El Partenón, una fama forjada en la polémica entre Londres y Atenas
De Pericles hasta hoy
La historiadora Mary Beard repasa en ‘El Partenón’ el pulso que Gran Bretaña y Grecia han mantenido por los célebres mármoles de este monumento. ¿Ha contribuido ese choque a su popularidad?

Los Mármoles de Elgin, originalmente parte del Partenón y la Acrópolis de Atenas, se exhiben en la Galería Duveen del Museo Británico
“Si no hubiera sido desmembrado, el Partenón nunca habría sido ni la mitad de famoso”. Con esta provocadora conclusión culmina Mary Beard la introducción de su libro El Partenón (Crítica), un repaso a la historia del célebre edificio ateniense que, como no podía ser de otra manera, hace hincapié en la polémica sobre los frisos que se llevó lord Elgin a comienzos del siglo XIX.
El Partenón nació envuelto en la controversia ya mucho antes de que Gran Bretaña desarrollara sus ambiciones imperiales. El origen de la célebre construcción se remonta a mediados del siglo V a. C., cuando Pericles quiso levantar una estructura que simbolizara el poder de Atenas, que entonces vivía una auténtica edad de oro, siendo la polis hegemónica en Grecia.
Las obras se realizaron entre los años 447 a. C. Y 438 a. C., financiadas por las aportaciones de las polis aliadas de la Liga de Delos. Aquí ya surgió la polémica, y los rivales políticos de Pericles le recriminaron su derroche: “El tributo […] para la guerra se utiliza para embellecer nuestra ciudad como una mujer vanidosa”. Incluso le acusaron de “vestir a Atenas como una prostituta”.
El bombardeo veneciano
Curiosamente, las fuentes de la Antigüedad, como Plutarco o Pausanias, que narran las discrepancias en su edificación o la presencia de visitantes insignes al Partenón, no hacen mucho caso a los frisos y prefieren fijarse en la gran estatua de oro y marfil que representaba a la diosa Atenea hasta el siglo III d. C., fecha en que esta escultura desapareció de la historia.
Tampoco hay grandes referencias en las siguientes centurias, aunque Beard deja claro que el Partenón tuvo un uso activo hasta finales del siglo XVII. En este repaso, la historiadora comienza con la transición del Partenón de templo pagano a basílica cristiana. En el siglo XV, con la dominación otomana, se convirtió en mezquita –la “más hermosa del mundo”, según el viajero inglés George Wheler–.

Antes de ser foco de pugna patrimonial entre británicos y griegos, sirvió de polvorín para los otomanos. El 28 de septiembre de 1687, durante la guerra de Morea, entre el sultán de Constantinopla y Venecia, las fuerzas de la Serenísima República bombardearon el edificio. Los italianos lanzaron unos setecientos cañonazos que causaron una gran explosión que mató a trescientas personas.
Esta explosión provocó desperfectos importantes: destrozó el centro del Partenón, destruyó veintiocho columnas, así como partes del friso y salas internas que se utilizaban entonces. El ataque veneciano marcó el final del uso activo del símbolo más reconocible de la Acrópolis. “A partir de este momento, la historia del Partenón es la historia de una ruina”, sentencia Mary Beard.
El lord que avivó la polémica
El nuevo giro en la historia del Partenón llegaría con Thomas Bruce, séptimo conde de Elgin, embajador británico en Constantinopla entre 1799 y 1803. Este diplomático utilizó sus influencias para lograr el firmán, un permiso del gobierno del Imperio otomano para excavar y realizar otros trabajos con el objetivo de recuperar esculturas e inscripciones enterradas.
Este permiso fue la génesis de la controversia que llega hasta hoy. Solo se conserva una traducción al italiano del documento, y su redacción es muy ambigua, ya que permitía recoger esculturas e inscripciones antiguas, pero no aclaraba si se refería a las piezas caídas por diversos desperfectos, o los británicos estaban autorizados a llevarse las de la estructura del propio Partenón.
Además de la confusa autorización de Constantinopla, Beard recuerda que lord Elgin no dudó en recurrir a “cortesías, sobornos y dobles juegos” para ganarse a las autoridades locales. La historiadora afirma que no fue un procedimiento exclusivo del embajador, sino que era “el sello distintivo de las negociaciones entre los funcionarios otomanos de Atenas y sus visitantes extranjeros”.
Por supuesto, lord Elgin justificó sus acciones en nombre de la preservación de las esculturas y los mármoles para evitar que acabasen “molidas para hacer cemento por ignorantes locales” o destruidas en un nuevo episodio bélico. Beard tampoco pierde de vista la motivación económica del diplomático, quien se salvó de la bancarrota gracias a vender las esculturas al gobierno británico en 1816.
Elgin en la picota
También había una consideración geopolítica. El pulso con Napoleón aún estaba muy presente, y entre lord Elgin y las élites británicas existía un deseo de superar al emperador francés en la búsqueda de tesoros clásicos. De hecho, el aristócrata llegó a presumir en una ocasión: “Bonaparte no tiene nada igual entre todos sus robos en Italia”.
Las críticas a la gestión de Elgin comenzaron en esos mismos años en los que enviaba a Londres las estatuas y los mármoles del Partenón. Lord Byron se opuso a este saqueo dentro de su conocido posicionamiento pro-griego y como parte del espíritu romántico de la época.

