Los surcoreanos escogen presidente este martes con ganas de poner fin a la convulsión política de los últimos seis meses. Las elecciones se celebran con dos años de antelación, tras la inhabilitación a medio mandato del golpista Yoon Suk Yeol. Salvo sorpresa, estos comicios deberían devolver al Partido Democrático de Corea al poder, tras un interludio de tres años. Su candidato vuelve a ser Lee Jae Myung, que en 2022 perdió por muy estrecho margen ante el exfiscal general del Estado, el ya citado Yoon. Alguien que mandó a las fuerzas de élite a tomar el Parlamento, frustrado por la mayoría de bloqueo de la oposición.
El candidato del Partido Democrático, Lee Jae Myung, este martes a su llegado al mitin final en Seúl, encabeza las encuestas con claridad (Lee Jin-man / Ap-LaPresse)
En Corea del Sur las campaña duran hasta el filo de la medianoche y a las seis de la mañana abren las urnas. De hecho, más de tres mil abrieron ya el jueves y el viernes para el voto anticipado, con una participación dos puntos por debajo de la última convocatoria.
En este último día de mítines, los candidatos de los distintos partidos -por primera vez desde 2007, todos hombres- se han desplazado a algún lugar simbólico, antes de converger en Seúl. Lee ha estado en la vecina provincia de Gyeonggi, la más poblada, de la que fue gobernador. Como también lo fue su único rival serio, Kim Moon Soo, del derechista Partido del Poder Popular, aunque este deba su candidatura a haber sido el único ministro de Yoon -de Trabajo- que no repudió su recurso a la ley marcial. Algo por lo que ahora pide disculpas.
Segundo intento
Lee Jae Myung dice que Corea elige este martes “entre democracia y dictadura”
Lee ha terminado las tres semanas de campaña en el parque de Yeouido, cercano al Parlamento, donde cientos de miles de personas se manifestaron durante días y noches para forzar la salida del presidente Yoon, por despertar los fantasmas de la dictadura.
Aunque una parte de la derecha coreana se siente avergonzada por aquellos hechos, su Partido del Poder Popular, en lugar de distanciarse, ha nominado al candidato más conservador que tenía a mano, Kim Moon Soo. Este, lejos de simbolizar una renovación -a los 73, es doce años más viejo que Lee y nueve mayor que el propio Yoon- encarna el encastillamiento de la derecha coreana. Hasta el punto de que le ha salido una alternativa neoliberal, que le afea los tics autoritarios pero que retoma el antifeminismo que tan bien le funcionó a Yoon Suk Yeol en las pasadas elecciones.
La expresidenta inhabilitada Park Geun Hye en Ulsan, sudeste de Corea y feudo conservador, ha pedido hoy el voto para su correligionario Kim Moon Soo
Esa fuerza que dividirá el voto de la derecha es el Partido Reformista, con el naranja como color simbólico y un líder relativamente fotogénico y joven, Lee Jun Seok, que ha podido presentarse por los pelos, ya que cumplió hace solo dos meses los 40 años preceptivos.
Aunque el presidente interino y primer ministro saliente, Han Duck Soo, exembajador en Washington, se ofreció para encarnar una opción más moderada y tecnocrática, tuvo que dar marcha atrás. Una minoría estridente, movilizada por ciertas iglesias evangélicas, asociaciones de veteranos de la guerra de Vietnam y youtubers ultras, que apoyaron a muerte al defenestrado Yoon Suk Yeol, ha logrado el enroque de la derecha. Sin embargo, Ramón Pacheco Pardo, autor de dos libros recientes sobre historia coreana contemporánea considera que “hay polarización de los mensajes, pero mucho menos de las políticas”. El crecimiento económico, en clave tecnológica, sigue conformando el consenso surcoreano.
La capitalista República de Corea –que es la mitad más poblada pero menos extensa de la nación coreana- nunca fue un balneario. La República Democrática Popular de Corea todavía dista más de serlo. Antes de que Corea del Sur lograra sus actuales cotas de bienestar –inimaginables en Pyongyang fuera de los barrios de la nomenclatura- la dictadura militar gobernó con mano de hierro, con episodios de represión sangrienta hasta principios de los ochenta, recreados por la última Nobel de Literatura, Han Kang.
