Alcaraz escribe su propia leyenda

Open de Australia

Quería Djokovic su grande número 25 y lo que llegó fue el título número 25 en la ATP para Alcaraz. Quería el serbio agrandar su inmenso palmarés pero se topó con el murciano, que escribe su propia leyenda. La que no conoce la espera. La que bate récords de precocidad. La que lidera la generación del aquí y ahora. La que no tiene miedo, la que vive del descaro. La que divierte y se divierte. Porque es el séptimo entorchado del Grand Slam de Alcaraz y es el trofeo con el que completa la colección. Ya tiene éxitos en Roland Garros, en Wimbledon, en el Open de Estados Unidos y en Australia.

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Carlos Alcaraz 

Jaimi Joy / Reuters

Pero sobre todo este éxito en Melbourne es el del nuevo Alcaraz, el que decidió para esta temporada tomar las riendas de su propia carrera, partir peras con su mentor Ferrero y ser más autodidacta que nunca. No vuela solo el del Palmar. Tiene a su padre, a su hermano y al sosegado entrenador Samu López al lado pero él es el delineante de su destino. En el palco de personalidades estaba Rafa Nadal, cuya sombra podía haber devorado su carrera y no lo ha hecho, ni mucho menos. En la pista estaba el incombustible Djokovic, el que nunca parece morir deportivamente hablando, el que resucita cien veces en cada partido, del que no te puedes fiar de tanto que ha desafiado las leyes del tiempo.

El murciano tomó las riendas de su carrera y con un apoyo sosegado es más autodidacta que nunca

Ahí, en ese escenario, demostró el murciano una madurez inusitada, un temple para resistir la tormenta inicial y revolverse. De su palco venía calma. No se dirigía Alcaraz a sus hombres de confianza como un pupilo que va a recibir una lección, sino como un colega que acude en busca de soluciones. “Disfruta del momento”, le decía Samu López cuando veía sufrir a Djokovic. “Acepta la situación”, le susurraba cuando venían mal dadas. Un diálogo sin nervios, bajando las revoluciones, sin un grito, sin reprimendas, ni por parte del tenista, ni por parte del técnico.

Sería injusto no reconocer los méritos de Ferrero. Con su sabiduría contribuyó a pulir un diamante descomunal y resultó fundamental en llevar a un niño a la cima. Pero aquel muchacho impulsivo y juguetón se ha transformado en un hombre que domina todas las artes del tenis. La potencia, la suavidad, el saque, el resto, la dejada, la volea, el remate y, lo que es más importante, la fuerza mental. Su repertorio es infinito. Si las lesiones le respetan y, con permiso de los rivales, llegará hasta donde quiera su cabeza.

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