“Este mal se cometió en nombre de la paz”: la historia de los ‘hibakusha’, los supervivientes de Hiroshima y Nagasaki
80 años
Para muchos japoneses, la Segunda Guerra Mundial no terminó con la capitulación del país. Sobrevivir a las dos bombas atómicas convirtió sus cuerpos en un doloroso campo de batalla

En esta foto del 7 de septiembre de 1945, un hombre no identificado aparece junto a una chimenea de azulejos donde antiguamente se alzaba una casa en Hiroshima
Las bombas explotaron dos veces, los cuerpos, miles. Aunque Hiroshima haya silenciado a Nagasaki, la tragedia no fue menos brutal ni menos humana. Algunos, por desgracia, vivieron ambos horrores, uno tras otro, sin respiro. El espanto no terminó con la primera bomba. Son los niju hibakusha, doblemente marcados por la historia, sobrevivientes de lo indecible.
En 1947, apenas dos años después del fin de la guerra y de los bombardeos atómicos en Japón, comenzó a correr el Reloj del Juicio Final. Era el inicio de la guerra fría declarada, una advertencia simbólica: el mundo había entrado en la era de la destrucción nuclear. Estados Unidos y la Unión Soviética tensaban la cuerda del poder atómico, mientras el recuerdo de Hiroshima y Nagasaki apenas comenzaba a instalarse en la conciencia global.
En ese contexto surgieron los hibakusha, “personas bombardeadas”. Una definición tan clara como estremecedora. Más allá del dolor físico, muchos comenzaron a narrar lo inconcebible, fundando el genbaku bungaku –la literatura de la bomba atómica–. Su propósito era simple y urgente: mantener viva la memoria para evitar que el mundo olvidara y repitiera. Entre ellos, aún más excepcionales, estaban los niju hibakusha, quienes sobrevivieron a ambos bombardeos. Sus cuerpos eran archivo, resistencia y advertencia.
¿Qué es un ‘hibakusha’?
La definición de hibakusha no es exacta. A menudo se asocia al daño físico: heridas abiertas, piel colgante, sordera provocada por la onda expansiva. Marcas imposibles de esconder, y que muchos nunca intentaron ocultar. Pero también lo son quienes estuvieron expuestos a la lluvia radiactiva, lejos del epicentro. Incluso los niju hibakusha sufrieron esta ambigüedad: una identidad paradójica, protectora y estigmatizante a la vez. Una etiqueta impuesta, que los vincula con la enfermedad, el peligro, lo “contaminado”. Una experiencia límite que aún no terminamos de entender.
El caos de la posguerra impidió cualquier tipo de control. No hubo cuarentena, ni registros sanitarios suficientes, ni por parte del gobierno japonés ni de la administración estadounidense. Se estima que unas 120.000 personas murieron en Hiroshima y 80.000 en Nagasaki solo en los primeros instantes. Pero los estudios posteriores elevan la cifra total de víctimas hacia finales de 1945 a más de 210.000.

