Historia del Polo Norte: de territorio imaginado a campo de batalla
El valor del Ártico
Trump quiere que Papá Noel le traiga Groenlandia y no es un capricho gratuito. Washington, Moscú y Pekín pretenden posicionarse en un área que en otros tiempos fue carne de mitos y exploraciones

El explorador estadounidense Robert Edwin Peary y miembros de la expedición al Polo Norte de 1908-1909 con Frederick Albert Cook
La soledad casi mística de los viajes polares ha dado paso a que el Ártico se haya convertido en la última frontera por explotar de los tres grandes imperios actuales, Estados Unidos, Rusia y China. La fiebre polar, como la del oro en su día, está haciendo aflorar incalculables riquezas (petróleo, gas licuado, reservas de agua dulce, pesca, oro, uranio, tierras raras imprescindibles para las nuevas tecnologías...) A medida que se intensifica el deshielo.
Dentro de diez años, el Ártico podría ser un mar tan grande como el Mediterráneo, con nuevas rutas alternativas al canal de Suez y al canal de Panamá. Para un número creciente de analistas, es como si se hubiera descubierto una nueva América en pleno siglo XXI que tal vez permita que el capitalismo siga creciendo a un ritmo suficiente como para evitar el colapso, según nos explica Marzio G. Mian, autor del libro Guerra blanca (Ned Ediciones).
De Cook a Putin y Trump
“Hay un interés económico para que el deshielo provocado por el cambio climático siga avanzando a buen ritmo”, indica Marzio G. Mian
Para Mian, fundador de The Artic Times Project, el Ártico es la zona del planeta donde más probable es que estalle la Tercera Guerra Mundial. Según nos explica por correo electrónico, el Polo Norte contiene el 40% de las reservas mundiales de combustibles fósiles y el 30% de todos los recursos naturales no explotados, así como grandes reservas de agua dulce. Sin embargo, desde la guerra de Ucrania, la zona es un polvorín.
“El Ártico se ha convertido en un espacio para ser dominado y explotado por los nuevos imperios de la actualidad, ya que cualquiera que esté fuera se quedará al margen del gran negocio de este siglo”, cuenta Mian a Historia y Vida.
La razón por la que el Ártico está casi en pie de guerra es la disolución del antiguo Consejo Ártico que coordinaba a los ocho países con derechos sobre la zona: Canadá, Dinamarca (a través de Groenlandia), Finlandia, Islandia, Noruega, Rusia (el 52% de las costas polares son suyas), Suecia y Estados Unidos (a través de Alaska). Tras ser apartada Rusia del Consejo Ártico, a causa de las sanciones por la guerra de Ucrania, Vladímir Putin ha formado un nuevo frente con China e India.
A juicio de Mian, “existe un interés económico para que el cambio climático avance a buen ritmo”. De hecho, este experto sospecha que Putin y Trump podrían acabar repartiéndose Groenlandia y el Ártico, apelando a la antigua ley del más fuerte.
En septiembre de 2012 la NASA anunció que la superficie de océano helado que había en el Polo Norte había descendido a 3,4 millones de km2, frente a los 8 millones de 1970, es decir, que el planeta había perdido una porción de hielo del tamaño de la Unión Europea actual.
En 2022, la NASA indicó que en un solo año se habían descongelado otros 100.000 km2 de superficie helada, el equivalente a Islandia. Desde entonces, “el Ártico es cada vez menos blanco y más azul”, sentencia este periodista italiano que ha sido candidato al Premio Pulitzer.
El Polo Norte ha estado cubierto de hielo más de 2,7 millones de años, sobre un mar que alcanza los 5.569 m de profundidad en el estrecho de Fram. En la prehistoria, nuestros predecesores intentaron localizarlo a través del estudio del cielo estrellado. En su imaginación, concebían el Polo Norte como una montaña resplandeciente, blanca y dorada por los rayos solares, así como el lugar de la Tierra más próximo a los dioses, algo que daría pábulo a la teoría de que allí vivieron Adán y Eva.
Incluso en fecha tan tardía como 1885, el catedrático William F. Warren, primer rector de la Universidad de Boston, afirmaba en Paraíso encontrado que el Edén primitivo estuvo en el Ártico hasta que cambió bruscamente el clima y sus habitantes se vieron obligados a desplazarse hacia el sur. Varios trabajos publicados en Nature confirman que hace millones de años el Polo Norte fue un paraje cálido y fértil, poblado por caimanes y palmeras, donde la temperatura media rondaba los 20 grados.