También hubo voces que celebraron el envío de los mármoles a Londres, incluso fuera del ámbito británico. Goethe llegó a decir que la llegada de las piezas del Partenón a la capital británica era “el comienzo de una era para las grandes obras de arte”. Muy pronto, estos vestigios de la Grecia clásica alcanzaron una gran popularidad.
Pero la expectación desmedida también fue fuente de frustración en el siglo XIX. El estado de conservación después de tantos avatares no era el deseado, y pronto surgieron voces que criticaban que los mármoles y las esculturas estaban muy maltrechas y no tenían el aspecto que se esperaba de unas obras de arte de la Antigüedad. Otros críticos dijeron que necesitaban el sol de la capital griega para su conservación y no estar encerradas en las galerías del Museo Británico.
El eterno pulso
Pero la atención no se centró exclusivamente en Londres. Más allá de expolio, el Partenón seguía su propia “recuperación”, en particular, cuando Grecia logró la independencia del Imperio otomano en 1829. El nuevo rey de origen bávaro, Otón I, se planteó convertir la Acrópolis en su palacio, en una especie de intento de fusionar la tradición con la nueva era que se abría para el Estado heleno.
Finalmente, se decidió conservar su esencia clásica y convertirlo en un monumento nacional, con una ceremonia por todo lo alto el 28 de agosto de 1832. Beard explica que este evento fue una “ridícula representación teatral”, aunque reconoce que contribuyó a vincular los monumentos del pasado clásico griego como los “símbolos más importantes del nuevo Estado-nación” y legitimar a su soberano bávaro.
La ceremonia también sirvió para iniciar los trabajos arqueológicos en el Partenón y su entorno. Aunque se realizó con unos criterios muy cuestionables para la perspectiva actual de esta disciplina: el objetivo era restaurar una Acrópolis idealizada, como se pensaba que era en la época clásica. Esta visión implicó eliminar los vestigios de otros momentos de la historia del monumento, como la época medieval o el período otomano.
Al convertir el Partenón en un símbolo de la nueva Grecia, los sucesivos gobiernos en Atenas han reclamado la devolución de todo lo que se llevó lord Elgin. Además, la controversia se ha mantenido viva por otras cuestiones más allá de las acciones del diplomático. La autora considera que es “la polémica cultural más prolongada del mundo” y resalta episodios como la restauración de las estatuas que estaban en el Museo Británico en los años treinta.

Entonces, un benefactor de esta institución, Joseph Duveen, que financió una nueva galería, quería que las estatuas del Partenón lucieran puras y blancas. En 1938, las esculturas fueron sometidas a un proceso de limpieza con cobre y otros materiales abrasivos para eliminar la capa de suciedad y los últimos rastros cromáticos de su aspecto original. Esta actuación se vio como un ultraje a las piezas y sirvió para alimentar los argumentos en contra de la custodia británica.
Las lágrimas de la ministra
El siguiente gran episodio en esta pugna se vivió en los años ochenta. En 1983, la entonces ministra de Cultura griega, Melina Mercouri, lideró una campaña para la devolución de los mármoles y las esculturas. Destacó en ese mismo año su visita al Museo Británico, donde lloró ante las piezas allí expuestas, ofreciendo una imagen icónica a favor del retorno de las antigüedades.
En el tramo final del libro, Beard resalta cómo los sucesivos gobiernos griegos han seguido la línea iniciada por Mercouri. La experta británica considera que “han encontrado en la pérdida de las esculturas un oportuno símbolo de unidad nacional”.

El pasaporte de la autora no le impide ser crítica también con la postura de Londres a lo largo de estos años. Ya que considera que han exagerado los argumentos al asegurar que Grecia no podía garantizar la adecuada conservación de las piezas del Partenón. También acusa a los diferentes gobernantes laboristas de prometer la devolución cuando estaban en la oposición y luego olvidarse de la cuestión cuando se instalaban en Downing Street.
Beard no acaba de posicionarse en su libro. Prefiere pensar que este pulso entre los dos países “ha contribuido a mantener el Partenón en lo más alto de nuestra agenda”; una conclusión, dice la historiadora, a la que “es difícil resistirse”. También cree que, si lo visitamos en Atenas o vemos sus piezas en el Museo Británico, estamos “rindiendo un homenaje a un símbolo que se ha inscrito en nuestra propia historia cultural”.

