El origen de la Revolución Francesa
Entre libros
Robert Darnton analiza en El temperamento revolucionario las

Toma de la Bastilla, obra en el Museo Carnavalet de París.
Sería tentador suponer que la Revolución francesa fue una chispa que prendió el 14 de julio de 1789 con la toma de la Bastilla. En realidad, todos los procesos históricos relevantes hunden sus raíces en el largo plazo. En El temperamento revolucionario, el historiador estadounidense Robert Darnton analiza cómo se configuró una mentalidad subversiva en el París ilustrado a lo largo de varias décadas.
Su propuesta es un deslumbrante ejercicio de historia cultural basado en fuentes que expresan el estado emocional de la multitud. Como las canciones callejeras o las gacetas clandestinas. A su vez, los informes policíacos nos cuentan lo que se hablaba en los cafés. El autor explora cómo la gente percibía los acontecimientos.
Filosofía y rumores
Los parisinos, según Darnton, tenían conciencia de vivir en la época de los filósofos. A su juicio, las nuevas ideas de tolerancia, libertad e igualdad, de la mano de figuras como Voltaire o Rousseau, resultaron esenciales al desafiar los privilegios de la élite. La monarquía absoluta, entretanto, se mostraba tolerante con los principios heterodoxos.
Por otro lado, las crisis de subsistencias encendieron el descontento político. Cuando se incrementaba el precio del pan, el pueblo manifestaba su disconformidad mediante disturbios callejeros. Luis XV, con su comportamiento irresponsable, no contribuyó a serenar los ánimos. Muchos franceses le reprochaban el despilfarro de su vida privada, siempre entregado a multitud de amantes. Algunas, como la marquesa de Pompadour, llegaron a ejercer un protagonismo político.
La rumorología, lo que ahora denominaríamos fake news, configuró también a su manera un clima crítico con todo lo establecido. En 1750, algunos hijos de burgueses no regresaron a sus hogares. La muchedumbre dio por supuesto que los había secuestrado la policía y, durante unas horas, se hizo con el control de la capital.
Todo este cúmulo de factores habría hecho posible el surgimiento de un “temperamento revolucionario” que se componía de diversos factores, como el odio al despotismo, la fe en el poder de la racionalidad o el compromiso con la nación. Eso propició que los franceses, a partir de 1789, estuvieran dispuestos a destruir el viejo mundo y a sustituirlo por uno nuevo. La burguesía reemplazó entonces a la nobleza y el capitalismo tomó el lugar del viejo feudalismo. La gente corriente ya no tenía que limitarse a sufrir la historia: también podía hacerla.
Su carácter es revolucionario* (28
Robert Darnton
Madrid: Taurus, 2025
630 pp. 37,90 € (papel) / 18,04 (digital)