Concentraciones en diciembre
El mitin final de Lee Jae Myung en Seúl ha sido en el parque que forzó la salida de Yoon
En un gesto sensible, el derechista Kim Moon Soo quiso estar hoy en la isla de Jeju para presentar sus respetos en el Parque de la Paz, dedicado a los miles de izquierdistas asesinados entre 1947 y 1948. Cerrará en todo caso la campaña en Gangnam, el barrio pijo de Seúl que se hizo mundialmente famoso gracias a Psy y su pegadizo Gangnam style.
Desde entonces, la presencia de la ola cultural coreana -grupos K-pop de chicos o chicas, series y hasta gastronomía- se ha disparado en el mundo. No es poco en un país que en 1960, salido de la posguerra, tenía el mismo nivel de vida que India o Pakistán y que empezó confeccionando camisetas. Pero hoy, el país de Kia, Hyunday y Samsung -y de sus contenidos digitales- es una sociedad que teme haber tocado techo, como Japón treinta años antes.
Desde el punto de vista demográfico, con 0,68 hijos por mujer, es todavía peor que eso. Corea del Sur se enfrenta a un rápido declive, en las próximas décadas, agravado por la tasa de suicidio más alta del mundo. La reunificación podría ser un parche, pero hoy está más lejos que en cualquier momento de los últimos veinticinco años.
Kim Moon Soo, candidato del derechista Partido del Poder Popular, ha tenido un gesto conciliador desplazándose a la isla de Jeju en el último día de campaña para presentar sus respetos a los miles de izquierdistas asesinados en la insurrección de 1948-49
En sus últimos mítines, el candidato Lee ha puesto énfasis en combatir el empobrecimiento de las clases asalariadas, pero a diferencia de hace tres años, no ha hablado para nada de promover una renta mínima universal, pronunciándose en cambio a favor de los pequeños empresarios y en contra de la carestía. Incluso ha rechazado la etiqueta progresista o de centroizquierda, declarándose “conservador”, frente al Partido del Poder Popular y su “deriva golpista”. “La República de Corea está en una encrucijada histórica”, afirma Lee. “O se consolidada como república democrática o vuelve a la dictadura”. Afirmaciones que parecían fuera de lugar, como sus avisos sobre los planes autoritarios de Yoon Suk Yeol, hasta que este último los corroboró con sus actos.
El partido en el poder falló, pero las instituciones no. Corea del Sur ha recorrido un largo camino democratizador desde los Juegos de Seúl de 1988. Esa senda, tal como se demostró con la respuesta institucional y popular de hace seis meses, parece irreversible. El servicio militar en Corea del Sur es obligatorio y prolongado, pero a los soldados se les instruye para no obedecer órdenes contrarias al ordenamiento jurídico. El escaso celo de los comandos especiales, enviados aquella fría noche de diciembre a asaltar el parlamento, así lo demuestra.
Sin embargo, la extemporánea ley marcial, aunque rápidamente frustrada, dejaba abollada la imagen internacional de Corea del Sur. Aunque su vitalidad política -frente a la apatía política de Japón- inyectaba optimismo, sobre todo por el carácter intergeneracional e interclasista de sus gigantescas manifestaciones en defensa de la democracia, con una numerosa presencia de jóvenes y de mujeres.
El caso es que, en un momento crítico para las economías exportadoras, Corea del Sur no ha tenido una cabeza visible. EE.UU., que mantiene una nutrida presencia militar en la península de Corea, lleva seis meses sin interlocutor en Seúl. Estar por debajo del radar de Trump no es mala estrategia de supervivencia, pero Corea del Sur se juega su prosperidad. Y no solo por sus exportaciones directas (que Trump quería castigar, inicialmente, con un gravamen del 25%). La mitad de los teléfonos Samsung se producen en Vietnam, país todavía más amenazado por el órdago arancelario estadounidense, ahora en suspenso.
El favorito del Partido Democrático, que fue acuchillado a principios del año pasado, circula con chaleco antibalas. En la foto, su mitin detrás de cristales antibalas, hoy en Seúl
“Lee no quiere ser presidente, quiere ser un monarca blindado”, replica su rival, Kim Moon Soon, con dudoso gusto, ya que el político centrista fue efectivamente acuchillado en el cuello en enero del año pasado y se enfrenta además a una persecución implacable por parte de la fiscalía, jaleada en las redes sociales.
