Cultura|s

Chantilly y el libro-mundo de Jean de Berry

Cultura|s / En portada

Es un monumento de la cultura europea. Junto a sus espectaculares Establos, el castillo conserva ‘Las muy ricas horas del Duque de Berry’, el manuscrito iluminado de mayor valor artístico

‘El hombre anatómico’ o ‘zodiacal’ , miniatura de estética ya próxima al Renacimiento, una de las joyas del manuscrito iluminado ‘Las muy ricas horas del duque de Berry’

‘El hombre anatómico’ o ‘zodiacal’, miniatura de estética ya próxima al Renacimiento, una de las joyas del manuscrito iluminado ‘Las muy ricas horas del duque de Berry’

Mihail Moldoveanu

Caminando desde la estación de tren por un frondoso bosque, al acercarse al Domaine de Chantilly, la vista se abre sobre un hipódromo con su extenso y magnifico césped, limitado en su lado izquierdo por un enorme complejo palacial. No es la morada de los príncipes de Condé —señores del dominio— ni una catedral, sino un palacio solo pensado para los caballos. Son los Grandes Establos (Grandes Écuries), un edificio colosal del siglo XVIII que es también un asombroso homenaje a los equinos.

Fue el séptimo Príncipe de Condé, Louis-Henri de Bourbon Condé, quien planeó y ordenó la construcción. La leyenda dice que el duque de Bourbon —como se hacía llamar, tenía varios títulos— estaba persuadido de que iba a reencarnarse en un caballo. La verdad es que la tradición hípica y el culto del caballo eran rasgos compartidos por todos los Condé, así como por los Montmorency, los señores feudales que habían regentado antes estas tierras.

⁄ Enrique de Orleans, hijo del rey Luis Felipe de Francia, heredó el palacio y compró el precioso manuscrito

Sorprendentes como son estos Grandes Écuries, y pensando en la importancia del caballo en casi todo el recorrido de la civilización, parece extraño que no haya habido homenajes parecidos en otras partes. Ya desde antes de los persas hasta la modernidad, se puede escribir la historia de gran parte del mundo a través del caballo. La emergencia de los imperios dependió en gran medida del número y de la cualidad de los caballos que podían reunir. Gengis Khan tenía un millón. Los altos caballos de guerra son el resultado de un largo proceso de selección. A su potencia real se sumó el simbólico poderío aristocrático, atributo que los príncipes de Condé realzaron con mucha dedicación. Medir los motores de hoy en caballos de potencia o algún lugar memorable como el de Chantilly es casi todo que nos ha quedado de ese glorioso pasado.

Antes de realizar sus Grandes Écuries  Louis-Henri había sido primer ministro de Francia unos tres años, cuando el rey Luis XV era todavía menor de edad. Después de caer brevemente en desgracia, se retiró a su amado Chantilly para dedicarse plenamente a la caza y llevar a cabo su chef d’œuvre, estos Grandes Establos (1719-1735). El edificio, de 180 metros de largo —compuesto de dos naves muy altas separadas por una torre— albergaba 240 caballos, unos 500 perros para la cacería diaria, y todo el personal que se requería para su sustento. El arquitecto fue Jean Aubert, discípulo de Hardouin-Mansart, que había realizado los establos y muchas otras obras en Versalles. Bajo la cúpula de la torre —unos 28 metros de altura—, Louis-Henri, príncipe de sangre real, pudo organizar cenas reuniendo a Luis XV con otros monarcas de la época. Hoy día es una pista dedicada a espectáculos ecuestres, parte del Museo Viviente del Caballo que se creó en los Grandes Establos.

A la izquierda, miniatura del calendario 'La reverdie', correspondiente al mes de abril. A la derecha, la del mes de julio en la que se describen labores del campo
A la izquierda, miniatura del calendario 'La reverdie', correspondiente al mes de abril. A la derecha, la del mes de julio en la que se describen labores del campoM.Moldoveanu

Antes de los Condé, el condestable Anne de Montmorency —principal apoyo de Catalina de Médici para mantener la monarquía— había hecho de Chantilly un lugar encantador. “La más bella morada de Francia”, coincidieron tanto Carlos V como Enrique IV en sus elogios. Los Montmorency siguieron añadiendo esplendor al dominio hasta que Enrique II, el último condestable, se ganó la enemistad de Richelieu. Luis XIV prometió Chantilly a su primo, el príncipe de Condé —el Gran Condé, brillante líder militar— que, sin embargo, tardó unos veinte años en tomar posesión. Cuando lo logró, puso en marcha un gran plan de obras que dieron mayor monumentalidad al conjunto.

El modelo estético era Versailles, y los realizadores eran los mismos: el concepto paisajístico lo definió Le Nôtre, y Hardouin-Mansart se encargó de las intervenciones arquitecturales. Con el paso del tiempo, el gran parque de Le Nôtre se enriqueció con un jardín chino, un jardín inglés y varias otras intervenciones. Luis XIII, Luis XIV y Luis XV venían encantados a pasar verdaderas vacaciones aquí —a unos 40 kilómetros de Paris— cazando en los extensos bosques del dominio.

