Condotieros, los mercenarios italianos que se hicieron de oro viviendo para la guerra
De la Edad Media a la Moderna
Al servicio de sus empleadores, estos líderes militares personificaron la avidez de poder y riqueza en la fragmentada Italia de los siglos XIV a XVI, antes de que los ejércitos profesionales los reemplazaran

Estatua ecuestre de Bartolomeo Colleoni, uno de los condotieros más afamados
Durante la Baja Edad Media, Italia no era un Estado unificado, sino un conjunto de ciudades-Estado independientes y rivales, como Florencia, Venecia, Milán, Nápoles o los Estados Pontificios. Todas ellas se disputaban el poder territorial y económico, lo que generaba constantes conflictos armados de baja intensidad que se dirimían mediante agrupaciones de mercenarios contratados para tal fin.
La fragmentación política se alimentó de la bonanza comercial, que sirvió para financiar a esos ejércitos llenos de soldados de fortuna, dirigidos por los condotieros, auténticos empresarios de la guerra. El término proviene de la palabra de origen italiano condottiero, que, a su vez, deriva de condotta, que designaba el contrato entre un capitán y su compañía con el pagador. Este podía ser un emperador, un rey o un noble.
Del contrato a la batalla
Los condotieros eran profesionales militares que servían a sus empleadores sin tener en cuenta su nacionalidad, ideología o filiación política. Esa servidumbre profesional iba aparejada a una evidente complejidad contractual, con intrincados acuerdos que, aunque mutuamente vinculantes, a menudo favorecían a los condottieri, debido a su importancia e influencia militar.
Durante el siglo XV fueron evolucionando, y, así, se dieron una serie de estándares en todos ellos, como los pagos. Igualmente había cláusulas de seguro e indemnización por lesiones, por ejemplo, por la pérdida de miembros en el ejercicio del mando, o beneficios logísticos, como la compra de alimentos a precios preferentes en tiempo de paz.
Y, por supuesto, algo muy lucrativo: el derecho a los saqueos. Los condotieros se quedaban con todo el botín del territorio rival (salvo los castillos o estados capturados, que pasaban al signore), más las primas por actuaciones valientes en combate, que podían conllevar bonificaciones o derechos de ciudadanía. Por último, a la finalización de sus servicios, recibían un desembolso a cambio de comprometerse a no trabajar para la competencia.
Lo habitual en las transacciones era pagar en florines, la moneda medieval de oro de Florencia, recurrente en aquella época. La soldada de los condotieros solía estar entre los nueve y los dieciocho florines al mes, aunque si la urgencia era manifiesta, dicho pago podía crecer hasta miles de florines.
Obligaciones y reclutamiento
Con esas ventajas, los condotieros se comprometían a proporcionar la mano de obra: un número determinado de tropas totalmente equipadas de caballería, hombres de armas desmontados, arqueros y ballesteros, que debían estar entrenados y dispuestos a desplegarse en cualquier contingencia. Es decir, una verdadera fuerza de intervención rápida, como se diría hoy en día.
La disciplina debía mantenerse para evitar los saqueos y la violencia contra civiles en territorio amigo. La estructura militar de estos miniejércitos se basaba en el sistema de “lanza”, una unidad básica conformada por un caballero montado, un escudero, en funciones de ayudante y luchador de apoyo, un paje para el acarreo, más dos arqueros o dos hombres de armas.

Ese modelo hacía hincapié en la combinación flexible de armas con la fuerza de choque de la caballería, la sustentación de un terreno con la infantería con armadura y el tiro a distancia con los arqueros. En las fuerzas de combate de la península italiana, las lanzas combinadas eran la élite, optimizando las funciones de unos y otros en formaciones de cientos de hombres.
El legado de los almogávares
En el contexto de la crisis feudal de la Europa occidental a finales del Medievo, los aventureros ávidos de riqueza y poder tuvieron la oportunidad de destacar.
En el siglo XIII, Roger de Flor se puso a la cabeza de los famosos almogávares, que guerrearon, primero, para el rey de la Corona de Aragón, y, luego, para el emperador bizantino, consiguiendo fama y posesiones ducales en Grecia. No obstante, la Gran Compañía Catalana, un tanto suicida en su desempeño, no cumplía con lo que más tarde sería habitual en las llamadas compañías de ventura, lideradas por los condotieros.
Lo cierto es que estas compañías a sueldo luchaban, saqueaban y exigían pagos a las ciudades para evitar ser atacadas, pero no solían combatir hasta la muerte, pues no consideraban la rendición como un deshonor (los almogávares, en cambio, no la contemplaban jamás). Preservar la vida de los soldados de los condotieros para volver a luchar en una mejor ocasión era algo habitual en ellos.
El inglés John Hawkwood
Siguiendo esa estela, aparecieron Castruccio Castracani, el vencedor de la batalla de Montecatini (1315), y, sobre todo, el inglés John Hawkwood, veterano de la guerra de los Cien Años, que moldeó el prototipo de capitán de fortuna en los siglos venideros. Hábil en asuntos diplomáticos y con evidentes destrezas militares –era veterano de Crécy (1346) y Poitiers (1356)–, tras el Tratado de Brétigny (1360), que deparó un período de paz en suelo francés, encaminó sus pasos hacia Italia.

