Francia se cansa del vino tinto

Visión global | Francia

El poderoso sector vitivinícola francés sufre una crisis profunda ligada a la bajada del consumo

This aerial photograph taken on September 3, 2025 shows a harvesting machine collecting hybrid grape variety for the Tutiac cooperative winery during nighttime operations at vineyards in Civrac-de-Blaye in the Bordeaux region, southwestern France. Hybrid grape varieties, among others considered resistant, are seen as one of the answers to the challenges facing vineyards. (Photo by Philippe LOPEZ / AFP)

Vendimia en Civrac-de-Blaye, en la región de Burdeos, el pasado septiembre

PHILIPPE LOPEZ / AFP

La ministra de Agricultura francesa, Annie Genevard, tiene varios frentes abiertos en el año que comienza. La epidemia de dermatosis nodular bovina y la revuelta contra el acuerdo de librecambio con los países del Mercosur son los desafíos más inmediatos. Pero en el campo francés hay problemas estructurales muy graves, entre ellos la crisis del sector vitivinícola por la caída del consumo nacional y de las exportaciones. Quienes peor lo pasan son los productores de vino tinto, pues la costumbre de beberlo ha decaído –mucho más que el blanco– y no se atisba en el horizonte un cambio de tendencia.

La economía del vino, y de las bebidas alcohólicas en general, da empleo a unas 600.000 personas y factura más de 30.000 millones de euros al año. Las exportaciones suponen la mitad de esta cifra. De ahí que el Gobierno observe con preocupación los acontecimientos.

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Los gritos de alarma sobre el mercado del vino se suceden durante los últimos años. Los viticultores han sufrido los estragos del cambio climático, con condiciones meteorológicas cada vez más extremas, y la comercialización de sus productos se ha enfrentado a avatares geopolíticos como las guerras arancelarias. Otra realidad persistente es el descenso del consumo entre los jóvenes.

Según el profesor universitario Jean-Marie Cardebat, autor de Économie du vin , la menor demanda de vino, sobre todo del tinto, que se consolida año tras año, tiene que ver también con los cambios sociológicos profundos del último medio siglo. Francia no es la misma que cuando gobernaba el general De Gaulle. La desestructuración familiar y el auge de las familias monoparentales han hecho que sean mucho menos frecuentes las comidas dominicales en torno a una larga mesa en la que se sentaban varias generaciones y en las que no podía faltar la botella de vino. Algo puede haber influido también el extraordinario aumento del porcentaje de población musulmana, aún más entre los jóvenes.

Los cambios sociológicos en el modelo familiar influyen en las comidas y el consumo de vino

Para afrontar la crisis del vino se ha recurrido a la polémica y radical medida de arrancar viñas de manera masiva. Se ha hecho en todas las regiones productoras, con una incidencia más marcada todavía en el departamento de Gironde, la cuna del vino de Burdeos, y en Hérault y otras regiones del sur.

En noviembre pasado, el Gobierno anunció un nuevo plan muy agresivo, por valor de 130 millones de euros, para financiar el arranque definitivo de viñas en 30.000 hectáreas dedicadas tradicionalmente a ese cultivo, el equivalente a tres veces la superficie del municipio de París. Según la nota oficial, el objetivo es “reequilibrar la oferta y restaurar la viabilidad en las zonas fragilizadas”. Además, se alargará el programa de préstamos garantizados para ayudar a los agricultores a implantar cultivos alternativos. Se estima que de las 789.000 hectáreas de viñas que había en el 2023 habrán desaparecido unas 75.000 en solo tres años.

El arranque de viñas merma la transmisión de saberes y el relevo generacional en el campo

El arranque sistemático de viñas, aunque justificado por la coyuntura económica del sector, es un hecho traumático que va más allá del puro cálculo financiero. Supone poner fin a una cultura ancestral ligada a los territorios y modificar el paisaje para siempre.

Expertos como Cardebat alertan de que, al destruir la oferta, se corre el peligro de destruir de forma duradera la demanda, haciendo muy difícil, si no imposible, responder a un potencial cambio del mercado. El arranque de viñas merma la transmisión de conocimiento entre generaciones de viticultores y hace todavía más difícil el relevo, uno de los mayores retos del campo, en Francia y en toda Europa.

Quienes no quieren sumirse del todo en el pesimismo apuntan que, si se acaba aceptando el acuerdo con el Mercosur, se abrirá un mercado gigantesco y muy interesante, y que el descenso del consumo en Francia y otros países occidentales puede ser compensado asimismo por el interés y la curiosidad crecientes por descubrir el vino que se detecta entre las clases emergentes de África y Asia. Otra alternativa es producir vino sin alcohol o muy desalcoholizado, cada vez más visible en los puntos de venta, y que puede tener mucho recorrido por razones de salud pública.

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