En ese marco, tuvo lugar una revelación en medio de la conferencia de Potsdam, que acabó justo cuatro días antes de la catástrofe y donde, también, se subrayaron los términos para la rendición japonesa. El presidente estadounidense Harry Truman confesó a Stalin que EE. UU. Había desarrollado un arma de “fuerza destructiva inusual”. Una advertencia disfrazada de diplomacia. Semanas después, las bombas no solo buscaron la capitulación de Japón en esta guerra: sirvieron para posicionar a EE. UU. Como potencia indiscutible. Así nació la llamada “paz que no es paz”, una estabilidad aparente sostenida por la amenaza. La guerra fría duraría casi medio siglo, marcada por la lógica del terror: la destrucción mutua asegurada.
La verdad incómoda es que Japón se convirtió en un conejillo de indias. Truman no solo buscaba terminar la guerra: también quiso enviar un mensaje –espectacular y brutal– a Moscú y al mundo. Como señaló el autor búlgaro Tzvetan Todorov: “Este mal nuevo se cometió, sin embargo, en nombre del bien… un bien al que seguimos aspirando: la paz y la democracia”. Quizá la historia habría sido otra si no se hubiera contemplado reducir ciudades enteras a sucursales del infierno.
El 5 de octubre de 1945, David Lawrence, dueño de U. S. News and World Report, escribió: “Portavoces competentes de la Fuerza Aérea dicen que no era necesaria y que la guerra ya había sido ganada. Existen testimonios que aseguran que Japón llevaba semanas buscando la rendición antes de la bomba”.
Dios, la bomba y la narrativa del bien
Para tener una legitimación máxima, se encajó una moralización religiosa del arma. Algunos líderes occidentales creían que Dios la había puesto en las manos correctas: Truman agradeció a Dios por haber dado la bomba a los estadounidenses. Winston Churchill, por su parte, declaró: “Por misericordia de Dios, fueron americanos y británicos quienes descubrieron el secreto”, situando a Dios de un lado y a los japoneses como paganos. Esta fue la versión heroica del final de la guerra, una narrativa dominante en EE. UU. Que, como señala el historiador John Dower, se resumía en una expresión repetida durante décadas: “Gracias a Dios por la bomba atómica”.
La distancia entre la memoria japonesa y la narrativa estadounidense es abismal. Mientras en Japón el Museo de la Paz de Hiroshima muestra cuerpos calcinados, relojes detenidos y sombras humanas impresas en piedra, en EE. UU. Se exhiben las instalaciones de los laboratorios de Los Álamos como un triunfo científico. Hiroshima, para unos, es un cementerio eterno; para otros, una página gloriosa del progreso bélico.

Esta disonancia persiste: en 2015, más del 50% de los estadounidenses aún creía que lanzar la bomba era “necesario”. Las consecuencias humanas fueron inconcebibles. Pero las bombas no solo mataron: dejaron una herencia invisible. La radiación siguió enfermando generaciones que no sabían cómo actuar. Los hibakusha, y aún más los niju hibakusha, fueron testigos vivos de esa marca imborrable de la historia.
Tsutomu Yamaguchi: testigo dos veces
Uno de los casos más estremecedores es el de Tsutomu Yamaguchi, un ingeniero naval entonces de 29 años que trabajaba en la empresa Mitsubishi. Estaba en Hiroshima el 6 de agosto por trabajo, se dirigía a su último turno antes de regresar a Nagasaki, donde vivía con su esposa Hisako y su hijo Katsutoshi, de apenas unos meses. Eran las 8:15. Vio un avión soltar un paracaídas y una luz cegadora llenó el cielo.
Una onda expansiva lo arrojó al suelo. La bomba Little Boy había explotado a apenas tres kilómetros. Aturdido, parcialmente ciego y con un tímpano reventado, sobrevivió. Años más tarde, en la revista The Times relató la escena: “Era como el comienzo de una película en el cine, cuando los fotogramas en blanco destellan sin sonido… Pensé que podría haber muerto, pero la oscuridad se disipó y me di cuenta de que estaba vivo.”
Esa noche, Yamaguchi se refugió en un búnker. Volvió a su ciudad natal. Mientras contaba a su jefe lo ocurrido –quien dudaba de su relato–, cayó la segunda bomba. Fat Man explotó a solo 2,5 kilómetros. Sufrió graves quemaduras y contusiones. Sin embargo, sobrevivió de nuevo. Fue la primera y última persona reconocida como niju hibakusha oficialmente. Su cuerpo figuró como doble testimonio de lo inhumano.
A pesar de ello, Yamaguchi no fue el único. Al menos 165 personas sobrevivieron a ambas explosiones. Entre ellas, otro caso es el de Shigeyoshi Morimoto, artesano de kimonos. Estaba en Hiroshima por trabajo y regresó a Nagasaki al día siguiente. Sobrevivió con heridas leves, y tiempo después declaró: “Dios no me salvó, me olvidó dos veces”. Historias como la suya permanecen en las periferias de la historia oficial contada. Ellos también encarnan la paradoja de seguir vivos cuando el mundo se desintegró dos veces.
La segunda generación: herederos del silencio
La huella de la bomba no terminó con quienes la vivieron. Muchos hijos de hibakusha nacieron con enfermedades congénitas, problemas inmunológicos, malformaciones. Pero el dolor no fue solo biológico. La carga social los acompañó en cada etapa: matrimonios cancelados, empleos denegados, diagnósticos ocultos por miedo. Ser hijo de un hibakusha implicaba heredar no solo el trauma, sino también el silencio. El cuerpo como campo de batalla… también en la segunda generación.
Un caso conmovedor y hoy, considerado un emblema mundial de paz, es la historia de Sadako Sasaki, quien contrajo leucemia una década después de Hiroshima. Durante su hospitalización, su amiga Chizuko le llevó origami y le contó una leyenda: si una persona enferma dobla mil grullas de papel, sanará. Sadako logró hacer 644 antes de morir. La leucemia fue uno de los legados más repetidos de la bomba.

