Elegidos para la gloria: los primeros astronautas que ocuparon la Estación Espacial Internacional de forma permanente
25 años
Dentro de cinco años, es posible que la ISS sea historia. Quienes escribieron su primer capítulo fueron dos rusos y un americano que, entre 2000 y 2001, permanecieron 136 días en ese laboratorio espacial

De izquierda a derecha, Sergei Krikalev, William Shepherd y Yuri Gidzenko (Rusia), los primeros tripulantes de la Estación Espacial Internacioal
El 2 de noviembre de 2000, hace ahora justo 25 años, marcó un hito en la historia de la astronáutica: la Estación Espacial Internacional (ISS) recibió a sus primeros tripulantes permanentes. Eran dos rusos, Yuri Gidzenko y Sergei Krikalev, y un norteamericano, William Shepherd. Este último, un antiguo miembro de los SEAL, militares entrenados en operaciones clandestinas y veterano de tres vuelos en el transbordador, fue el comandante de la primera tripulación.
Se cuenta, aunque quizá sea una historia apócrifa, que cuando muchos años antes, durante el proceso de selección de la NASA, se le preguntó cuál era su mejor habilidad respondió: “Matar gente con un cuchillo”. Probablemente, una boutade, pero lo cierto es que su formación como buceador resultó muy útil en las tareas de recuperación de los restos del Challenger tras su accidente en 1986.
Los tres hombres llegaron a la Estación Espacial a bordo de una cápsula Soyuz. Era parte del acuerdo que había firmado la NASA con la agencia rusa. Los primeros vuelos se harían en esas naves, las únicas que, por el momento, podían atracar. Hasta que se ampliase la estación con nuevos puntos de amarre, los transbordadores, mucho mayores, tendrían que esperar.
El primer módulo
La ISS que ocuparon los tres hombres no tenía nada que ver con el gigante de casi quinientas toneladas que orbita hoy sobre nuestras cabezas. Solo se habían lanzado tres segmentos. El primero, bautizado Zaryá (amanecer), había sido proyectado como un módulo adicional para la estación Mir. Nunca llegó a lanzarse: el programa Mir terminó, y, al final, Rusia decidió modificarlo para utilizarlo como núcleo de la ISS en 1998.

Zaryá es un módulo puramente técnico. Alberga los motores encargados de ajustar la órbita de la estación, además de baterías y sistemas de control general. A la sazón, no disponía de alojamientos para la tripulación; eso llegaría más tarde.
Lo curioso es que, dada la precaria situación económica tras la disgregación de la URSS, la NASA había pagado su construcción (250 millones de dólares), pero, oficialmente, se considera que pertenece al segmento ruso de la ISS.
Unity y Zvezdá
El segundo módulo, lanzado unas semanas después, fue la primera contribución norteamericana. Llegó como carga en la bodega del transbordador Discovery, cuyos tripulantes pasaron ocho horas flotando en el espacio y uniéndolo a un extremo del Zvezdá.
Su nombre, Unity, hacía referencia a sus múltiples puntos de agarre, que servirían para ir uniendo a la estación el resto de piezas, en especial, la barra transversal que en el futuro soportaría los grandes paneles solares. Por el momento, toda la energía eléctrica sería proporcionada por el segmento ruso.
El tercer módulo, Zvezdá, se retrasó mucho, hasta mediados de 2000. Tanto que dio tiempo a realizar otras dos misiones de abastecimiento, ambas a cargo de los transbordadores de la NASA. Cada viaje llevaba varias toneladas de suministros: alimentos, agua, oxígeno y equipos auxiliares. Aunque algunos astronautas llegaron a entrar en la estación, fue siempre por pocos días. El envío de una tripulación de larga estancia tendría que esperar.
Una vez en órbita, Zvezdá atracó en el extremo opuesto de Zaryá, así que el núcleo de la estación quedó formado por las tres secciones en línea. Con el tiempo, a esa estructura se le fueron añadiendo otras piezas en diferentes posiciones: laboratorios, esclusas de aire, puertos de amarre…
Expedición 1
Por el momento, lo más importante era que el nuevo habitáculo ya disponía de camarotes para dos astronautas, cocina con frigorífico y congelador e instalaciones sanitarias: lavabo y váter, aunque no ducha. Durante los primeros meses, los astronautas deberían cuidar su higiene a base de toallitas húmedas.
La Expedición 1 se encontró con un alojamiento bastante espartano. Shepherd señaló que “entrar en la ISS por primera vez era como mudarse a una casa todavía en construcción: las paredes estaban ahí, pero aún faltaban las luces y los muebles”.

