¿La batalla de los sexos?

MONEYBALL

El tenis se encuentra en un momento crítico. Busca evolucionar su modelo de negocio y las reglas de juego. Transiciona compungido por el vacío dejado por Federer y Nadal, debatiéndose entre el pasado y el futuro. Como preámbulo, dejen que introduzca que, como deporte, ha acercado su realidad al debate social sobre la fractura económica entre géneros de forma más que honesta. Los Grand Slams son, paradigmáticamente, un gran ejemplo, puesto que ya hace años decidieron igualar sus cifras de premios entre hombres y mujeres.

Con todo ello, ha habido espacio para una exhibición navideña, en pretemporada, con tintes de debate ideológico entre el deporte masculino y femenino. En el pasado, eso nació de la controversia entre jugadores. Para eso Connors y Navratilova era tan activistas, como fáciles de verbo y arrogantes. En esta ocasión, nada partió de una situación real. En el actual circuito eso parece superado. El dinero a espuertas de Oriente Medio ha sido, una vez más, el promotor. Tan solo una farsa con el fasto y la trivialidad impostada con focos locales y audiencias globales. Añadan la ubicación, en una zona del mundo donde la igualdad ni se vislumbra. Por tanto, una broma de mal gusto. Pero, para productos pseudo deportivos, tienen capacidad de innovar. Ni exhibición, ni competición: un desastroso experimento tan mal conceptualizado, como gestionado. Saque único para el jugador y pista desigual en tamaño a ambos lados trataban de reequilibrar ventajas, aunque finalmente se retocó lo del saque.

Ni exhibición ni competición: un desastroso experimento mal concebido y gestionado

El supuesto ensayo otorgó protagonismo a dos rivales dispares en trayectoria y situación actual. Aryna Sabalenka, la número uno actual, una jugadora que, con total seguridad, por movimientos y golpes, puede competir contra el otro género mejor que cualquier otra. Al otro lado, Nick Kyrgios que, tras una larga baja, ocupa el número 672 del ranking. Es decir, hoy, un don nadie del tenis mientras no demuestre lo contrario. Obviamente, el perfil era mediático pero dudosamente seleccionado. Aunque debe tenerse en cuenta que, para participar en el espectáculo, el único condicionante era querer ser parte de él. El australiano siempre ha sido más showman que deportista de élite. Para autoacreditarse defendiendo que era el candidato idóneo, tuvo que explicitar, en rueda de prensa, que había ganado a los cuatro grandes jugadores de la última década. Siempre ha sido un tipo con un ego desmesurado y una limitada capacidad competitiva. El resultado era pronosticable: un partido obviable que no ha aportado nada al tenis ni a la sociedad. Un debate vacío e inocuo que tampoco podemos calificar de evento deportivo.

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