Es probable que Hansi Flick pusiera cara de malas pulgas cuando algún colaborador le explicara (no le vemos en el sofá de casa viendo el programa de marras en su piso del Turo Park de Barcelona) que sus jugadores Pedri y Ferran Torres habían desvelado en la noche del lunes en El Hormiguero alguna de las multas que tienen que pagar sus jugadores en caso de impuntualidad. “Con 3.000 euros no tienes ni para empezar. La cosa está por los 40.000 euros”, aseguraron ante la sorpresa general del plató. Flick no está en contra de pasarlo bien pero sí aborrece que se filtren asuntos internos del vestuario. De hecho, en los últimos tiempos ha limitado la entrada incluso de los miembros de comunicación para proteger el búnker. Ayer era su cumpleaños (61), quizás relativizó el mosqueo (si es que realmente la cosa fue a mayores).
Hansi Flick es un entrenador estricto y su código de conducta encaja con esa definición. De hecho, no son 40.000 sino 50.000 euros la multa estipulada ante la falta de puntualidad más grave. Ese máximo castigo debe abonarlo el futbolista que llega tarde (pongamos que 20 minutos sobre el horario previsto) a la concentración en día de partido. Existen otras impuntualidades cometidas en día de entrenamiento (el desayuno en equipo es obligatorio, por ejemplo) pero lejos de esas llamativas cifras. En realidad, la medida en día de partido es coercitiva, es tan alta la sanción (incluso para un futbolista) que tiene la intención de intimidar. De hecho (que se lo pregunten a Koundé), antes Flick castigaba al jugador impuntual con la suplencia, pero el pellizco económico, bien mirado, tiene una ventaja. ¿Se imaginan a Lamine Yamal llegando tarde a la convocatoria de una semifinal de la Champions? ¿Plata o banquillo? Plata, por supuesto. El dinero recaudado (de momento nadie ha pagado los 50.000 pero sí hay un bote con varias multas acumuladas) se suele dedicar a final de temporada a una gran cena y a la entrega de regalos entre la plantilla en días señalados como la Navidad.
Flick es un maniático del orden, hasta el punto de recoger el vestuario cuando ve botellas, prendas u objetos por el suelo
El entrenador alemán, por lo demás, es un maniático del orden y la limpieza. Es sabido que ha llamado la atención al mencionado Lamine Yamal (o a Marc Bernal, o a Héctor Fort antes de irse cedido) por llevar los pantalones de entrenamiento por debajo de la cintura (tic de padre/abuelo escandalosamente boomer); lo que pertenece al ámbito más íntimo es verle recoger (como sucede a veces) papeles, botellas o prendas de vestir tiradas por el suelo del vestuario, estampas con las que no soporta toparse hasta el punto de solventarlas personalmente.
Flick (como cualquier hijo de vecino) es un tipo con sus fijaciones. Una conocida por quienes trabajan con él es la falta de cintura. Si un asunto está planificado, en tiempo y espacio, de determinada manera, cambiarlo se convierte en un propósito quimérico. De todas formas, la opinión general es que el alemán ha ido cediendo en pequeños detalles, rendido a la mediterraneidad de las cosas. Solo así se explicaría su estrecha relación con Joan Laporta, el rey de la improvisación. “Me recuerda a Gladiator”, dice de él el estos días el precandidato, entregado a su manera de entender su trabajo, aunque sea opuesto a su manera de entender la vida. De ahí quizás su química.
Flick está cada vez más integrado a Barcelona, donde vive con su mujer, recibe visitas asiduas de sus dos hijas y su nieto y tiene de vecino de rellano a su segundo entrenador, Marcus Sorg. Es de suponer que, como saben bien sus jugadores, a las once, como muy tarde, se encuentre en casa. Pero difícilmente viendo El Hormiguero.