Hasta poder dominar los inaccesibles 90º N, es decir, el punto más septentrional de la Tierra, donde el eje de rotación del planeta se encuentra con la superficie, tuvieron que transcurrir muchos siglos de descubrimientos, heroicidades y penurias sin fin, de nuevas rutas de navegación, de búsqueda de riquezas y de un frío y una oscuridad inclementes. Solamente en los últimos cinco siglos, se estima que 200 barcos se extraviaron y 2.000 personas perdieron la vida entre Chukotka (en el extremo noreste de Rusia) y Groenlandia, desde Alaska hasta el mar de Barents.
Tal vez por ello, cuenta Javier Peláez en el primer capítulo de 500 años de frío. La gran aventura del Ártico (Crítica), durante los siglos XVIII y XIX los oficiales que viajaban a bordo de los navíos polares tenían un pequeño privilegio después de las comidas. Según una tradición marinera, si un marinero había cruzado el cabo de Hornos obtenía el derecho de poner una pierna encima de la mesa al acabar de cenar. Pero “si el marinero había navegado, además, por las peligrosas aguas del océano Ártico, entonces podía colocar las dos piernas”, escribe Peláez.
Los hiperbóreos de Heródoto
Según Heródoto, las gentes del Polo Norte eran hiperbóreas, un pueblo que residía al norte del viento del norte, en el punto más alejado del mundo griego. Allí hacía sol las veinticuatro horas. Hiper significa “más allá”, y boreas, “viento del norte”, en griego. En la mitología griega, Boreas era el dios que dominaba los vientos fríos del norte, un dios fuerte, colérico y con alas.
A juicio de Heródoto, nadie había conocido a un hiperbóreo y tampoco nadie había pisado Hiperbórea, el país donde habitaban en un estado de dicha, sin enfermedades ni sufrimientos. Se rumoreaba que los habitantes de este pueblo mitológico vivían mil años. Ahora bien, si alguien deseaba acortar ese período, se adornaba con guirnaldas y se arrojaba al mar desde una roca, recuerda la Enciclopedia Británica.

Heródoto también era de la opinión de que los hiperbóreos mantenían contactos esporádicos con las gentes del sur, pero que estos encuentros les habían decepcionado profundamente.
La Hiperbórea de Heródoto era, cuenta Erling Kagge en Más allá del Polo Norte (Taurus), un paraíso divino en el que sus pobladores vivían en completa paz y armonía. Mientras todos los países guerreaban entre sí en algún momento, Hiperbórea era la excepción: allí reinaba la paz eterna. “La cuestión es que durante largos periodos de la Antigüedad se generalizó la idea de que Hiperbórea era un país real, situado más allá de una cordillera montañosa, donde la gente era feliz todo el tiempo y vivía mil años. Incluso durante la Ilustración, Hiperbórea seguía apareciendo en la cima del globo terráqueo”, anota Kagge.
El viaje de Piteas
En el año 320 a. C., el astrónomo griego Piteas partió de Marsella, su ciudad natal, y viajó hacia el norte. Marsella se llamaba entonces Massalia y era una colonia de Grecia.
Nadie conoce las razones que llevaron a Piteas a viajar desde Marsella hacia el norte. Es posible que sus motivos fueran variados, caso de los de exploradores polares posteriores como el oficial naval inglés John Franklin. Este lideró los dos barcos, el His Majesty’s Ship Erebus y el HMS Terror, que desaparecieron sin dejar rastro cuando pretendían completar en 1845 la última parte de la ruta del Paso Noroeste, un corredor que conecta el océano Atlántico con el Pacífico.
Antes que Franklin, el holandés Willem Barents intentó hallar esta ruta a finales del siglo XVI, pero murió en 1597, después de quedar atrapado en el hielo. El mar por el que navegó lleva hoy su apellido y baña las costas del norte de Noruega, Rusia y la península de Kola.
El caso es que, a su regreso en el año 320 a. C., Piteas escribió un libro que tituló Sobre el océano (Peri Tou Okeanou), donde documentó sus peripecias por encima de Gran Bretaña. Piteas pudo haber llegado hasta unas islas exóticas llamadas Thule (probablemente las Feroe). Desafortunadamente, su tratado se extravió hace dos mil años, aunque sabemos de su travesía gracias a historiadores como Polibio y Plinio el Viejo.
Los griegos denominaron Ártico a la región de 14 millones de kilómetros cuadrados que corona el mundo en honor a Polaris, la estrella de la constelación de la Osa Menor a la que recurrían los marineros cuando sus embarcaciones ponían rumbo al norte. Árktos significa “oso” en griego. El otro extremo del globo recibió el nombre de Antártico, el “antioso”, una región sin osos.

