En la casa de Mourinho puede pasar cualquier cosa. Arbeloa perdió parte de lo ganado en un partido desastroso que acabó con nueve jugadores (rojas a Asencio y Rodrygo) y con un 4-2 con gol del portero rival, Trubin, en la última jugada. Ese vodevil dejó al Real Madrid fuera del top 8: fueron inferiores en lo físico, lo mental y lo futbolístico a un rival que finalmente entró de milagro en los dieciseisavos. Los blancos, de hecho, se las verían ante el propio Benfica o el Bodo Glimt en la siguiente ronda. En dos semanas.
No podía faltar en todo ese enredo la lluvia para un partido de en Lisboa, ingrediente indispensable para humedecer las ideas y avivar los instintos. Porque el reencuentro entre Mourinho y Arbeloa, quienes se abrazaron cariñosamente tras sus piropos en la sala de prensa, no podía transcurrir con el sosiego de fondo. Hacía falta Wagner, napalm y un Otamendi lleno de cicatrices surfeando sobre el verde. Lo tuvo todo en Benfica-Madrid para el recuerdo en Lisboa y de Mourinho, que acabó festejándole como sus grandes noches en el Bernabéu.
Mientras el Madrid salió al campo intentando serenar el juego con Güler y un activo Bellingham, Mourinho no se olvidó de esa receta que tanto éxito le dio en su carrera. Sus equipos leen los espacios como el abecedario, de carrerilla y en segundos, y puso contra las cuerdas al equipo blanco, que parecía haber encontrado la seguridad defensiva en los últimos partidos. Pero la cabra tira al monte.
Un remate de Tomás Araújo fue el preludio del vendaval portugués, que ni mucho menos se amedrentó con el gol de Mbappé a la media de hora de juego tras un centro de Valverde (0-1). Ya había avisado también Prestianni, con un penalti cometido por Bellingham que finalmente anuló el colegiado, pero fue Schjelderup quien igualó en el minuto 36 con un cabezazo a centro de Pavlidis tras un doble tropiezo de Asencio (1-1).
Desatados los locales, llegó el segundo obra del mismo de Pavlidis de penalti. Tchoauméni, que regresaba tras causar baja en La Cerámica, vio una amarilla a los dos minutos y cayó en la trampa del veterano Otamendi, que le picó y se dejó caer para poner al Benfica por delante antes del descanso (2-1) con ese penalti. Valverde, justo antes, había sacado un balón desde la línea y Barreiro, de forma incomprensible, mandó fuera un cabezazo a placer por el despiste de Mastantuono, gris de nuevo. El 2-1 pudo ser 4-1 y Mourinho se regocijaba en el banquillo, satisfecho con la puesta en escena de sus jugadores y pendiente de los resultados en directo que ofrecía la UEFA.
Se iba sucediendo la trepidante jornada mientras Mourinho retenía a sus jugadores en el vestuario. El colegiado tuvo que apremiarles y el Benfica-Madrid estaba abocado a ser el último en acabar. La prisa la tenía el equipo lisboeta en liquidar el partido y, a los ocho minutos de la reanudación, de nuevo Schjelderup sorprendió a un Courtois con un remate potente al palo corto (3-1). Cansado el Madrid, reaccionó con otro gol de Mbappé; de nuevo fue indetectable en el área y remachó con la derecha un pase de Güler (3-2).
El Madrid fue incapaz de darle la vuelta al juego y fue enmarañándose en protestas. Primero Asencio, en el 91, y luego Rodrygo, por protestar cuando el tiempo expiraba. El Benfica necesitaba un gol para adelantar al Marsella. Y lo encontró ante un Madrid con nueve jugadores en la última acción del partido. La soñada por el ucraniano Trubin. Un cabezazo propio de Santillana. O de Cristiano Ronaldo, que tantas glorias le dio a un Mourinho que acabó entusiasmado y desatado.