Este mismo martes, cuando se cierren las urnas a las ocho, hora local, se difundirán sondeos a pie de urna y antes de medianoche debería conocerse el ganador. Será, en cualquier caso, el más votado, en una única vuelta. El mismo miércoles al mediodía, este será declarado ganador y tomará posesión ante el Parlamento. Al estar vacante la jefatura del Estado, no habrá una transición de dos meses, sino que el nuevo presidente se trasladará de inmediato a la sede de Presidencia. Esta fue trasladada por Yoon Suk Yeol al entorno del ministerio de Defensa, pero Lee ya ha dicho que en caso de victoria la devolverá a la histórica Casa Azul.
Hoy mismo, las siderúrgicas coreanas (POSCO, Hyunday Steel) se han dejado entre un 3% y un 8% en bolsa, tras el anuncio por parte del presidente estadounidense Donald Trump de un segundo arancel al acero, hasta el 50%. Corea del Sur no puede perder más tiempo.
Más dura será la caída
Yoon hundió a la derecha coreana, luego la resucitó y ahora le da el golpe de gracia
El pasado fin de semana la expresidenta Park Geung Hye, hija del general Park (dictador desarrollista que terminó asesinado por su propio jefe de inteligencia) pidió el voto para el candidato derechista del Partido del Poder Popular, Kim Moon So. Poco antes lo había hecho el fiscal que tanto contribuyó a la destitución y encarcelamiento de aquella, Yoon Suk Yeol. No ya como fiscal, sino también como presidente destituido y procesado. Un giro del destino impropio de un político. Pero el letrado Yoon Suk Yeol nunca lo fue.
El hombre que hundió a Park y con ella a la derecha -ganándose la promoción a Fiscal General del Estado por parte del presidente progresista Mun Jae In, que hoy se arrepiente- sería luego el improbable candidato derechista de 2022. Cuando todo parecía perdido para el Partido del Poder Popular, al que se adhirió, le entregó en bandeja la jefatura de Estado. Como inesperado presidente, estrechó las relaciones políticas y militares con Japón -pese a la reticencia popular- y Estados Unidos, rebajándolas a su vez con China y reduciéndolas a cero con Corea del Norte. Todo parecía un voluntarioso ejercicio de atlantismo en el océano equivocado, hasta que su declaración de ley marcial degradó la confianza e hizo saltar las máscaras.
Su inopinada medida de excepción fue rápidamente invalidada por el Parlamento y derogada. Unos días después, una mayoría de dos tercios le destituía por presunta insurrección -su procesamiento penal sigue adelante- y empezaba un rosario de presidentes interinos, así como un nuevo juego del gato y el ratón. Pero ahora con Yoon en el papel del roedor, con un pulso a las autoridades desde el atrincheramiento en zona castrense. Hasta su detención, jaleada por manifestaciones y contramanifestaciones, de notable civismo, excepto la vandalización de un juzgado por partidarios de Yoon. Procesamiento, privación de libertad, libertad bajo fianza y, finalmente, defenestración definitiva por una mayoría absoluta del Tribunal Constitucional. A lo largo de todo el periplo, los vaivenes del Partido del Poder Popular mostraron un marcado instinto de conservación pero escasos escrúpulos democráticos.
Solo faltaba que, en uno de los debates televisados, Kim Moon Soo se mostrara partidario de seguir los pasos de Corea del Norte. O dicho de otro modo, de contar con una bomba atómica surcoreana. Eso sí, “siempre que sea compatible con la alianza con Estados Unidos”. Pero este fin de semana, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, en los diálogos Shangri-La, en Singapur, solo tuvo palabras -de máxima rivalidad- para China. Ni un reproche, ni un elogio, ni un mensaje para Seúl, más allá de ese. En realidad, los que no pierden detalle sobre lo que se cuece en Corea -mientras a Trump no le dé por volver a entrevistarse con el norcoreano Kim Jong Un- son China y Japón. Por motivos históricos, el enemigo más cordial y el amigo más detestado del sur de Corea. Mientras tanto, el Partido del Poder Popular le ruega a Yoon Suk Yeol -que ya entregó el carnet- que se abstenga de apoyarlos públicamente, para no perjudicar sus expectativas de voto.