Curiosamente, la Osa Mayor recibió el mismo nombre en Europa y América, y no precisamente por tener forma de plantígrado, sino por los osos polares que llegaban de vez en cuando desde Groenlandia navegando sobre placas de hielo a la deriva. Hoy se sabe con bastante seguridad que en 870 una primera hornada de vikingos alcanzó Islandia. Desde allí, Erik el Rojo consiguió llegar sobre el año 986 a un territorio al que llamó Groenlandia (Tierra Verde), pensando que lo agradable del nombre induciría a los colonos a seguirle.
Los mapas
Los mapas, las brújulas y los diarios de viaje han sido cruciales en la conquista del Ártico. Se considera que el artífice del primer mapamundi de la historia fue el astrónomo y cartógrafo griego Anaximandro (610-547 a. C). Sin embargo, el Polo Norte no estaba incluido. La primera vez que apareció fue gracias al cartógrafo y filósofo estoico Crates de Malos. En su globo terráqueo, Crates propuso que la Tierra tenía cuatro masas continentales separadas por vastos océanos, de las cuales solamente una era conocida por los griegos (Europa-Asia-Libia).
Dado que la esfera se extravió, se acepta que la primera ocasión en la que el Ártico figuró en un mapamundi fue cuando Ptolomeo de Alejandría (100-170), el cartógrafo y matemático egipcio, concluyó que estaba en lo más alto del hemisferio norte, utilizando para ello grados de longitud y latitud.
El mapa del Ártico que comenzó a utilizarse a finales del siglo XVI fue obra de Gerardus Mercator, un cartógrafo, geógrafo y matemático belga. En su proyección hay cuatro continentes representados como grandes islas. En el centro del mapa se ubica un remolino en el que se vierten los mares del Norte, una metáfora visual del misterio que suscitaban los campos magnéticos en el Renacimiento. En medio del Polo Norte se aprecia “una roca desnuda en medio del mar, compuesta en su totalidad por piedra magnética”, con la que pretendió explicar que las agujas imantadas de las brújulas apuntaran a un norte que variaba de posición.

Los años heroicos de las exploraciones polares
El primer explorador en preparar una travesía ex profeso al Polo Norte fue Robert Thorne, un cartógrafo y comerciante inglés que en 1527 envió una carta a Enrique VIII en la que le hizo saber que Inglaterra no podía aceptar el papel dominante de Portugal y España en el comercio mundial. Sin embargo, la tesis más extendida es que Thorne falleció repentinamente a la edad de 40 años antes de poder embarcarse en el Survivor, la nave que mandó construir en el sudeste de Inglaterra para llevar a buen puerto su epopeya.
Pasarían 26 años antes de que los ingleses lo intentaran de nuevo. Fue en 1553 cuando una expedición inglesa zarpó en busca del paso del Noroeste, entre el Polo Norte y la costa norte de Rusia. La financió una sociedad anónima recién fundada con un nombre de lo más descriptivo: Mystery and Company of Merchant Adventures for the Discovery of Regions, Dominions, Islands and Places Unknown.
Fue el pistoletazo de salida de la época heroica de la navegación, de las ambiciones imperiales y los sueños de progreso, pero también de la obsesión por encontrar el propio límite físico y mental, lo que llevó más de una vez a falsificar las gestas (como probablemente hicieron Robert Edwin Peary y su competidor Frederick Cook). Nombres como los de sir John Franklin, Fridtjof Nansen (quien en 1893 dejó que su barco, el Fram, quedará atrapado en el Ártico y consiguió que fuera desplazado por los bloques de hielo, hasta alcanzar una latitud de 86° 13’ N, la más septentrional alcanzada hasta aquella fecha), Roald Amundsen (conquistador de ambos polos), Elisha Kent, Isaac Hayes, Julius Payer, Charles Francis Hall, Karl Koldewey, Geor Nares, el barón Nils Adolf Erik Nordenskiöld, Frederick Jackson, William Ziegler, Umberto Nobile, Wally Herbert y tantos otros cuyas gestas siguen grabadas con letras de oro en el hielo.
Una epopeya que comenzó en el siglo XV y finalizó en el XX y que parece haber dado paso a una era en la que, mientras el hielo retrocede, las grandes potencias avanzan en sus reclamaciones. Empieza una etapa desconocida que podría hacer realidad el viejo sueño de Pedro I de Rusia, Pedro el Grande, de disponer de una nueva ruta marítima por el norte. De ser el caso, la canción que el hielo lleva susurrando millones de años probablemente dejará de escucharse, acallada por el ¡boooooo! De las bocinas antiniebla de los rompehielos y el chof-chof de los gigantescos petroleros que empiezan a profanar lo que durante millones años fue solo silencio.



