Liceu, “un teatro con tal tradición wagneriana”. “Todos sabemos que son más de 15 horas de música, pero la principal maravilla del Anillo es que nadie ha de saber nada antes de escucharlo. Con venir y experimentarlo, es suficiente”. El maestro británico afronta el ciclo como cuatro movimientos de una gran sinfonía, un drama musical de proporciones humanas que la que los leitmotivs articulan el relato y el compositor se convierte en el verdadero protagonista. “La música y el drama no se pueden separar: son lo que nos permite transitar este viaje sin perdernos, hasta el punto de llegar al final habiendo perdido la noción del tiempo”.

El director artístico del Liceu, Víctor García de Gomar, se mostró satisfecho por la elección de esta producción “en la que hemos estado desde el minuto uno, tal vez no el cero, pero sí el uno”. “Cada nueva lectura del Ring no es una repetición sino un acto propio de creación y de reivindicación de un teatro. Presentar en una nueva producción es adentrarse en una arquitectura sonora y filosófica que, más que representarse, se ha de ocupar y se ha de reeditar. Wagner nos descubre un mundo mítico pleno, hermético, que nos habla directamente de nuestro presente, del nacimiento del poder, la corrupción y la fractura de un orden que parecía eterno”, concluye.
Y conviene en que Nott desarrollará la potencia simbólica de la orquesta con una partitura de la que emergen arquetipos que evocan naturaleza, codicia, amor perdido, etc. “Su dirección precisa, orgánica y profundamente narrativa coopera para convertir la partitura en un organismo vivo”.
En el Liceu raramente ha pasado una década sin un Anillo de Wagner. El primero data de los años 1910, cantado en italiano, si bien en la década de los 60 y 70 hubo un silencio. También en los 90. Las últimas apariciones fueron las temporadas 2002-2003 y 2003-2004, con puesta en escena de Harry Kupfer y bajo la batuta de Bertrand de Billy. Y Joan Matabosch programó en 2012-2013 el inicio del ciclo con Robert Carsen y Josep Pons en el podio.
