¿Y si las termas romanas no eran tan pulcras como se pensaba?
Higiene
Las termas romanas pusieron el listón de la higiene occidental muy alto. ¿O no? Un estudio recién publicado cuestiona la pulcritud de esos baños por los residuos orgánicos que enturbiaban el agua

‘Los baños romanos’, Georg Pauli, 1882
La historia de Roma se prolonga durante más de un milenio, desde la mítica fundación por Rómulo en el año 753 a. C. Hasta su caída en 476 d. C. Sus habitantes atribuían la introducción de las termas, a comienzos del siglo I a. C., a Sergio Orata, uno de los grandes “lujuriosos”, acaudalados magnates entregados al lujo y los placeres, a quien, entre otras cosas, se le reconocía también la invención de los criaderos de ostras.
Desde entonces, supuestamente, los baños privados dotados de instalación de calor por hipocausto, canalizado bajo falso suelo, se popularizaron. Ya fuera en instalaciones privadas –baños de pago o estrictamente particulares– o, más tarde, en grandes instalaciones públicas denominadas termas, los baños estuvieron al alcance de los pobladores de Roma y de su imperio.
Sin embargo, la arqueología de época romana, que revisa las tradiciones escritas, se empeña en desmentir con datos, una y otra vez, los relatos de las fuentes clásicas. Hoy día, conocemos un conjunto de instalaciones termales que permiten remontar los orígenes de las termas y sus primeras fases de evolución al período que transcurre entre los siglos IV y II a. C. Se localizan en Grecia, Sicilia, el sur de Italia y, hasta las primeras décadas de la Hispania romana, en un edificio de Cabrera del Mar (Valencia).
Los baños republicanos de Pompeya
A esa primera fase de creación de instalaciones termales (siglo II a. C. O anteriores) corresponden los baños republicanos de la ciudad de Pompeya, que se pusieron en marcha hacia el año 130 a. C. Probablemente, se trató de una instalación de explotación privada de 672 m2.
Contaban con dos secciones, la femenina y la masculina, provistas ambas de un vestuario (apodyterium), una sala de baño templado (tepidarium) y otra de baño caliente (caldarium). La sección masculina se identifica con el área que presentaba una sauna o baño de calor (laconicum), así como un pequeño patio de desahogo.

El elemento clave para el funcionamiento de la instalación fue un profundo pozo de extracción de agua del subsuelo, que estaba conectado con un depósito sobreelevado para almacenarla. En esa zona se ubicó también el horno de calor, y sobre él, seguramente, estuvieron las calderas para calentar el agua. Por medio de canalizaciones se vertía, ya caliente, en las bañeras y en las cubetas de las estancias próximas.
En las paredes del pozo las concreciones calcáreas atestiguan que el agua se extraía por un procedimiento que no se ha conservado. Quizá se tratara de una rueda que se accionaba andando, o mediante un mecanismo manual que movía una cinta transportadora, tal vez de engranajes de madera asociados a cubos o vasijas para elevar el agua. Hay que suponer que lo accionaban esclavos. Muy lejos se encuentran esos baños primitivos de las grandes instalaciones termales romanas que anticiparon nuestros spas, es decir, los complejos de salus per aquam.
Los romanos conocían el uso terapéutico y salutífero del agua. Piscinas frías y bañeras de agua caliente y templada, baños de calor o de vapor, masajes y actividades complementarias como el deporte, la lectura o la conversación dieron forma a grandes termas como las de Caracalla, de comienzos del siglo III (c. 212-216), o las de Diocleciano, finalizadas casi un siglo más tarde, con edificios para baños de 23.500 y 45.000 m2, aproximadamente. Estaban abastecidas por el agua de acueductos con un caudal constantemente renovado.
Los baños republicanos de Pompeya, que conocieron tres fases, con una remodelación y un ensanchamiento del pozo, estuvieron en uso durante un período no superior a un siglo. Así pues, no llegaron hasta la construcción del acueducto, que data de la época de Augusto, a fines del siglo I d. C. Fueron demolidos, y el lugar se convirtió en un jardín rodeado de columnas –un peristilo– para disfrute de una casa vecina.

Unos análisis innovadores
En estas coordenadas de baños primitivos deben contextualizarse los resultados de los análisis dados a conocer recientemente por los investigadores de la Universidad Johannes Gutenberg de Mainz. No es que se hayan practicado nuevas excavaciones: los baños republicanos fueron excavados fundamentalmente en 1950.
Lo que la arqueología actual está aplicando son técnicas de análisis físicos y químicos sobre los materiales. Los nuevos datos deben ser aceptados por su solvencia científica, pero tomados con la prudencia que recomienda guardar la falta de registros comparativos.
La investigación ha practicado análisis de isótopos sobre los depósitos de carbonatos en varios componentes del sistema hidráulico de la ciudad: en los huecos de pozos –el de los baños republicanos, entre otros– y también en las piscinas de los baños, en el acueducto y en las torres de distribución de agua repartidas por la ciudad.

Estas técnicas, poco agresivas con los restos arqueológicos, que se basan en tomas de muestras localizadas, han permitido establecer un contraste entre los patrones de isótopos estables del acueducto y de los pozos.
De partida se ha apreciado que la calidad del agua de los pozos no era recomendable, o ideal, para el consumo; procedía de un sustrato volcánico y se encontraba altamente mineralizada. El acueducto vino así a aportar abundante agua, proveniente de una fuente calcárea para baños y termas, más apta para consumo humano.
Aguas contaminadas
Pero no solo influyó la calidad del agua: se han encontrado plomo, zinc y cobre en los depósitos de origen antrópico o humano, que demuestran que los baños se encontraban contaminados con metales pesados, probablemente, por efecto de los residuos de las propias calderas y de las conducciones. Tras su renovación, su rendimiento fue mejor y se consiguió que el agua estuviera más caliente.
Además, y esto ha sido lo más llamativo, se ha detectado que uno de los isótopos analizados acusaba diferencias agudas entre las muestras tomadas en los pozos y en las piscinas y bañeras. El origen estaría en la contaminación del agua por residuos humanos, es decir, por efecto del sudor o la orina.
Para que esas variaciones se produjeran hay que considerar que el agua no se renovaba de manera regular. Se especula con que, a lo sumo, se cambiara una vez cada día. Lo cierto es que una estimación al respecto se antoja imponderable; solo nos consta que la renovación no fue regular ni constante. Estuvo condicionada por el sistema de extracción: sacarla de un pozo a partir de una rueda accionada, quizá a pie, tuvo que ser trabajoso y lento.
Los niveles de higiene que se han verificado se encuentran lejos de los elevados estándares atribuidos a la cultura romana. Sin embargo, aún no hay análisis alternativos para poder establecer valores comparativos y conclusiones más amplias.

Se trata de una muestra basada en unos baños que corresponden a momentos iniciales de las prácticas termales. La evolución posterior, con los ingentes caudales aportados por los acueductos, hizo que la calidad del agua y la higiene mejoraran sensiblemente. El alcance del estudio aprecia, en parte, esa evolución en la misma Pompeya.
Marcial, el poeta satírico hispano, mordaz cronista de la sociedad de Roma de finales del siglo I d. C., en pleno apogeo de la calidad de vida romana, insistía en que, para ser tenido por alguien respetable, había que disponer de baños propios.
La promiscuidad de las termas no era del gusto de los adinerados. Un senador, un caballero o un rico liberto demostraban su dignidad bañándose en su instalación termal privada, en compañía de sus amigos, a los que, a continuación, convidaban a cenar. Formaba parte de su espléndido aislamiento. Las termas públicas quedaban para el vulgo.


