María José Rubio, historiadora y escritora: “Incluso el arte y el amor son armas políticas”
Entrevista
Ocho años antes de que Napoleón sentara en el trono a su hermano José, otro Bonaparte, Luciano, medraba en la corte española. De su romance con la marquesa de Santa Cruz trata la última novela de María José Rubio

María José Rubio
Mientras los tambores de guerra de Napoleón retumban por media Europa, llega a España en 1800, como embajador, su hermano pequeño, Luciano, un personaje que ha pasado inadvertido y que la historiadora y escritora María José Rubio se ha encargado de rescatar en La marquesa y Bonaparte (Planeta).
Luciano es un hombre de ideales revolucionarios, que chocarán con el absolutismo imperante en la Península. Pero, mientras decide si servir a su patria, a su hermano o a él mismo, se cruzará en su camino Mariana de Waldstein, la marquesa de Santa Cruz, una mujer adelantada a su tiempo, que fue pintora, académica y no dudó en “vivir sin pedir permiso”.
Testigos de este romance serán Goya, Godoy, los reyes María Luisa de Parma y Carlos IV, unas cuantas obras de arte expoliadas y un mundo que ha cambiado, aunque sus gobernantes se niegan a aceptarlo.
Uno de los protagonistas de su novela es Luciano Bonaparte, el hermano menor de Napoleón —que llega a Madrid en 1800 como embajador de Francia—, mucho más intelectual que su hermano, que cuestiona los planes de este. ¿Cómo fue el reto de construir a este Bonaparte díscolo, que se debate entre su deber político y sus propios deseos?
Darle vida y brillo a la personalidad de Luciano Bonaparte ha sido uno de los grandes retos de esta novela, que se sustenta en la potencia de sus personajes. Luciano fue el díscolo, el desobediente al autoritarismo de su hermano mayor, el intelectual, el filósofo, el escritor… y, al mismo tiempo, fue el primer Bonaparte que pisó España, siendo el más desconocido para nosotros. Este hecho añadía un interés extraordinario a la novela. El debate que Luciano suscita en la trama entre el deber de Estado,y las ambiciones y deseos personales es uno de los grandes dilemas morales que plantea el relato, que resuena en el ejercicio del poder de entonces, y de ahora.

¿Cómo ha sido el proceso de documentación para la creación de este personaje?
Empatizar de lleno con su personalidad ha sido posible gracias al intenso trabajo de investigación previo a la novela, la lectura de mucha bibliografía antigua y moderna sobre el personaje, y una búsqueda de su rastro en archivos y museos de Europa.
La gran protagonista es Mariana de Waldstein, la marquesa de Santa Cruz. Un personaje real, de origen austriaco, pintora, académica y con ideas ilustradas, atrapada en un matrimonio sin pasión. ¿Cree que su relación con Luciano fue un arrebato romántico o, en el fondo, una forma de rebeldía hacia una sociedad que la ahogaba?
Mariana de Waldstein debió de ser una mujer con un sentido valiente y pasional. Ella admiró al hombre “revolucionario, jacobino, napoleónico” que se presentaba en Madrid como un vendaval de modernidad; y él admiró sin duda en ella -como lo hizo Napoleón con su esposa Josefina- el hecho de que fuera una mujer madura, aristócrata, culta, elegante, audaz, que podía enseñarle a moverse en esa alta sociedad a la que los Bonaparte aspiraban a llegar.
¿Cómo de escandalosa fue la relación de la marquesa con Luciano?
Para Mariana de Waldstein, Luciano no fue ni siquiera su primer amante. Ya lo habían sido otros extranjeros ilustres en Madrid, como el escritor William Beckford -pionero de la novela gótica- y Ferdinand Guillemardet, también embajador de Francia. La marquesa de Santa Cruz valoró siempre su rebelde libertad por encima del escándalo, y lo hizo con extraordinaria personalidad y elegancia.

¿Era el amor en la época un arma política?
Esta novela se sustenta en tres pilares: el poder, el arte y el amor, y los tres forman parte de una estrategia de intriga política indisoluble. Incluso el arte y el amor son armas políticas.
¿Qué podemos aprender en la actualidad de las mujeres de principios del XIX que aparecen en su novela?
Fueron mujeres que abrieron grietas en muchos tópicos y lo hicieron poniendo el foco en la Educación y la Cultura, como los mejores recursos para hacerse respetar en una sociedad de hombres y lograr un mayor bienestar social a través de la elevación intelectual de la mujer. Fueron audaces pioneras en muchos campos, como se demuestra en el caso de Mariana de Waldstein, pintora, una de las primeras académicas de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando; y una de las primeras aristócratas en amamantar a sus hijos, para escándalo de la corte, siguiendo los dictados ilustrados de Rousseau y los consejos médicos entonces más vanguardistas. Curiosamente, los logros de estas mujeres fueron luego soterrados por el siglo XIX, que fue más pacato en muchos sentidos.
De todas las obras de arte expoliadas en esa época que menciona en el libro, si pudiera 'robar' (o conseguir que le regalaran) una sola para el salón de su casa, ¿cuál sería y por qué?
Sin duda el cuadro clave de la trama de la novela: La dama del abanico, de Diego Velázquez, una de sus obras más bellas. El rastreo de ese cuadro, que Luciano Bonaparte debió de comprar en Madrid, me ha llevado a varios viajes a Londres para contemplarlo, pues se conserva en la Wallace Collection londinense. Ese cuadro es el icono sorpresivo de la trama de la novela.