Eso sí, acostumbrados a las estrecheces de las cápsulas Soyuz, o incluso del transbordador, la amplitud del nuevo habitáculo representaba un lujo asiático: unos doscientos metros cúbicos, el equivalente de un piso pequeño. Con la ventaja añadida de que todo él era aprovechable: suelo, paredes y techo.
Los astronautas podían “volar” a lo largo del pasillo que iba de punta a punta de la estación. La gravedad cero les permitía dar volteretas, pero también les obligaba a perseguir cualquier cosa que se les escapase de las manos. Como advirtió uno de los astronautas, “tu café se mueve más que tú, así que mejor no te distraigas con la taza flotante”.
La ley de Murphy
Los integrantes de la Expedición 1 estuvieron en la ISS cuatro meses y medio; fue el primer equipo en ocuparla de forma permanente. Durante ese tiempo su trabajo consistió, sobre todo, en activar los diferentes sistemas de a bordo. La ley de Murphy se hizo presente en numerosas ocasiones. Por ejemplo, poner en marcha el calentador de alimentos del módulo ruso, que debería haberse hecho en treinta minutos, les llevó un día y medio de esfuerzos.
Como los paneles solares de la estación eran muy limitados y no generaban suficiente energía, no fue posible ni encender los calefactores del módulo americano. El ambiente era tan gélido que hubo que sellarlo y dejar su activación para más adelante, cuando llegasen nuevos paneles mayores y de más potencia.
En diciembre, un mes después de entrar en la ISS, los tres astronautas recibieron la visita de cinco compañeros a bordo del shuttle Endeavour. Traían con ellos diecisiete toneladas de suministros, entre ellos, los ansiados paneles solares. Durante unos días, la ISS estuvo habitada por ocho tripulantes, aunque la carencia de espacio hizo que los recién llegados tuviesen que alojarse en el transbordador.
No pasa el tiempo
En los meses siguientes, Shepherd, Gidzenko y Krikalev recibieron más visitas. Primero, un carguero ruso automático con más suministros. Descargarlo y clasificar todo su contenido les llevó otra semana de trabajo.
Mantener el orden era fundamental. Aunque todavía era pequeña, la ISS estaba tan saturada de equipos y paquetes varios que un objeto que no estuviese en su lugar podía darse por perdido. Con el tiempo, al aumentar los módulos y los dispositivos instalados a bordo, la sensación de caos empeoraría.

En febrero llegó otro transbordador con un nuevo módulo americano, el Destiny, un laboratorio para experimentos. Su llegada aumentó el volumen habitable de la estación en un 40%. Y, muy importante para la estabilidad mental de los astronautas, disponía de una gran ventana en el costado, siempre dirigido a la Tierra. El mejor espectáculo disponible para pasar las horas viendo desfilar el paisaje.
A los tres meses de misión, los astronautas empezaban a sentir añoranza. O quizá a estar hartos. Con el Atlantis todavía amarrado a la estación, Shepherd sugirió que “estaba listo para volver a casa”. Pero aún le quedaba un mes y pico más. Los psicólogos de la NASA decidieron darles más tiempo libre: ver películas, escuchar música o, lo que mejor recibieron, establecer videoconferencias con familia y amigos.
El relevo
En esas fases iniciales de construcción de la ISS, la vida presentaba numerosos aspectos incómodos. El váter de ingravidez, por ejemplo, obligaba a utilizar bolsas de plástico para recoger los residuos sólidos (hoy la ISS monta un modelo de succión por aire mucho más práctico, pero no se instaló hasta 2020, veinte años después de que llegasen los primeros astronautas).
Por fin, en marzo de 2001, se produjo el ansiado relevo. La segunda tripulación permanente –otros tres astronautas: dos americanos y un ruso, que sería el nuevo comandante de la misión– llegó a bordo del transbordador Discovery. Tras una breve ceremonia en la que Shepherd cedió el mando a su colega, los tres componentes de la Expedición 1 abordaron el shuttle para regresar a casa. Habían estado en el espacio 136 días.

Desde entonces, las tripulaciones se han ido relevando con regularidad. La que hoy ocupa la estación es la número 73, formada por siete miembros de diferentes países, incluyendo Hungría, Japón, Polonia e India.
Abandonado el transbordador espacial, las idas y venidas a la estación se hacen todavía con cápsulas Soyuz o las Dragon de SpaceX. El público se ha acostumbrado tanto a estas actividades que el lanzamiento de otra nave tripulada ya apenas merece espacio en los medios.
Días contados
Desde hace un cuarto de siglo, la ISS ha estado habitada permanentemente. La actual misión se prolongará hasta el 9 de diciembre, cuando sea relevada por los siete componentes de la número 74.
Como no existe vehículo capaz de llevarlos a todos en un solo viaje, cuatro irán a bordo de una Dragon, y otros tres, apretujados en una Soyuz. Acomodar tantas cápsulas –además de los cargueros automáticos– obliga a desarrollar complicadas coreografías entre los diferentes puertos de amarre.
La ISS se está haciendo vieja. Sus componentes ya acusan el estrés de tantos años en el espacio, así que se ha decidido terminar su vida útil hacia 2030. Una vez abandonada, se enviará otro vehículo automático que atraque en una de las escotillas con el único fin de disparar su motor y forzar la caída de la estación en el Pacífico.
Para entonces, el único reducto de ocupación humana permanente en el espacio será la estación china Tiangong, lanzada hace solo cinco años.


