León XIII, el papa que también previno contra la extrema derecha
Contra los fundamentalismos
En 1882, el sector más integrista de la Iglesia española se llevó una reprimenda en forma de encíclica firmada por León XIII, que no contemporizaba con la funesta confusión entre religión y política

El papa León XIII en una instantánea de 1878
Los obispos españoles no pueden decir que no están advertidos. El papa León XIV, con la vista puesta en su futuro viaje a nuestro país, les ha comunicado su preocupación acerca del avance de la extrema derecha. No es la primera vez que un papa condena el radicalismo conservador. En 1882, León XIII publicó la encíclica Cum Multa, en la que condenó a los representantes más fundamentalistas del catolicismo hispano. ¿Qué le condujo a tomar esta decisión?
Seis años antes, España estrenaba una nueva Constitución. Con la monarquía de Alfonso XII, el país entraba en una época de estabilidad tras años de turbulencias políticas y guerras civiles. Los católicos reaccionaron ante el nuevo régimen con división de opiniones. Unos aceptaron colaborar, por convicción o pragmatismo. Otros lo rechazaron de plano, indignados con el establecimiento de una tolerancia religiosa que era, de hecho, bastante moderada. Los protestantes tendrían derecho a ejercer su culto, aunque solo en privado.
Desde la óptica de los ultramontanos, esta mínima concesión implicaba una especie de apocalipsis al acabar con la unidad religiosa de la nación. No valoraban en su justa medida hechos importantes como la designación del catolicismo como religión del Estado, o la forma en que el poder público se hizo cargo del presupuesto para el culto y el clero.

En Privilegio, persecución y profecía (Alianza Universidad, 1990), Frances Lannon señala que el arzobispo de Sevilla ordenó plegarias por la unidad católica. También preguntó si Jesucristo continuaría dominando las leyes y costumbres o tendría que enfrentarse al error y a la herejía.
Una misma fe
Los bandos católicos no formaban grupos uniformes. Los carlistas, derrotados en el último conflicto civil, se dividían en dos grandes bloques: los había que se consideraban primero católicos y después carlistas, mientras otros pensaban que solo se podía ser buen católico si se era carlista.
El caso es que gente que compartía la misma fe protagonizaba múltiples enfrentamientos internos, en los que proliferaban todo tipo de descalificaciones. Los que profesaban una ideología tildaban de herejes a los que defendían otros principios.
Las polémicas llegaron a tal extremo que León XIII se sintió obligado a intervenir. En 1882 publicó la encíclica Cum Multa, destinada a “procurar la concordia de espíritu entre los españoles”. El pontífice pedía a los católicos hispanos que permanecieran unidos para presentar batalla a las fuerzas anticlericales.

A su juicio, los creyentes debían evitar dos errores: desvincular la religión y la política e identificar la fe con un partido concreto, hasta el punto de negar que también fueran verdaderos cristianos los que seguían otros principios. Tanto unos como otros, llegado el caso, debían aparcar sus diferencias en bien de los “intereses católicos de la nación”. La Iglesia no condenaba los partidos, pero estos debían ajustarse a la justicia y a la religión.
Todo el mundo entendió que León XIII condenaba al sector más integrista de la Iglesia española por identificar el cristianismo con su particular ideología política. En los años siguientes, el papa continuaría en esta línea de moderado aperturismo. Pero, por lo que parece, en España se hizo poco caso de sus consejos. En 1883, el nuncio Rampolla pidió a los obispos que frenaran “la politización del clero, las organizaciones católicas y la prensa confesional”, tal como señala el historiador William J. Callahan en La Iglesia católica en España (Crítica, 2003).
El integrismo católico del siglo XIX no es igual a la extrema derecha actual, pero también representaba una opción ultraconservadora. Como su antecesor, del que ha tomado el nombre, León XIV se ha pronunciado públicamente contra el radicalismo de los que aseguran defender el cristianismo pero no hacen caso de los pronunciamientos de la jerarquía.
En nuestro país, eso se ha visto cuando la Conferencia Episcopal ha apoyado la regularización de miles de inmigrantes, algo que determinados partidos consideran intolerable. Así, el actual Santo Padre, sensible a los problemas sociales, establece una línea de continuidad con su inmediato predecesor, Francisco. Una vez más, se rompe el viejo prejuicio que identifica, sin más, la fe religiosa con la derecha política.

