Washington ya quiso comprar Groenlandia en el XIX para forzar a Canadá a integrarse en EE. UU.
Reto a Dinamarca
La amenaza que se cierne sobre el territorio bajo soberanía danesa no es en absoluto nueva. Los estadounidenses han intentado comprar u ocupar la isla desde 1868

Maniobras conjuntas de daneses, suecos, noruegos, alemanes y franceses en Groenlandia en septiembre de 2025
Con sus más de dos millones de kilómetros cuadrados, Groenlandia es la isla más extensa del hemisferio norte; la mayor del mundo si exceptuamos Australia. También ostenta el récord de menor densidad de población, gracias, sin duda, a su inhóspito clima ártico. Sus poco más de 56.000 habitantes se han mantenido durante décadas en un discreto segundo plano, ajenos al tablero de juego geopolítico, hasta que las ambiciones expansionistas de Donald Trump han puesto en jaque su gélida burbuja.
Este no es, sin embargo, el primer intento estadounidense de hacerse con Groenlandia, un territorio cuyo estatus político no ha estado exento de ambigüedades y disputas a lo largo de la historia.
¿América o Europa?
Si nos atenemos estrictamente a la geología, Groenlandia está anclada a la placa tectónica de Norteamérica. En el Precámbrico, hace unos 3.800 millones de años, la isla formaba parte del paleocontinente de Laurencia, que dio origen a la actual América del Norte. De hecho, sus primeros habitantes procedían, casi con toda seguridad, del extremo septentrional de lo que hoy es Canadá. Los primeros llegaron hacia 2500 a. C., no se sabe si navegando en canoas o caminando sobre el hielo. A su vez, estos pioneros descendían de pueblos siberianos que presumiblemente cruzaron Beringia (el actual estrecho de Bering) algunos milenios atrás y pasaron, así, de Asia a América.

Sucesivas culturas, precursoras de los inuit, se han podido describir gracias a distintos yacimientos arqueológicos: Saqqaq, Independencia I y II, Dorset… Carecían de escritura, así que las conocemos por sus utensilios y restos humanos.
¿Inuit o escandinava?
De lo que no cabe duda es de que la isla entró en los anales históricos de la mano de europeos. Desde que el navegante Gunnbjörn Ulfsson la avistó por azar en algún momento entre finales del siglo IX y principios del X, Groenlandia permaneció estrechamente ligada al imaginario nórdico. No en vano fue el Eric el Rojo, el legendario explorador noruego, quien le dio unas décadas después su vistoso nombre, que significa “tierra verde”.
¿Ironía, tal vez? Es posible que el clima fuera algo más cálido y el paisaje, menos blanco que ahora. Aun así, según el Íslendingabók, una crónica escandinava del siglo XII, todo fue una artimaña publicitaria. El propio Eric habría admitido, socarrón, que había escogido un topónimo atractivo para atraer colonos al nuevo país.

