
El negocio no es la identidad
Mercados
¿Puede una empresa cambiar de sector, de negocio y de identidad sin desaparecer por el camino? La historia del mercado está llena de compañías que no supieron responder a esa pregunta. También de unas pocas que entendieron algo esencial: el negocio no es la identidad.
Samsung no nació como una empresa tecnológica, ni siquiera industrial. Fundada en 1938, comenzó exportando pescado y fideos. Durante décadas transitó por actividades tan dispares como el textil o los electrodomésticos antes de apostar por la electrónica avanzada y los semiconductores. Fue un salto radical, con enormes riesgos e inversiones sostenidas durante años sin garantías de éxito, hasta convertirse en uno de los pilares de la industria tecnológica global. Nada de eso era evidente en sus orígenes. Fue una decisión estratégica.
Ese es el patrón que debemos recordar cuando tantas compañías proclaman estar transformándose. Porque transformarse no es añadir una nueva línea de negocio ni subirse a una moda tecnológica. Es aceptar que el negocio que te ha traído hasta aquí puede no ser el que te lleve más lejos.

No todas las reinvenciones implican cambiar de sector; algunas suponen cambiar de lógica económica. Es el caso de Nvidia. Durante años fue conocida por sus tarjetas gráficas para videojuegos. Hoy es proveedor esencial de infraestructura de cómputo para la IA. La clave no está solo en el chip, sino en el ecosistema: software, plataformas y dependencia tecnológica. Más que una empresa de semiconductores tradicional, es una pieza crítica de la economía del dato. Una transformación en curso, de momento exitosa, pero sometida a expectativas crecientes.
El ejemplo más ambicioso es Tesla. Nacida como fabricante de coches eléctricos, intenta redefinirse como plataforma de software, autonomía, robótica y energía. El coche es el medio; el objetivo es otro. A diferencia de Samsung, se transforma mientras su negocio principal sigue siendo relevante y visible para el mercado, lo que amplifica tanto el potencial como el castigo si las promesas se retrasan.
Los cambios profundos no se proclaman, se llevan a cabo. El entorno comercial no valora la narrativa, sino la aptitud para evolucionar sin perder capital. Y si bien renovarse no asegura el triunfo, evitarlo implica, en diversas situaciones, abandonar el porvenir.