Historia antigua

Ramsés II se apropió de un templo inacabado del faraón hereje Akenatón para construir el Rameseo

Antigüedad

Ramsés II vivió lo suficiente para ver terminado su templo funerario, el llamado Rameseo, situado en la orilla occidental de Tebas y bautizado así por Jean-François Champollion en el siglo XIX

Templo de Ramsés II

Templo de Ramsés II

Steve F-E-Cameron / CC BY-SA 3.0

Durante el Reino Antiguo, los reyes egipcios se enterraron en unas impresionantes colinas de piedra, las pirámides. Durante el Reino Medio la práctica continuó, pero entonces se trataba de colinas formadas por millones de ladrillos de adobe. En realidad, las pirámides egipcias no eran sino el edificio principal de un conjunto funerario monumental donde descansaban para toda la eternidad, o esa era la idea, los soberanos del Doble País.

Estos complejos piramidales estaban compuestos, una vez se estandarizaron sus elementos, por un templo bajo (o del valle), próximo a los terrenos alcanzados por la inundación anual del Nilo, un pasillo cubierto conocido como calzada de acceso, que salía desde él y terminaba en un templo alto (o funerario) adosado a la cara este de la pirámide, junto a la que solía haber una pirámide subsidiaria, y una o varias pirámides para reinas y princesas. Los elementos principales de todo este conjunto eran la pirámide, en cuya cripta descansaba el cadáver del monarca difunto, y el templo alto, donde tenía lugar dos veces al día la presentación de ofrendas funerarias para el sostén del muerto en el otro mundo.

El resultado era grandioso y espectacular, pues se trataba de los edificios más conspicuos de todo el horizonte egipcio, pero eso, precisamente, fue su perdición. Entre el Reino Antiguo y el Reino Medio, y entre este y el Reino Nuevo, hubo dos períodos de varios cientos de años de duración durante los cuales el control central del Estado desapareció. Carentes de vigilancia, y probablemente llenas de abundante ajuar funerario, las pirámides fueron una tentación irresistible para los ladrones, que las saquearon.

Casa de millones de años

Más tarde, cuando los príncipes tebanos de la XVIII dinastía restablecieron el gobierno central en el valle del Nilo tras expulsar a los hicsos, que dominaban el tercio septentrional del país, implementaron algunos cambios en sus complejos funerarios, donde mezclaron costumbres propias del linaje tebano con otras particulares de las dinastías menfitas.

El primer cambio fue abandonar las necrópolis de Menfis en favor de un entierro en la sagrada montaña de la orilla occidental de Tebas. El segundo fue renunciar a la pirámide como mausoleo para enterrarse en un hipogeo excavado en la roca. El tercero, separar el lugar de enterramiento de aquel donde se celebraba el culto diario. De modo que los faraones del Reino Nuevo (dinastías XVIII, XIX y XX) depositaron sus momias en una tumba excavada en el Valle de los Reyes, pero recibían sus ofrendas justo donde terminaba el desierto y empezaba la zona cultivada frente a Tebas. Allí fue donde cada monarca del Imperio egipcio se construyó su propio templo funerario, llamado genéricamente “casa de millones de años”. Como es lógico, un faraón tan destacado y dado a los alardes monumentales como Ramsés II tuvo el suyo propio, que hoy conocemos como el Rameseo.

Una ruina sublime

La “casa de millones de años de Usermaatra Setepenra, que une la ciudad de Tebas con el reino de Amón”, nombre que recibía este impresionante edificio, es una de las pocas que quedan en pie de todas las que se alinearon de norte a sur en la orilla occidental de Tebas. Curiosamente, el más meridional de ellos, perteneciente a Ramsés III, y el más septentrional, construido por Seti I, son los otros dos edificios que se mantienen en mejor estado.

El de Ramsés II está a medio camino de ambos, y es más una majestuosa ruina que un edificio intacto. Como los demás, el Rameseo es un templo funerario, sí, pero de un tipo un poco especial, sobre cuya definición exacta los egiptólogos no se ponen de acuerdo. Durante la Bella Fiesta del Valle, la estatua de Amón salía de su santuario en Karnak y, tras cruzar a la otra orilla, pasaba por todas estas casas, deteniéndose en ellas para diversos festejos, especialmente, en el del faraón reinante, algo que no sucedía en los templos funerarios de épocas anteriores.

Panorámica del Rameseo
Panorámica del RameseoDiego Delso / CC BY-SA 4.0

En realidad, esta fiesta no sería sino una versión tebana y regia de la de Hathor, que se celebraba en todo el país y en la cual se conmemoraba una de las muchas funciones de la diosa: la recepción del difunto en el más allá. Debido a la presencia de Amón, servía para reafirmar la realeza y, por tanto, era perfecta para garantizar el bienestar del faraón en el más allá.

