Las Claves
- Estados Unidos intervino en Venezuela para detener a Nicolás Maduro y trasladarlo fuera del país tras años de crisis política.
- Donald Trump designó a Delcy Rodríguez como sucesora bajo
El ruido ensordecedor de las aeronaves y los estallidos que interrumpieron la calma de Caracas durante las primeras horas del sábado pasado pronto encontraron una justificación. Gradualmente se reveló que el suceso consistía en una entrada de naves estadounidenses en la ciudad principal de Venezuela. En medio de los esfuerzos por entender la magnitud de dicha acción, la confusión se aclaró mediante una publicación de Donald Trump en Truth Social: Estados Unidos llevó a cabo una intervención en suelo venezolano que culminó con la detención y el traslado fuera de la nación de Nicolás Maduro y su cónyuge, Cilia Flores.
La maniobra norteamericana, de dudosa validez jurídica y ética, perseguía un evidente jaque al poder: desmantelar la cúpula del Ejecutivo, pese a que en un principio diversos sectores lo consideraron un esfuerzo por propiciar un cambio de régimen.
Poner en libertad a los cientos de arrestados por razones ideológicas sería el primer indicio de una transformación auténtica en Venezuela.
No obstante, momentos después Trump expuso sus propósitos con una franqueza que asombró a la sociedad global y particularmente a los venezolanos: Washington no únicamente aceptaba su injerencia por la gestión de los activos petroleros, sino que declaraba una tutoría frontal sobre el ejecutivo naciente. La persona seleccionada para este relevo no era un dirigente de la oposición, sino la propia vicepresidenta del oficialismo, Delcy Rodríguez, quien, frente a la posibilidad de más ofensivas, estará obligada a cumplir las normas del mandatario estadounidense.
Las consecuencias del derrumbe de Maduro aún se analizan en un entorno de gran desconcierto para los ciudadanos, la cúpula de la oposición y una fracción importante del chavismo, que esperan pistas concretas para entender los sucesos venideros.
No obstante, la salida de Maduro fue la culminación de una
imposibilidad política que se comentaba en Venezuela desde hacía meses. Su suerte se decidió cuando los soldados estadounidenses llegaron a su vivienda en el recinto militar de Fuerte Tiuna, aunque, para aquel entonces, el anhelo de verle fuera del
poder ya no era patrimonio exclusivo de sus detractores.
Con el fin de entender la caída de Maduro resulta esencial volver al 28 de julio del 2024. Esa imposibilidad de demostrar su presunto triunfo electoral dio comienzo a un desgaste que no tiene vuelta atrás. Se evidenció su falta de apoyo popular al encarar a una masa ciudadana que superó el temor para sufragar en su oposición, sumado a un sector del chavismo democrático que rechazó legitimar el fraude en los comicios. Maduro agotó totalmente el legado político de Hugo Chávez: ese “huracán” que pudo anular el golpe del 2002 mediante el apoyo de la gente desapareció por completo en un heredero, el cual únicamente halló en la violencia estatal el método para mantenerse al mando.
Tras el desarrollo de la jornada electoral presidencial, su reputación en el ámbito internacional también experimentó variaciones. Su distanciamiento ya no era solo fomentado por los populismos de derecha de individuos como el argentino Javier Milei o el salvadoreño Nayib Bukele; mandatarios progresistas como Gabriel Boric en Chile también participaban.
Le restaron el apoyo político a un dirigente que ya no podía ser visto como demócrata. Hasta la Unión Europea y socios fundamentales como Gustavo Petro o Lula Da Silva, aunque no presionaron con fuerza para que Maduro restaurara la democracia, empezaron a tomar una distancia cautelosa.
No obstante, el elemento crucial de su caída se originó en el seno de sus colaboradores más íntimos. Maduro pasó a ser un personaje molesto para el alto mando civil y militar que mantiene la estructura estatal y que, al percibirlo como una carga inútil, comenzó a retirarle su apoyo gradualmente, provocando que el debate sobre la permanencia del sistema sin Maduro fuera un tema cada vez más recurrente.
Únicamente el agotamiento de aquella cúpula que consideraba inviable cualquier apertura con Maduro en el palacio de Miraflores justifica un final tan repentino para el individuo que manejó las riendas del mando venezolano por cerca de trece años y evidencia con claridad el pacto entre sectores de la dirigencia chavista y los Estados Unidos.
La partida de Maduro se considera un evento definitivo, aunque la estrategia adoptada por Estados Unidos despierta inquietudes éticas y
políticos. Delcy Rodríguez toma las riendas bajo una estrategia de la Casa Blanca. Trump, en su función autodesignada de “protector” de Venezuela, ha favorecido la permanencia de un componente del aparato estatal para fomentar un relevo de Gobierno sin turbulencias y, especialmente, afianzar una liberalización económica beneficiosa para los objetivos de Washington. Dicha maniobra margina las ansias de renovación democrática de los venezolanos y dilata de forma incierta las metas de quienes lideran la oposición de masas, los cuales, a juicio de Trump, no aseguran firmeza ni cuentan con la capacidad requerida para manejar el territorio.
Todavía es incierto si Rodríguez y el sistema legado por el madurismo, que actualmente se mantiene sin alteraciones, tienen la voluntad de acatar las exigencias de Washington con el fin de asegurar su propia permanencia. La excarcelación de los cientos de detenidos por motivos políticos que todavía se encuentran en las prisiones de Venezuela constituiría la señal inicial y auténtica de transformación, aunque por el momento no existen indicios de que tal situación ocurra.
No obstante, este ciclo reciente apenas comienza y los indicios que definan la dirección que seguirá Venezuela todavía están por manifestarse.