El manuscrito iluminado ‘Très Riches Heures du duc de Berry’ se ha expuesto este 2025 en Chantilly 
El manuscrito iluminado ‘Très Riches Heures du duc de Berry’ se ha expuesto este 2025 en Chantilly MURIEL VATRIN / Otras Fuentes

La rama de los Condé se extinguió en 1830. Enrique de Orleans, duque de Aumale, quinto hijo de Luis Felipe I de Francia, hereda a los 8 años de edad todo el patrimonio de su padrino, el ultimo príncipe. Se trata de la propiedad inmobiliaria más grande de Francia. Chantilly se convierte en la verdadera pasión de Enrique de Orleans. En paralelo con una carrera militar, su sensibilidad natural le convertía en un erudito coleccionista de arte y un bibliófilo muy advertido.

Después de la Revolución de 1848, Luis Felipe y su familia tienen que exiliarse a Londres, donde Enrique de Orleans extiende su colección de bibliofilia. Es allí que en 1855 un amigo exiliado italiano, bibliotecario en el British Museum, le señala un libro en venta en Génova. El duque de Aumale viaja a la ciudad italiana, entiende enseguida que se trata de uno de los livres d’heures du duc de Berry —príncipe que conoce a través de los manuscritos que había heredado de los Condé— y lo compra por 18.000 francos. Es el comienzo de una larga historia, que sitúa a Enrique de Orleans en el linaje de los más grandes príncipes bibliófilos.

Miniaturas de gran belleza sobre la vida de María, pintadas por los hermanos de Limbourg
Miniaturas de gran belleza sobre la vida de María, pintadas por los hermanos de LimbourgMusée Condé/Chateau de Chantilly/G.Kagan

A su regreso del exilio, en 1871, el duque de Aumale restaura y adapta los espacios de Chantilly para poder albergar y mostrar sus extensas colecciones, convirtiendo el lugar en uno de los más prestigiosos museos de Europa. Pinturas de Rafael, Rembrandt, Durero, Tiziano, Filippo Lippi, Botticelli, Fra Angelico, Van Dyck, dibujos de Miguel Ángel, Pisanello, Leonardo da Vinci, Delacroix, Holbein…. Y una fabulosa biblioteca —el Cabinet de Livres— con libros raros y su colección de manuscritos con pinturas, entre las más bellas del mundo. Al ir hoy a Chantilly, es el duque de Aumale quien nos recibe. Estamos en su casa, es su gusto. Por un acto de donación, a su muerte en 1897, todo el dominio de Chantilly pasó a ser propiedad del Institut de France, del que él mismo fue miembro. Sus únicas condiciones fueron no cambiar su accrochage y no extraviar obras.

Haciendo investigaciones en la Biblioteca Nacional de Francia, Enrique de Orleans identifica su precioso manuscrito de Génova como Les Très Riches Heures du duc de Berry — traducido como Las muy ricas horas del duque de Berry—, nombre utilizado en el inventario de los bienes del duque de Berry, establecido en 1416, después de su muerte. A partir de este momento empieza una intensa campaña de estudios, de restauración y de adquisiciones adicionales en relación con este manuscrito iluminado, del que ya tiene la certeza de ser el más importante conocido.

Más fragmentos del libros iluminado de 'Les Très Riches Heures du duc de Berry' 
Más fragmentos del libros iluminado de 'Les Très Riches Heures du duc de Berry' Mihail Moldoveanu

El frágil manuscrito se había expuesto solamente dos veces desde la muerte del duque de Aumale. Aprovechando los trabajos de restauración llevados a cabo en 2024 —que han implicado el desmontaje de las hojas que componen el calendario—, el Museo de Chantilly las ha mostrado en una admirable exposición junto a otros manuscritos iluminados directamente relacionados, prestados por las más prestigiosas colecciones del mundo: Metropolitan Museum y Morgan Library de Nueva York, Bibliothèque Royale de Bruselas, Bodleian Library de Oxford, Biblioteca Nacional de France... A final de año, con la muestra acabada, las preciosas hojas deben ser remontadas en su encuadernación de origen y reposar en un espléndido cofre.

El duque de Berry —hermano de Carlos V de Francia, uno de los más grandes mecenas de la Edad Media— poseía casi todo el noroeste de Francia, pero iba siempre falto de dinero al tener más proyectos artísticos en marcha de los que podía asumir. Construía castillos, encargaba pinturas, esculturas y manuscritos, coleccionaba instrumentos científicos (estaba al tanto de los últimos adelantos, sobretodo en astronomía) y enriquecía siempre más su extenso gabinete de curiosidades.