En el antiguo Egipto, donde el arte era una creación anónima, solo en contadas excepciones sabemos quién es el responsable de una creación. Pues bien, el caso del Rameseo es una de ellas. Dos fueron los arquitectos encargados de dar forma a los deseos de Ramsés II. Se trata de Amenemone de Abydos y Penra de Coptos, que comenzaron su labor en el año 2 del reinado y no la terminaron hasta cerca de dos décadas después.

Afortunadamente para él, la longevidad del soberano le permitió disfrutar del conjunto de sus edificios funerarios durante cerca de cuarenta años.

Lo interesante de este templo es que parece indiscutible que fue comenzado por otro faraón; esto es, Ramsés se apoderó sin dudarlo de una estructura abandonada. Las pruebas se encuentran en el dintel que separa la sala de las Barcas de la de las Letanías, donde el nombre de Amón aparece martilleado y luego sumariamente retallado. Esto solo pudo suceder en el período amárnico, de modo que la parte interna del templo habría sido erigida por Amenhotep IV, que abandonó la construcción de su casa de millones de años al convertirse en Akhenatón y cambiar de capital. Ramsés utilizó ese punto de partida para construir uno de los más grandiosos edificios del Reino Nuevo.

Vista aérea del Rameseo
Vista aérea del RameseoDiego Delso / CC BY-SA 4.0

En la XXII dinastía, algunos siglos después de haber fallecido su constructor, los terrenos del Rameseo ya servían como necrópolis para los sacerdotes y algunas divinas adoratrices de Amón. Su desmantelamiento comenzó en la XXIX dinastía, cuando se hizo uso de sus piedras para otros menesteres. Convertido en ruinas, en el siglo I a. C., Diodoro Sículo lo bautizó como la tumba de Ozymandias, mientras que Estrabón se refirió a él como Memnonio... Para entonces, la razón de ser del edificio se había olvidado del todo.

La mirada europea

Casi dos milenios pasaron hasta que la gran expedición napoleónica de 1798-1802 conquistó el valle del Nilo. Poco era lo que se sabía entonces del mundo de los faraones, pero Ramsés II, protagonista de algunas historias bíblicas, no era un desconocido. Formados como clasicistas, los científicos y eruditos que acompañaron al ejército de la revolución reconocieron en él al Memnonio de Estrabón. Su templo fue uno de los muchos que estudiaron en la inmensa obra L’expedition à Égypte, que desató una fiebre faraónica por toda Europa, que se sumó a la carrera erudita por descifrar, de una vez por todas, la lengua jeroglífica, acelerada desde el descubrimiento de la piedra de Rosetta por los soldados napoleónicos.

Sin duda, las imágenes del templo publicadas por los sabios franceses sirvieron de inspiración a Percy Bysshe Shelley para escribir una de sus más famosas piezas literarias, publicada en 1817 (“¡Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes...!”). En su soneto reconstruye con talento dramático los avatares de Ozymandias, la versión griega del nombre egipcio User-Maat-Ra, con el que se conocía el impresionante monolito de piedra, de nada menos que un millar de toneladas de peso y una altura cercana a los seis pisos, que se alzaba en el templo.

Como no podía ser menos, fue una de las visitas de Jean-François Champollion durante su expedición por Egipto y Nubia en 1828-1829, acompañado por su alumno Ippolito Rosellini. En los textos de esta estatua sedente pudo leer quién había ordenado construirla, Ramsés II, que pocos años antes, en 1822, había sido uno de los primeros nombres que consiguió descifrar en París. Por este motivo rebautizó el templo como el Rameseo.

Tras la expedición franco-toscana de Champollion, la expedición prusiana de Karl Richard Lepsius visitó el monumento en 1844. Desde entonces, dado su tamaño, los colores que todavía luce parcialmente y el tremendo valor histórico que poseen los textos que conserva en los pocos muros que se mantienen en pie, el templo no ha cesado de ser estudiado.

'El Ramesseum en Tebas”, por John Frederick Lewis (1846)
'El Ramesseum en Tebas”, por John Frederick Lewis (1846)Terceros

En la época dorada de la egiptología, William Matthew Flinders Petrie, James Edward Quibell, Howard Carter y otros más trabajaron en él, encontrando, entre otras cosas, documentos como un importante conjunto de papiros mágicos y el papiro dramático del Rameseo. En época moderna el trabajo arqueológico no se ha interrumpido, en especial, por los equipos franceses del Instituto Francés de Arqueología Oriental, que lo han consolidado para mejor disfrute de todos.

Este texto forma parte de un artículo publicado en el número 684 de la revista Historia y Vida. ¿Tienes algo que aportar? Escríbenos a [email protected].