Trump y Zelenski jugaron ayer la carta del optimismo durante su encuentro en Mar-a-Lago, la mansión de Palm Beach que funciona como una off White House , pero no revelaron ningún avance en las negociaciones. La cuestión territorial sigue siendo un escollo, por ahora, insuperable.
Trump reconoció a Zelenski en Mar-a-Lago que “la negociación es muy compleja”, aunque añadió un ambiguo “pero tampoco tanto”.
Rusia y Ucrania dicen que están preparadas para la paz, pero es para calmar al presidente estadounidense. Ni Putin ni Zelenski quieren hacer concesiones territoriales y, por lo tanto, no hay espacio para una negociación genuina.
Donald Trump se dio “unas cuantas semanas” para ver si las negociaciones avanzan, aunque reconoció que también “pueden ir mal”. En todo caso, considera que “estamos más cerca que nunca” de un acuerdo.
La retórica suplió a la falta de detalles sobre las negociaciones. “Los pueblos de Rusia y Ucrania quieren la paz. Los dos líderes quieren acabar la guerra”, reiteró Trump.
Moscú y Kyiv están muy lejos de alcanzar un compromiso territorial en el Donbass
Poco antes de recibir a Zelenski había telefoneado al Kremlin, donde Vladímir Putin le dijo lo que ya sabía: todo o nada. Su posición no ha cambiado desde que hace casi cuatro años se lanzó a la conquista de Ucrania. La Unión Soviética tardó menos tiempo en derrotar a los nazis en la Segunda Guerra Mundial, pero Putin no da su brazo a torcer. Exige todo el Donbass, incluso las zonas que no ha ocupado, y unas condiciones que suponen el sometimiento de Ucrania.
Zelenski repitió ayer que el 90% del plan de paz está pactado, pero falta el 10% más crucial y difícil, que, en realidad, es mucho más que el 10% porque implica el territorio y la protección de Ucrania.
Zelenski reconoció que está dispuesto a que los territorios ocupados se conviertan en una zona desmilitarizada con un régimen económico especial. También acepta no entrar en la OTAN y que Rusia pueda beneficiarse de la central nuclear de Zaporiyia. A cambio pide entrar en la Unión Europea y exige garantías de que Rusia no volverá a atacar.
Trump anunció un acuerdo total sobre estas garantías, pero no dio detalles, y Zelenski no se fía. Quiere que el Senado ratifique el compromiso de sostener a una fuerza internacional de estabilización en el Donbass, justo lo que Putin no quiere. Además, los republicanos tienen la mayoría, y lo último que les interesa es la obligación de defender a Ucrania de la amenaza rusa, sobre todo ahora que, según la última Estrategia de Seguridad Nacional, Rusia ha dejado de ser un enemigo.
El nudo gordiano
Cualquier acuerdo que Zelenski, hipotéticamente, alcance con Trump y Putin deberá someterlo a un referéndum. Esta consulta, a su vez, no puede celebrarse sin un alto el fuego. Rusia, sin embargo, se niega a una tregua. Insiste en que las armas solo callarán cuando haya un pacto definitivo. Durante la última semana, la ofensiva aérea rusa ha sido muy intensa. Zelenski ha calculado que 2.100 drones han caído sobre Ucrania, sobre todo en zonas habitadas. Asimismo, Rusia ha lanzado 800 bombas guiadas y 94 misiles de diversos tipos. Casi cuatro años de guerra han convencido a la mayoría de la población ucraniana de que debe seguir luchando. Las encuestas anticipan una derrota en las urnas a cualquier plan de paz que suponga una cesión territorial. Zelenski lo sabe y por eso no puede ceder. Los ucranianos que apoyan a Rusia, o no quieren luchar o abandonaron el país hace tiempo, y es difícil que vuelvan. Hay más de siete millones de ucranianos (un sexto de la población) en el extranjero. Los que se han quedado no creen que haya llegado el momento de claudicar, pues así es como ven cualquier compromiso con Rusia.
A pesar de las posiciones enconadas de Kyiv y Moscú, a pesar de que ni Zelenski ni Putin pueden aceptar una derrota, la mediación de Trump tiene una oportunidad.
“La guerra solo causará más muertos”, reiteró ayer en Mar-a-Lago. Ha comprobado que ni Rusia ni Ucrania tienen una ventaja estratégica. Por lo tanto, como señaló junto a Zelenski, “la guerra se alargará durante mucho tiempo” si no se frena ya. La prolongación de los combates desgasta a los dos enemigos. Los drones y misiles rusos causan estragos entre la población civil ucraniana y arruinan las infraestructuras energéticas.
Rusia, por su parte, paga un alto precio, tanto en hombres como en rublos. Su ejército suma más de un millón de bajas. Solo este año ha tenido 200.000. La economía de guerra, que ha crecido al 4%, no pasará del 1% de aquí al 2027.
Trump no permitirá que Ucrania entre en la OTAN, pero sí en la UE, y Kyiv necesita el apoyo de Europa para la reconstrucción. Ayer habló de “grandes oportunidades económicas” para Ucrania cuando acabe la guerra.
Trump reconoce que en “unas semanas” puede haber un progreso o “ir las cosas mal”
Solo Trump, además, puede convencer a Putin de que un acuerdo ahora es mucho mejor que seguir luchando. También para él habrá ventajas económicas, pero, por encima de todo, habrá una recompensa emocional porque podrá recuperar su lugar en el primer plano de la política mundial. Nada interesa más a Putin que este reconocimiento. No importa que Rusia no sea la gran potencia que él se cree. Basta con sentarse a las mesas del poder mundial para fortalecer su régimen y ganar flexibilidad con China y la Unión Europea.
Trump ve el mundo como lo ven Putin y Xi, dividido en zonas de influencia. Por eso puede pactar con Putin en Ucrania a expensas de Ucrania y con Xi en China a expensas de Taiwán. Esta es la trampa que Zelenski, asesorado por los aliados europeos, intenta evitar, y la mejor manera de hacerlo es ganando tiempo, como ayer en Mar-a-Lago. Para doblegar a Rusia necesita un presidente más europeísta en la Casa Blanca y una Europa más fuerte, y no tiene ni lo uno ni lo otro.