Vista del dominio de Chantilly y sus jardines, que Enrique de Orleans donó al Instituto de Francia
Vista del dominio de Chantilly y sus jardines, que Enrique de Orleans donó al Instituto de FranciaM.Moldoveanu

Aprovechando una larga tregua en guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra, Jean de Berry abrió su gran frente de obras, entre las cuales los libros de oración con pinturas para uso privado tenían un lugar privilegiado. En sus seis salterios, o libros de salmos, conocidos se puede apreciar ya la intención de fomentar una verdadera emulación entre los artistas de su tiempo: los apóstoles y los profetas pintados en el preámbulo de uno de sus salterios —en grisaille (gama de grises), de sorprendente y delicada volumetría— son las obras de Beauneveu, un escultor que trabajaba para el rey Carlos V.

A continuación, quiso poner las oraciones en relación con el calendario, con los momentos destacados de cada temporada y de la vida cotidiana: así se crearon los libros de horas, un formato de libro litúrgico con pinturas que llegó a su apogeo con el duque de Berry. En estos manuscritos, cada vez más quería ver reflejado todo lo memorable de su tiempo. Los salterios fueron seguidos por Les Petites Heures du duc de Berry, Les Belles Heures du duc de Berry, Les Très Belles Heures, Les Grandes Heures…, todas ellas obras que rivalizaban en encuadernaciones suntuosas de cuero o de tejidos preciosos, con hebillas de oro o plata. Aparte del calendario, en estos manuscritos se encuentran las oraciones leídas a determinadas horas del día. A medida que se adentró en esta actividad, Jean de Berry —que era uno de los mejores conocedores de las artes visuales de aquel tiempo— amplió las dimensiones y acordó un espacio creciente a las pinturas.

Vista aérea de los grandes establos del dominio de Chantilly
Vista aérea de los grandes establos del dominio de ChantillyMarc Walter

Para la realización de los Grandes Heures contó con la colaboración de un gran pintor de Flandes, Paul de Limbourg, que vino con sus hermanos a trabajar a Paris para el duque de Borgoña, hermano de Jean de Berry. Quedó tan satisfecho con el experimento que declaró después, a sus 69 años en 1409, que no estaba preparado para morir antes de poseer el más bello livre des heures que puede existir. Encargó a los hermanos de Limbourg la realización de Les Très Riches Heures , un libro de inaudita ambición. Siete años más tarde, en 1416, los hermanos lograron acabar diez páginas y media; el duque de Berry murió, y sus herederos no quisieron seguir.

El logro de los hermanos de Limbourg es prodigioso: es desde luego el más bello libro iluminado que se conoce. Estilísticamente se unen con sutileza varias tradiciones en una visión de gran originalidad. Se percibe la herencia pictórica de Flandes —Van der Weyden, Petrus Christus, Van Eyck— y en igual medida la “revolución” de Siena, sobre todo la obra de Cimabue, Duccio y Simone Martini. También se detectan influencias de China, Bizancio, Levante y África del Norte, insertadas con mucha inspiración. ¡Es el mundo en un libro! Las labores en los campos, los muchos castillos de Jean de Berry, los dibujos de astronomía... Umberto Eco dijo que la imagen que se hacía del mundo medieval le venía directamente de haber estudiado las miniaturas de este manuscrito maravilloso.

Los colores han conservado toda su frescura. Son pigmentos de los más valiosos, sobretodo el azul obtenido al moler muy finamente el lapislázuli y el pan de oro aplicado con gran habilidad sobre el fino pergamino, a veces con un pincel de una sola cerda. La disposición del calendario —unas dobles páginas dispuestas en vertical sobre seis hojas ( bifeuillets ) que se miran por las dos caras— permite apreciar plenamente la belleza incomparable de las pinturas.

⁄ El logro de los hermanos de Limbourg en esta obra es prodigioso: unen con sutileza varias tradiciones pictóricas

Tras la muerte del duque de Berry, el rastro del manuscrito se pierde, hasta 1446, cuando el rey Carlos VII reconquista Paris. Probablemente como cortesía, el rey René de Flandes instruye al pintor de su corte, Barthélemy d’Eyck, para que complete Les Très Riches Heures , encontradas en la custodia de un marchante. Es una breve pero preciosa intervención sobre la página dedicada al mes de septiembre, en la que D’Eyck representa un gran torneo de caballeros en la ciudad de Saumur, organizado por el rey René para Carlos VII.

A finales del siglo XV, Les Très Riches Heures entran en la biblioteca de los Saboya. En 1485, Jean Colombe, pintor en Bourges (residencia favorita de Jean de Berry), recibe por parte de Carlos I, duque de Saboya, el encargo de acabar el manuscrito, que queda luego en las colecciones de la casa Saboya. En 1504 el manuscrito —encuadernado ya— viaja a los Paises Bajos con Margarita de Austria, cónyuge del duque Filiberto II, y en 1530, su tesorero general lo transporta a Génova. Es allí que, en 1856, Enrique de Orleans, duque de Aumale lo adquiere.

En su diario apuntó: “Empiezo a pensar que sufro de bibliomanía”. /