Internacional

Los fantasmas de Praga

Historias del mundo

La capital checa pasó página hace tiempo al nazismo y el comunismo, pero las huellas de la historia están por todas partes

Reloj Astronómico de Praga 

Reloj Astronómico de Praga 

Miguel Torres / @maikel

Praga está considerada como una de las ciudades más pintorescas y con mejor calidad de vida del mundo, pero no es apta para quienes tengan miedo a los fantasmas. Los hay del nazismo, del comunismo y del Holocausto, y por el empedrado de sus calles medievales y las paredes de sus edificios se asoman los de Reinhard Heydrich (número tres en la estruc­tura de mando de Hitler), sus asesinos Josef Gabcik y Jan Kubis; Stalin, Alexander Dubcek... Y eso dando por hecho que los de Franz Kafka, los compositores Dvorák y Smetana y otros personajes de la cultura descansan tranquilos y prefieren no dejarse ver.

La pequeña isleta de tráfico en un cruce de autopistas en el distrito 8, donde en mayo de 1942 ocurrió el atentado que acabó con la vida de Heydrich, apenas merece mención en las guías turísticas. “Solo conozco dos o tres personas que se hayan interesado por el ­lugar”, dice Manel, recepcionista catalán de un hotel. Muy pocos de los 1,4 millones de habitantes de la ciudad habían nacido entonces.

Un monolito de hierro con una escultura en lo alto y un panel explicativo al lado marca la curva de la carretera en la que Gabcik y Kubis, un checo y un eslovaco que habían recibido entrenamiento en Escocia (el gobierno en el exilio de Edvard Benes tenía su sede en Londres y reconocimiento diplomático del Reino Unido), emboscaron el Mercedes descapotable en el que viajaba de su casa al aeropuerto el gobernador en funciones del Protectorado de Bohemia y Moravia y máximo responsable de las fuerzas de seguridad del Tercer Reich, incluida la Gestapo.

Sus habitantes son muy reservados, detestan la burocracia, desconfían del Estado y adoran la cerveza

El paso subterráneo, allí donde acaba Praga y una zona sin ningún interés turístico, solo lleva a la isleta peatonal, y una mañana de abril no hay nadie. De hecho, el monolito se erigió con la idea de que pasara inadvertido a quines no fueran expresamente a visitarlo, para que los conductores no se distrajeran y hubiera accidentes de tráfico. Fue el asesinato más notorio de un dirigente nazi, con diferencia. A los patriotas checos se les atascó el fusil con el que pensaban dispararle, pero arrojaron al vehículo una granada de mano que llenó de esquirlas de la carrocería del Mercedes el cuerpo de Heydrich. El atentado se produjo al lado mismo del hospital de Bulovka (que todavía existe), donde fue ingresado y falleció de sepsis al cabo de una semana.

Los fantasmas de Gabcik y Kubis, y los de otros agentes que ayudaron a planear la operación, se aparecen a unos kilómetros de distancia, en la iglesia ortodoxa de San Cirilo y San Metodio, en el distrito 2, donde se escondieron y se suicidaron tras ser traicionados por Karel Curda, un compañero, y el edificio rodeado por 800 soldados. Una placa lo recuerda.

Raymundo, el camarero mexicano del restaurante argentino Gran Fierro, no se ha encontrado nunca con los fantasmas, y eso que está a la vuelta de la esquina. “Aquí hay buena calidad de vida, con tres mil euros se vive bien, pero el frío en invierno es insoportable y los checos son bastante secos y uno hasta pensaría que los extranjeros (hay 345.000) no les gustan demasiado, aunque creo que lo pasa es que no saben cómo tratarnos y se sienten inseguros”. Manel, el recepcionista catalán, refrenda esa sensación y dice que sus vecinos apenas lo saludan con un movimiento de cabeza y evitan hablarle aunque monte una fiesta y haga ruido. Pero dice que gana más de lo que ganaría en España, y tiene un estudio con un alquiler muy asequible y al que puede ir en tranvía (el transporte público es muy bueno). Piensa quedarse.

Fantasmas por doquier, como en el palacio de Petschek, un edi­ficio neoclásico frente a la Ópera Estatal que fue el cuartel general de la Gestapo y en cuyas celdas fueron torturados y ejecutados cientos de checos tras el asesinato de Heydrich, el carnicero de Praga . La venganza fue terrible y Berlín ordenó la muerte de cinco mil personas. O en el cementerio judío de la Ciudad Vieja, preservado porque Hitler tuvo el plan de convertirlo en un “Museo de la extinción de una raza” (de las casi cien mil personas de esa cultura que había antes de la guerra, la mayoría fueron exterminadas, y en 1946 solo quedaban diez mil).

El fantasma de Stalin está en el parque Letná, donde estuvo la mayor escultura grupal del mundo, de 15 metros de altura y 22 de largo, construida con 235 bloques enormes de granito, sobre un pedestal de hormigón. En 1962, con la desestalinización de la era ­Jruschov, fue demolida con 800 kilos de explosivos, y el refugio subterráneo que tenía debajo, reciclado primero como estudio de una emisora pirata y luego como una discoteca rock en los noventa. Hoy es uno de los lugares favoritos para patinar.

El fantasma del líder político de la primavera de Praga, Alexander Dubcek, se asoma todavía a saludar de vez en cuando desde la ventana del edificio Melantrich de la plaza de San Wenceslao (ocupada por los tanques soviéticos durante la invasión de 1968), ahora unos grandes almacenes Marks & Spencer, símbolo de cómo han cambiado las cosas.

“Los habitantes de Praga son reservados –resume Manel–. Les gusta la cerveza, desconfían del Estado y detestan la burocracia. Un 40% se declaran ateos, y los fantasmas no les asustan”.

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