Canal Práctico

Nadar 12.000 metros… o dirigir una empresa

En clave pyme

Preparación, equipo y constancia como base para sostener el rumbo de una empresa

Dirigir una empresa implica tomar decisiones sostenidas en el tiempo y apoyarse en equipos y asesoramiento especializado

Dirigir una empresa implica tomar decisiones sostenidas en el tiempo y apoyarse en equipos y asesoramiento especializado

Poco antes de las vacaciones realicé una travesía de 12.000 metros nadando en aguas abiertas. Doce kilómetros de mar. Cuatro horas seguidas, brazada tras brazada, en un entorno cambiante, vivo e imprevisible. No es solo un reto físico. Es un reto mental, emocional, de resistencia, de compromiso contigo mismo y con la preparación que has ido realizando durante meses. 

Prepararse para nadar una travesía de 12.000 metros en el mar no es solo una cuestión física. Es, sobre todo, una cuestión de mentalidad y de pasión. No se llega improvisando. Hace falta entrenamiento, constancia, técnica, una gran capacidad de concentración y esfuerzo, mucho esfuerzo… Y el esfuerzo auténtico nace de la pasión, no de la obligación.

Entrenar significa asumir que hay que trabajar cada día, también cuando hace frío, cuando no tienes ganas, cuando estás cansado. Es seguir un plan, hacer caso a tu entrenador, escuchar a tu cuerpo, cuidar la alimentación, descansar bien, confiar en el criterio de quien sabe más que tú. Y al mismo tiempo, tener la humildad de reconocer que solo no lo conseguirás. Necesitas un equipo (entrenador de natación, entrenadora física y una fisio que te ponga la espalda en su sitio) y, sobre todo, un entorno familiar que te anime a seguir y crea que podrás hacerlo, cuando tus propios pensamientos te dicen que no podrás.

Durante cuatro horas dentro del mar no puedes perder el foco. No puedes hundirte mentalmente. La corriente te frena, la cabeza te dice que pares, el cuerpo sufre y la duda —siempre la duda— ronda por tu pensamiento. Pero ¿sabes por qué continúas? Porque has trabajado mucho. Porque te has preparado. Porque tienes un objetivo claro. Porque confías en el trabajo hecho con tu equipo. Y porque eres fiel a un valor muy profundo: la cultura del esfuerzo que te ha llevado hasta este momento.

Y… en el fondo, dirigir una empresa no es muy diferente.

También en la dirección de una empresa hace falta entrenamiento: prepararse a fondo, entender el mercado, entrenar la capacidad de adaptación, desarrollar una visión estratégica y mantener una fortaleza emocional que soporte las olas del día a día. Porque aquí también el mar es cambiante: los costes se disparan, la fiscalidad asfixia, la competencia acelera y el equipo humano reclama un liderazgo claro y presente. Hace falta constancia, atención a los detalles, presencia en el día a día y, al mismo tiempo, una perspectiva global. Y pasión, siempre esencial en todo aquello que quieres hacer, y hacer bien. Las finanzas se convierten en oxígeno o te ahogan, las decisiones pesan y, a menudo, como en una travesía larga, aparecen el cansancio y la duda. Pero no hay ninguna “brazada” que puedas dar con desgana, ni ningún movimiento que puedas dejar al azar. Todo cuenta. Y lo que más cuenta es cómo te preparas.

En la empresa, como en una travesía larga, no basta con tener empuje, hay que prepararse con rigor y no improvisar

Por eso, en la empresa, como en una travesía larga, no basta con tener empuje. Hay que prepararse con rigor, planificar con tiempo y consciencia, y anticipar posibles dificultades antes de que aparezcan. Esta es la clave para avanzar con seguridad: no improvisar. Es necesario disponer de un buen equipo, formado por personas con criterio, experiencia, responsabilidad e implicación que compartan objetivos y valores. Y es necesario, también, rodearse de asesores externos que aporten una mirada objetiva, profesional e independiente, capaz de detectar riesgos y abrir nuevas perspectivas. Como hacen los buenos entrenadores cuando algo no funciona: analizan, proponen, ajustan, reformulan. Y, sobre todo, nunca pierden de vista lo más importante: saber adónde vas y por qué vas. Sin este propósito claro, ningún esfuerzo se transforma en progreso.

Cuando la dirección de una empresa se basa en la preparación, el compromiso y el rigor, se forja una cultura sólida y honesta. Son empresas que no improvisan, que no viven a remolque del mercado, sino que navegan con rumbo propio, que saben hacia dónde van y por qué. Que no se dejan arrastrar por las olas, por el ruido ni por las prisas. Y que entienden que el éxito no es fruto de la suerte, sino del esfuerzo compartido, sostenido y bien orientado.

Porque al final, tanto en el deporte como en la empresa, todo gira en torno a unos valores fundamentales: preparación, planificación, equipo y asesoramiento y, sobre todo, esfuerzo. Y la convicción de que solo desde la humildad y la perseverancia se pueden alcanzar grandes retos. En el mar. Y en el mercado.