También, por supuesto, la Maja desnuda de Goya, que tan misteriosamente aparece en la novela, y de la cual yo descubrí una asombrosa copia que Luciano Bonaparte encargó a su regreso a Francia, retratando en la misma pose a su entonces amante, Alexandrine de Bleschamp, y a sí mismo contemplándola. Este cuadro fue la prueba de fuego para demostrarme que Luciano había conocido de primera mano el gabinete secreto de pinturas que Manuel Godoy tenía en su palacio, y que su intención fue siempre imitar a este político hecho a sí mismo, como él.
Es imposible hablar de la España de 1800 sin mencionar a Manuel Godoy, el Príncipe de la Paz. Él era el valido, el hombre que gobernaba el país desde la sombra gracias a la confianza que depositaron en él los reyes Carlos IV y María Luisa de Parma. La historia a menudo lo ha tachado de arribista y de corrupto. ¿Fue Godoy un buen político de su tiempo o el mayor de los oportunistas?
Probablemente ambas cosas. Creo que nadie llega a ser un buen político si no aprovecha bien sus oportunidades. Le tocó gobernar en uno de los momentos más convulsos de la historia de Europa, tras la Revolución francesa y el ascenso imparable de Napoleón Bonaparte. Godoy tuvo que ejercer la política de una manera audaz y extenuante, siempre vigilante tanto del peligro externo como del peligro interno, que fue el odio de los aristócratas españoles hacia este ambicioso arribista que había cautivado por completo la voluntad de los reyes Carlos IV y María Luisa, quienes lo consideraban su único leal amigo. Un personaje fascinante, sin duda.
¿Un arribista que se reconocerá en otro arribista?
La novela tiene otro gran puntal con la apasionante amistad entre Godoy y Luciano Bonaparte, dos arribistas por igual, con iguales ambiciones de ser alguien, ascender y enriquecerse, que tomaron grandes decisiones de geoestrategia europea en sus conversaciones de salón en ese Madrid de 1800, como refleja la novela. Eran dos iguales, que conversaron de tú a tú. Los dos fueron villanos y héroes por igual.
En la novela aparece Goya, que imprime a escondidas los tenebrosos Caprichos en una buhardilla de la embajada francesa, hace caricaturas de los personajes que acuden a los salones y suelta frases como: “Yo retrato lo que veo. Y en esta ciudad hay más monstruos que santos”. ¿En qué momento vital estaba el pintor en 1800?
Goya es un personaje secundario que da el contrapunto a la novela: su mirada ácida e irónica nos sirve de espejo a lo que el propio Luciano Bonaparte se encuentra en esa corte de Carlos IV. El dato histórico de que los Caprichos pudieron imprimirse con cierta ayuda de la embajada francesa me pareció fascinante y venía muy al caso de la propia trama de la novela.

¿Qué papel desempeña Goya en la novela?
Él contribuye de manera decisiva a nuestro conocimiento de Mariana de Waldstein y al descubrimiento de la parte artística de la novela. Goya estaba entonces en el apogeo de su carrera oficial como primer pintor de cámara del rey. Ese mismo año de la novela acababa de pintar La familia de Carlos IV, un cuadro monumental. Y también La maja desnuda, para Manuel Godoy, que parte de la historiografía reconoce como un retrato de Pepita Tudó, su amante. De igual manera, acababa de salir a la calle la primera serie de grabados, los Caprichos, que tantos quebraderos de cabeza y censura le trajeron. Se puede decir que Goya, en 1800, vive en la corte, pero pinta ya desde el abismo de su mirada crítica a una sociedad decadente.
¿Cómo se imagina a Pepita Tudó?
Pepita debió de ser una mujer fascinante, hermosa y audaz, convertida desde muy joven en la amante oculta de Godoy, quien se ocupó de su bienestar y el de su familia. No en vano su padre, Antonio Tudó, fue intendente del Real Sitio del Buen Retiro, algo que también forma parte de una escena clave de la novela. Pepita fue fiel y leal a Godoy hasta el fin de sus días y le dio dos hijos varones. En 1807 recibió el título de condesa de Castillo Fiel. Marchó con Godoy al exilio, en 1808, aunque no pudieron casarse oficialmente hasta 1829, en Roma.