De ser así, la estratagema funcionó. Un buen puñado de islandeses mordió el anzuelo, embarcó rumbo a poniente –en veinticinco navíos, según las sagas– y se estableció a lo largo de la costa suroccidental, cerca de Nuuk, la actual capital.
Se inicia así un fructífero comercio de colmillos de morsa y herramientas entre Groenlandia, Islandia y Noruega, que se alargaría hasta el siglo XIII. El cristianismo también cruza el charco y se erige, incluso, una pequeña catedral en honor a San Nicolás.
En paralelo, se extingue la última de las culturas nativas prehistóricas, reemplazada, en el siglo XII, por el pueblo Thule, antecesor de la rama inuit que hoy conforma el grueso de la población de Groenlandia.
Un acto de fe
A mediados del siglo XV se pierde todo contacto entre la isla y el continente. El frío se recrudece hasta extremos apenas compatibles con la supervivencia, el valor del marfil de morsa se desploma, la peste negra ha diezmado la población europea y hay granjas en climas más benévolos que necesitan manos.
Los asentamientos escandinavos en la isla ártica decaen, pero el reino mancomunado de Dinamarca y Noruega no se da por enterado y sigue contando Groenlandia entre sus posesiones de ultramar. En la década de 1660, incluso, añaden un oso polar a su escudo de armas.
Por fin, en 1721, tras varias expediciones que quedan en agua de borrajas, el pastor luterano Hans Egede funda la colonia misionera de Hope con el propósito de salvar las almas de los colonos nórdicos groenlandeses. Se han perdido dos siglos enteros de reforma protestante y urge explicarles que ya no pueden seguir siendo católicos. O, aún peor, puede que, aislados del mundo cristiano, hayan retomado el paganismo.
Para su sorpresa, no hallan ni rastro de compatriotas, pero eso no detiene al ferviente misionero, quien, a falta de daneses, decide predicar a los inuit.
Ofertas rechazadas
Tras la escisión de Noruega y Dinamarca, el tratado de Kiel, en 1814, concede a esta última el dominio colonial sobre toda Groenlandia, pese a que la mayor parte de la isla continúa inexplorada. La fiebre exploratoria del siglo XIX pondrá en entredicho la autoridad danesa. Dinamarca es el país que más expediciones cartográficas envía, pero Robert Peary, primer extranjero en llegar al extremo septentrional, intenta reclamar para Estados Unidos el territorio descubierto entre 1886 y 1909.
Ya mucho antes, en 1868, la administración de Andrew Johnson había estado a punto de ofrecer a Dinamarca 5,5 millones de dólares. Acababan de adquirir Alaska y estaban interesados en la riqueza pesquera y mineral groenlandesa, concretamente en sus reservas de carbón y, sobre todo, de criolita, un raro compuesto, esencial para la industria del aluminio, que en su estado natural únicamente existe en Groenlandia.
Además, la propuesta tenía como indisimulado objetivo geoestratégico rodear como una pinza la América Británica, es decir, Canadá, con el fin de “aumentar considerablemente sus incentivos, pacífica y alegremente, para convertirse en parte de la Unión Americana”. Como puede verse, la idea de Trump de anexionarse Canadá dista mucho de ser nueva.
El proyecto no cuajó por oposición del Congreso estadounidense, pero la idea resurgió en 1910, de la mano del embajador Maurice Francis Egan, que propuso entregar a Dinamarca dos islas filipinas a cambio de la ártica.
Finalmente, en 1916, se selló un intercambio de cromos coloniales bastante distinto: Dinamarca cedía a Estados Unidos las Indias Danesas (hoy Islas Vírgenes) a cambio de mantener la soberanía sobre Groenlandia. El episodio quedaba zanjado… por el momento.
El amigo americano
En 1946, Estados Unidos vuelve a la carga, esta vez con cien millones de dólares en lingotes de oro sobre la mesa. La oferta es tentadora para una Dinamarca empobrecida tras superar la reciente invasión nazi. Aun así, el ministro de Exteriores danés, Gustav Rasmussen, se niega: “Aunque debemos mucho a Estados Unidos, no siento que les debamos toda la isla de Groenlandia”.
El tira y afloja concluye en tablas tres años después con la fundación de la OTAN y la consolidación de la presencia militar estadounidense en la isla, que ya había ocupado durante la Segunda Guerra Mundial y que, en plena guerra fría, se había convertido ya en un enclave estratégico. El proyecto Iceworm, que pretendía instalar distintas bases de lanzamiento de misiles apuntando directamente a la Unión Soviética, no llegó a materializarse por falta de autorización del gobierno danés.
¿Pobre o rica?
El cambio climático no ha hecho sino incrementar el valor de un territorio que atesora en su subsuelo petróleo, gas y tierras raras y que, además, podría tener la llave de una nueva ruta comercial por el Ártico. Aquella enorme isla inhóspita e infértil, cuya naturaleza hostil ganó la partida al ser humano tantas veces, se ha convertido en objeto de deseo y pieza clave del nuevo orden mundial.
Siete países han cerrado filas junto a Dinamarca para defender la europeidad del territorio autónomo de Groenlandia. Una Groenlandia que, sin embargo, no pertenece formalmente a la Unión Europea. En 1984, tras un referéndum, formalizaron el Groexit de la entonces Comunidad Económica Europea. Como miembros de la Asociación de Países y Territorios de Ultramar de la UE, los groenlandeses tienen derecho a la ciudadanía europea y mantienen acuerdos especiales de cooperación, pero la UE no abrió hasta 2024 su delegación en Nuuk. Queda por ver cómo moverán ahora sus piezas y si la jugada de Trump terminará en jaque mate para el vínculo histórico con Dinamarca.

