A cada uno lo suyo

pelotas fuera

V iene calentito el derbi. Nos alegramos de que así sea. Ya era hora de que el Espanyol llegara crecidito en lo futbolístico a un cara a cara con el Barça. No han abandonado los blanquiazules el complejo de inferioridad que los carcome desde hace décadas. Pero al menos esta temporada disponen de argumentos futbolísticos para atemperarlo.

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Llos entrenadores de ambos equipos, Manolo González y Hansi Flick 

Andreu Esteban

El escarnio al que la afición perica someterá a Joan Garcia, traidor y tránsfuga a sus ojos, es el aliño definitivo a un partido que viene a recordarnos, con independencia del resultado, cuan necesarias son para el fútbol las bajas pasiones. Está bien que el Espanyol se crea un David capaz, a la par que soliviantado, y que el Barça salte al campo como un Goliat precavido, sabedor de que las piedras que usa este año su rival son más certeras que de costumbre.

En origen la tierra era de todos. Cada uno ha recogido lo que se ha atrevido a sembrar

Tenemos los culés una tendencia comprensible al ninguneo del periquito. Es difícil sustraerse a los argumentos que nos empujan a ello: hermano pobre de la ciudad, marginal en Catalunya, equipo ascensor. Solo su atributo más diferencial, el antibarcelonismo, nos recuerda aquello que los blanquiazules más desean: ser tratados como feroces enemigos. Por eso lo que más les duele es la indiferencia que la parroquia culé, acostumbrada a otearlos por encima del hombro, les dispensa de manera creciente.

Para un aficionado del Espanyol militar en la animadversión patológica hacia el Barça es relativamente fácil, dado que el club blaugrana es lo que ellos creen que merecerían ser. En cambio, para un culé experimentar un sentimiento similar ha ido ganando dificultad. A fin de cuentas, el Espanyol no es para el barcelonismo del presente más que alguien con quien comparte un vecindario que ni siquiera resulta molesto. Ellos en Cornellà y nosotros en Barcelona. Que los blanquiazules hayan empezado a jugar bien a fútbol y que el caso Joan Garcia nos haga memoria de que esta es una historia de capuletos y montescos, es un primer paso para que los culés abandonemos la inevitable indolencia respecto a los periquitos. Una invitación a que volvamos a tenerlos presentes en nuestros pensamientos para desearles la derrota incluso en los entrenamientos. En fin, unos pasitos en la dirección correcta para que las cosas sean como deben ser.

Para consolidar esta sana competencia deportiva sería también estupendo que el Espanyol sacara pecho de su verdadera naturaleza y dejara de ver al Barça como un injusto usurpador de su lugar en la historia y en la sociedad catalana.

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Al Barça lo que es del Barça y al Espanyol lo que es del Espanyol. Cada escudo representa lo que representa y cada aficionado es consciente de lo que significa estar en un rebaño y no en otro. El Espanyol no tiene nada que hacerse perdonar, aunque sea una parte de la bandada periquita la que se empeña en trasladar esa impresión, lamentando no ser lo que sí es y representa el Barça.

Ser una minoría no está bien ni mal. Es sólo un hecho que responde también a hechos, y no a grandes o pequeñas conspiraciones. En origen la tierra era de todos. Cada uno ha recogido lo que se ha atrevido a sembrar. Unos tanto y otros menos, por no decir tan poco. Dicho lo cual, ¡por fin un derbi de verdad! Tengámoslo en paz aunque nos deseemos futbolísticamente lo peor.

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