Por otra parte, Hiroshima no solo fue epicentro del horror nuclear. También cargó con otro estigma: ser la “ciudad de la yakuza”, término que designa a los miembros de los grupos de crímenes organizados japoneses. Y otro más: el 6 de agosto de 1945, miles de niños quedaron huérfanos. Hambrientos y desamparados, comenzaron a robar para sobrevivir. Algunos fueron explotados por adultos sin escrúpulos. Acogidos por las personas equivocadas, crecieron marcados por la desesperación, creando generaciones atrapadas en la delincuencia y el abandono.
Tampoco deben olvidarse los invisibilizados: los coreanos. Obama los mencionó en su única visita a Hiroshima junto a los soldados estadounidenses presentes que fallecieron. Japón había traído más de 670.000 trabajadores coreanos forzados durante la guerra. Se estima que 20.000 murieron en Hiroshima y 2.000 en Nagasaki. Una de cada siete víctimas tenía ascendencia coreana. Muchos ocultaron su condición por miedo a una doble discriminación: por ser hibakusha y por ser coreanos, ya que durante décadas se les negó reconocimiento para cualquier tipo de ayuda o tratamiento.

La memoria de las víctimas resistió. En los años ochenta, la experiencia de los hibakusha inspiró a los movimientos pacifistas europeos. El lema “¡No a Euroshima!” Resonó en protestas contra los misiles nucleares. La historia comenzó a cruzar fronteras, como lo hizo la figura del niju hibakusha, que hoy simboliza la doble herida que aún no cierra.
Hiroshima en el cine, Hiroshima en la política
El gobierno japonés no participó en la reunión, el pasado 18 de febrero, de los Estados signatarios del Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares, solo pocos meses después de que Nihon Hidankyo recibiera el Premio Nobel de la Paz. El dilema persiste: vivir bajo el paraguas nuclear del país que lanzó las únicas bombas atómicas en tu propio territorio.
El mismo país que sigue retratando su propia violencia en pantalla manteniendo vivo el debate de cómo Occidente lo representa. Mientras el cartel de Oppenheimer en Japón muestra a Cillian Murphy como villano, en el filme, la alucinación del holocausto nuclear tiene el rostro de una joven blanca y estadounidense –la hija de Nolan–, e Hiroshima queda fuera de campo. Algunas salas japonesas advirtieron de que las imágenes podrían revivir traumas.
Y con razón. Que nunca se olvide el agosto que marcó el inicio de más de 210.000 muertes, muchas de ellas lentas e invisibles. Los niju hibakusha nos recuerdan que las guerras no tienen ganadores, solo víctimas.


