Dos jugadores prodigiosos marcaron la diferencia en el Barça-Villarreal, partido complejo resuelto con una contundente victoria del líder. Pocas veces se plasma con tanta claridad la distancia que separa a los futbolistas excelentes de los que están fuera de categoría, los de otro mundo, en la jerga de Mourinho. Uno es Lamine Yamal, autor de su primer hat-trick , que dice mucho y poco de su relevancia en el encuentro. Tan impactante como los tres goles fue su suprema calidad. Pedri no marcó ninguno, pero le bastó media hora para apropiarse del partido y gobernarlo a su antojo. Con Pedri, el Barça es otra cosa.
Una hora bien aprovechada por el Barça, que se colocó con dos goles de ventaja, no impidió las numerosas llegadas del Villarreal al área de Joan Garcia, la clásica dialéctica de las tardes entretenidas y la incertidumbre en la atmósfera. Una vez más, la defensa azulgrana fue vulnerable, aunque no requirió los habituales milagros de su portero. Cabe atribuir mérito al Villarreal, dirigido por Marcelino, un competente táctico que sabe dónde hay que hincar el diente a los rivales.
Pedri no marcó ningún gol, pero le bastó media hora para apropiarse del partido y gobernarlo a su antojo
La diferencia se marcó en los últimos metros, donde un equipo contaba con Lamine en estado de gracia y el otro, no. El Villarreal remó mucho y bien, pero no encontró antídoto contra el joven fenómeno, al que todavía le queda un buen trecho para cumplir 19 años, aunque esa evidencia ya no cuenta. Es un precoz sin las indulgencias de la precocidad.
Lamine no ha contado esta temporada con el beneficio de la duda. En primera instancia se le criticó por cuestiones extrafutbolísticas, más tarde por la crisis de su pubalgia, una lesión puñetera que amarga la vida de los jugadores que la sufren. Es intrincada, dolorosa y larga, además de enviar falsos mensajes. Un día permite jugar y al siguiente regresa para detener el proceso de recuperación. En definitiva, tiene un efecto deprimente. Ni siquiera garantiza un tiempo concreto de recuperación. En varios partidos, se podía interpretar desde fuera que la lesión no estaba curada. No le impedían los fogonazos de brillantez, pero sí la continuidad en esfuerzos. Hace dos semanas, frente al Girona, se midió con Blind en tres o cuatro jugadas que invitaban al desborde por la contrastada lentitud del veterano defensa neerlandés, magnífico en otros aspectos del juego. Pan comido para Lamine, que no intentó marcharse en ningún momento. Prefirió colocar centros con el exterior de la bota o buscar pases. Le faltó explosividad. Solo podía entenderse por la desconfianza que provoca la pubalgia.
A pesar de las dificultades que ha atravesado, multiplicadas por la mirada microscópica que le dedican los medios de comunicación y los aficionados, las cifras de Lamine eran tan buenas o mejores que en la temporada anterior. El problema es que ha establecido un techo tan elevado que le impide flaquear, cualesquiera que sean las circunstancias.
No se sabe en qué grado de recuperación se encuentra, o si está totalmente recuperado. Frente al Villarreal, sí quedó claro que su magia permanece. Marcó los tres primeros goles en jugadas maravillosas resueltas con la finura de los genios. El segundo de esos goles fue una obra maestra por su intrepidez, habilidad y perfección en el remate. Eso, un gol de otro mundo. El tercero llegó con Pedri recién ingresado en el campo, inmediatamente después de que Ayoze no encontrara una portería sin portero. De un empate cantado se pasó al partido gobernado por Pedri. Media hora apenas, pero qué demostración. Comenzó con el fenomenal pase que precedió al gol de Lamine. Se cerró con los dos equipos bailando al son del centrocampista canario. El Barça encontró el ritmo, el Villarreal acabó por pisarse los pies.