Allí se unió a la Gran Compañía de Ingleses y Alemanes, que, poco después, se denominaría Compañía Blanca, un numeroso grupo de mercenarios de los que pronto se hizo su líder gracias a su reputación. Con ellos sirvió a diferentes ciudades-Estado como Pisa, Florencia, Milán o Padua, además de tener tratos con el papado. En su larga trayectoria sufrió escasos fracasos y gozó de resonantes triunfos, como las batallas campales que dirigió en Rubiera (1372) y, sobre todo, en Castagnaro (1387).
Su muerte le llegó en 1394. Mereció un funeral de Estado en Florencia y se convirtió en un personaje legendario, que ilustró la naturaleza compleja de estos líderes, capaces, pragmáticos, arribistas, de desigual lealtad y no exentos de violencia en algunos de sus actos.
La edad de oro
A lo largo del siglo XV, siguieron apareciendo grandes personalidades militares. Bartolomeo Colleoni fue uno de los condotieros más afamados y respetados de la Italia renacentista. Desde joven mostró interés por la carrera militar, que comenzó como condotiero al servicio de los Visconti de Milán, si bien también luchó contra ellos. Asimismo, fue contratado por Nápoles, Florencia y el papado.
Los jóvenes con potenciales cualidades eran entrenados regularmente y recibían educación militar en maniobras y formación junto a condotieros de renombre, antes de dirigir sus propias compañías. Colleoni alcanzó prestigio a través de sus servicios a la signoria de Venecia, como capitán general de todas sus fuerzas. Leal a ella, fue reconocido por su indudable destreza militar con una popular estatua ecuestre en Venecia.

Su habilidad para organizar ejércitos, junto con su capacidad para mantener la disciplina y la moral de las tropas, resultó excepcional. Colleoni fue uno de los primeros en adoptar la artillería en el campo de batalla, adaptándose a los cambios que las armas de fuego empezaban a traer. Acaudalado merced a sus exitosas campañas, invirtió parte de su fortuna en obras de caridad y proyectos culturales.
El primer Sforza
Contemporáneo del anterior fue Francesco I Sforza, hijo ilegítimo del condotiero Muzio Attendolo Sforza. Formado en la vida militar, su estratégico matrimonio con Bianca Maria Visconti, hija ilegítima de Filippo Maria Visconti, duque de Milán, consolidó su pretensión de poder tras la muerte del duque en 1447.
Ese óbito abrió una crisis por la sucesión que Sforza aprovechó para sitiar la ciudad en 1450 y hacerse con su oligarquía, que lo proclamó nuevo duque. Su gobierno trajo estabilidad, con la decisiva Paz de Lodi de 1454, crecimiento económico y florecimiento cultural, ya que atrajo a la corte a numerosos eruditos y artistas, al igual que había hecho Colleoni.
El ascenso de Sforza, cuya dinastía gobernó en Milán hasta 1535, demostró que la meritocracia y la astucia podían elevar socialmente a alguien hasta cotas insospechadas. Entre otras cosas, Francesco creó un nuevo puesto administrativo para acompañar al condotiero, los collaterali, cuyos roles eran muy variados, desde supervisar los contratos hasta gestionar la logística de alimentos, armas y salarios.
Esa estructura burocrática garantizó el dominio militar de Milán, aunque, paradójicamente, prefiguró el advenimiento progresivo de ejércitos más profesionalizados y con mayores recursos.
Tiempos modernos
Francesco II Gonzaga, gobernante de Mantua y condotiero al servicio de Venecia hasta el fin del siglo XV, tuvo una destacada actuación en la batalla de Fornovo (1495), donde se aliaron diferentes estados italianos frente a los franceses del rey Carlos VIII. Ese enfrentamiento se saldó con miles de bajas por ambos bandos, provocando la retirada del monarca galo a su tierra, tras haber llegado hasta el reino de Nápoles.

Destacables también fueron Fabricio y Prospero Colonna, compañeros del Gran Capitán en sus campañas italianas, o su rival Bartolomeo d’Alviano. Todos ofrecieron sus servicios a las emergentes potencias foráneas hispánica y francesa, más grandes y centralizadas.
Ya en las primeras décadas del siglo XVI, el mundo de los condotieros se hallaba en declive, aunque no por ello dejaron de aparecer destacados líderes militares. Entre los más notables de ese ciclo crepuscular encontramos a Giovanni delle Bande Nere, nacido en la poderosa familia Medici de Florencia, que sobresalió por sus habilidades con la caballería.
La pujanza de potencias como la monarquía hispánica y el imperio de los Habsburgo dio paso a la dominación extranjera. Gran parte de las ciudades-Estado italianas perdieron su independencia y, por tanto, su capacidad para contratar mercenarios de manera autónoma. Nada pudieron hacer los clásicos condotieros frente a los ejércitos permanentes creados por los nuevos poderes ni frente a la aceleración tecnológica de las armas de fuego.
No obstante, siguieron surgiendo grandes personajes marciales, como Alejandro Farnesio, Ambrosio Spínola o Raimondo Montecuccoli, que nos llevarían hasta la Edad Moderna.