¿Qué cree que opinaría Goya de la política actual?
Tendría la misma mirada crítica sobre la política actual. Sin duda habría tenido material e inspiración para su mejor serie de los Caprichos del siglo XXI.
¿Cuál era la relación entre Godoy y Goya? ¿Se caían bien o simplemente se utilizaban por interés?
No sabemos si se caían bien, pero sabemos por los hechos que ambos se necesitaban. Quizás, más que amigos, fueron aliados. Goya fue un artista muy inteligente en la gestión de su carrera artística; ascendió en la corte bajo el gobierno de Godoy. De igual manera, Godoy supo utilizar el arte como un instrumento de poder, imagen y prestigio. Goya le hizo, por encargo, algunos cuadros magistrales como las propias Maja desnuda y Maja vestida, o el retrato de Godoy como generalísimo en la guerra de las Naranjas, en 1801, ambos precisamente presentes en la trama de la novela. Creo que fue una alianza estratégica, de afinidad pragmática y quizás no tanto ideológica.
A menudo se ha insinuado una relación íntima entre María Luisa de Parma y Godoy, por la que el libro planea. ¿Se imagina cómo pudo ser este romance?
Este es otro de los temas recurrentes de la historia del reinado y la corte de Carlos IV. La novela pasa por ello de puntillas, como un rumor más o menos fundamentado en la historiografía. Aunque no es menos cierto que ese rumor fue instrumentalizado en su tiempo para atacar a la parte más débil de la Corona: la reina. El mismo esquema triangular de “rey inútil y atontado, reina intrigante y promiscua, valido dominante y amante de la reina” fue utilizado contra otras soberanas contemporáneas: María Antonieta de Francia, María Carolina de Nápoles y María Luisa de Parma, reina de España. Quizás un tópico bien armado y exagerado en ambientes revolucionarios y republicanos para atacar a las monarquías del Antiguo Régimen. La historiografía actual tiende a revisar este tópico con otra mirada más objetiva.

Los reyes Carlos IV y María Luisa de Parma suelen ser tratados con dureza por la historia, mostrándolos como títeres de Godoy que vendieron España a Napoleón. Tras tu investigación, ¿has llegado a sentir cierta compasión por ellos o crees que se ganaron a pulso su denostada reputación histórica?
Yo tiendo a sentir una particular compasión por ellos, no exenta de críticas. Son personas que heredan una forma de vivir, de ser soberanos, de gobernar, anclada en siglos y siglos de comportamiento heredado. La Revolución francesa supuso una conmoción inesperada para ellos, difícil de digerir y de manejar; un momento de “antes y después” en la historia universal, para el que no estaban preparados. Ni se les habría pasado por la imaginación que el pueblo pudiera guillotinar a un rey. El desconcierto y el miedo a lo que podría venir de las ideas revolucionarias de Francia pudo ser paralizante. De ahí quizás sus torpezas al negociar con el temido y admirado Napoleón. Y el preferir salvar la vida y marchar al exilio en 1808, que seguir batallando contra unas fuerzas políticas que ya ni siquiera entendían ni eran de su tiempo.
Ya había ahondado en la vida de María Luisa de Parma en obras anteriores. ¿Qué tipo de reina y de mujer fue?
Astuta, ciertamente interesada en política e intrigante, al estilo de todas las reinas del siglo XVIII en España, que suplieron con su personalidad la debilidad de sus esposos (salvo Carlos III). Aunque María Luisa tuvo menos altura como mujer de estado que sus antecesoras, María Luisa Gabriela de Saboya, Isabel de Farnesio o Bárbara de Braganza. Eso sí, fue una mujer de gusto estético exquisito, a la que se deben algunas de las decoraciones más refinadas de los sitios reales en su tiempo.

Napoleón forzó a España a entrar en la llamada guerra de las Naranjas contra Portugal. En el libro vemos cómo este conflicto se convierte en un pulso de egos entre Godoy y Luciano. ¿Es más difícil narrar las batallas en los despachos aterciopelados que a cañonazos en el barro?
Sin duda más difícil, sí, porque la batalla en los despachos aterciopelados es una batalla de intelectos, astucia, agudeza de palabra, capacidad de oratoria, convicción y hasta seducción personal. Diálogos que cobran sentido en lo que se dice y en lo que se oculta; lo dicho y lo no dicho. Sin duda esa batalla es mucho más interesante que la de los cañonazos, y exige un profundo conocimiento de los personajes para que sus diálogos, que se presentan con la agudeza de una partida de ajedrez, sean verosímiles y coherentes con los hechos históricos. Ha sido uno de los grandes retos de la novela.
Le damos un billete de ida al Madrid de 1801, pero solo por 24 horas. ¿Adónde se dirigiría usted en primer lugar?
Al palacio de Manuel Godoy, sin duda. Me habría gustado estar presente en esas conversaciones entre Godoy y Luciano Bonaparte; y en esas visitas que sin duda hicieron juntos al gabinete secreto de pinturas, en el que Godoy escondía, en exclusiva para sí, las venus de Tiziano y de Velázquez, junto a las majas de Goya. ¿Qué se debieron decir mutuamente estos dos hombres que supieron forjarse ellos mismos un destino como personajes de la historia? Tuvieron en sus manos la geopolítica de Europa y quizás la decidieron contemplando la belleza, con mayúscula, de esos cuadros de desnudo femenino. Esta novela, entre otras cosas, es un homenaje a ellos.






