Las Claves
- El triunfo de Carlos Alcaraz en Australia exige actualizar la narrativa mediática nacionalista que caracterizó la época de Rafael Nadal anteriormente.
- La obra Latidos de Bj
El triunfo de Carlos Alcaraz en Australia exige actualizar ese fervor nacionalista en los medios que caracterizó la época de Rafael Nadal. La asombrosa madurez temprana de Alcaraz y su atractivo estilo de juego aún no han generado un lenguaje narrativo particular. Por ahora, se emplean con él los esquemas de éxito de antaño donde, con frecuencia, la crónica deportiva —heredera de la escuela de José Maria García— ha mantenido una intensidad y un ruido que no encajan del todo con el perfil contemporáneo del tenista ni con la rapidez de la industria de las celebridades. Ya sea en el ámbito musical o en la competición de alto nivel, la corta edad y la frescura han agilizado los ciclos de evolución y relevo. El desarrollo de la fama de Messi y de Nadal resultó más pausado y menos fulminante que el experimentado por Lamine Yamal y Alcaraz. Cualquier logro se cimentaba sobre los pilares del esfuerzo y la conducta intachable, principios que hoy parecen casi desfasados en la escala de prioridades vigente.
Es verdad que, en el ámbito tenístico, existe el antecedente de Björn Borg, quien apareció como el triunfador más precoz y el más temprano en dejar la competición. Hace pocos días se lanzó su obra autobiográfica, Latidos (Alianza editorial), en la cual el tenista sueco narra cómo, para blindarse ante las demandas y definir pautas de profesionalismo distintas, fue el precursor en sumar un técnico particular y de qué manera, tras obtener la gloria, padeció el hostigamiento de los paparazzi, que le amargaron (y entorpecieron) su trayectoria vital.
La cobertura informativa que rodeó a Borg se asemejaba bastante a la de un astro del rock.
La presión de los medios que experimentó Borg se asemejaba a la de una figura del rock, y el tenista evoca los términos acoso y presión como los riesgos más espantosos de una cotidianidad poco envidiable. Actualmente, Alcaraz ha impactado pues, con una voz particular, ha conseguido esquivar las controversias que el ambiente buscaba fijarle como trabas (el relevo de preparador o los interrogantes sobre su conducta) con una audacia tan genuina como útil (puede apreciarse en la serie documental Carlos Alcaraz: a mí manera , que difunde Netflix).
En la actualidad, los entornos deportivos de alto nivel integran con mayor naturalidad cualquier posible decaimiento, cansancio extremo o estado depresivo. Borg relata con gran exactitud la sensación agobiante de estos periodos críticos, ese deterioro que elimina la voluntad de jugar y competir, volviéndote tu propio rival. Borg define esta emoción como una “gélida losa”, que constituye lo opuesto a la felicidad —buscada con empeño obsesivo— que Alcaraz estará sintiendo hoy. Ya es inviable evaluarlo mediante los patrones del pasado, y ese hecho, en lugar de empujarnos a la falta de entendimiento o al recuerdo melancólico, nos fuerza a transformar nuestra forma de observar. Además, existen componentes del tenis que, por suerte, se mantienen constantes. Así lo manifiesta el catedrático de filosofía Christophe Lamoure en su volumen Petite philosophie du tennis : “El jugador de fondo de pista es el hombre del espacio mientras que el jugador de red es el hombre del tiempo”.
La felicidad de Alcaraz al final de su encuentro ante Djokovic
¿Qué ocurre con el fútbol? El Barça se impuso en Elx con bastantes opciones sin finalizar, y el Real Madrid venció mediante –sobran las palabras– un tiro penal (legítimo) en los instantes finales del descuento.