Testimonio de las protestas más grandes que han desafiado a la República Islámica iraní
'Guyana Guardian' en Teherán
Relato de los cinco días que han hecho temblar al régimen de los ayatolas
Es imposible conocer el número de detenidos, muertos y heridos, pero algunos observadores en Teherán hablan de entre dos mil y cuatro mil

Imagen extraída de un vídeo que muestra una presunta morgue con cadáveres de opositores asesiandos durante la represion de las protests en Teherán
El vuelco se dio al caer la tarde del 8 de enero, cuando el grito de “¡Muerte a Jamenei!” Fue apoderándose de Teherán junto al grito de “¡Viva el sha!”. No apuntaban al sha derrocado en 1979 por una rebelión que recuerda a la que se vive en estos días, sino a la de su hijo Reza Pahlavi que, desde Estados Unidos, se ha erigido en cabeza de la oposición.
Fue el heredero al trono, a través de sus redes sociales, pero especialmente del popular canal de televisión Irán Internacional (que emite desde Londres y es visto por millones de iraníes a través de los satélites ilegales que hoy tienen la mayoría de las casa), quien había convocado a la población para que saliera a apoyarlo aquel día.
Llamamiento
Reza Pahlavi, el hijo del sha derrrocado por los islamistas en 1979, se ha erigido en cabeza de la oposición desde EE.UU.
La expectativa era grande. El hastío de la mayoría de iraníes con la República Islámica parecía haber llegado a su punto máximo, como quedaba demostrado con las protestas que comenzaron el 28 de diciembre, pero quedaban abiertos dos grandes interrogantes: ¿Se unirían las clases medias, la juventud y las mujeres que habían liderado el movimiento Mujer, Vida y Libertad?, que hasta entonces se habían mantenido alejadas de las calles; ¿respondería masivamente la sociedad al llamamiento del heredero de la derrocada monarquía?
Aunque el nombre de Pahlavi se corea desde el principio de las protestas, y cada vez es más popular, era imposible medir su aceptación hasta entonces. Mucha gente que quiere el fin de la República Islámica no está de acuerdo ni con su regreso, ni con sus propuestas políticas, ni con su visión de país. Se les eriza la piel de pensar que regresará, pero algunos reconocen que al día de hoy no hay más opciones.

El llamamiento tuvo más eco de lo que nadie imaginaba. Fue la chispa que necesitaban para movilizarse. “La gente necesitaba un líder, y lo encontraron. Lo mismo pasó en 1979, mucha gente no conocía al ayatolá Jomeini, pero se unieron pensando que les ayudaría a acabar con el sha y ya luego saldrían de él”, cuenta Ramín, un comerciante de 60 años que intentaba explicar por qué Pahlavi se ha convertido en punto de unión para muchos.
De las casas y edificios de diferentes partes de Teherán empezaron a salir a la calle familias enteras, muchas veces con niños y personas mayores; incluso en silla de ruedas. Empezaban caminando por las aceras y, poco a poco, se iban formando grupos cada vez más grandes en dirección a diferentes puntos estratégicos, según los barrios. Muchas veces caminaban entre decenas de coches que acompañaban sus gritos con el sonar de sus cláxones. “¡Muerte al dictador!”, “¡Viva el sha!”, gritaban.
Sin alternativas
“¡Viva el sha!” Es el grito que se escucha, aunque a muchos se les eriza la piel de pensar que regresará la monarquía Pahlavi
A veces corrían huyendo de los gases lacrimógenos de la policía, pero pronto se volvían a juntar. Los más jóvenes se encargaban de hacer barricadas con los contendores de la basura, a los que prendían fuego para evitar, al menos en lo posible, las estampidas de los milicianos y los diferentes cuerpos de seguridad del régimen, que siempre van en grandes caravanas de motos. Lo han aprendido a través de años de protestas.
Para entonces ya todos sabían que internet había sido cortado y que incluso las líneas de teléfono convencionales no funcionaban. La desconexión tanto a nivel local como internacional era total. Ya sea por las amenazas de Donald Trump, que prometió responder si la República Islámica disparaba contra los participantes, o por cualquier otro motivo, el sentimiento fue que las fuerzas de seguridad no respondieron con la misma violencia y radicalidad de otras veces, al menos no en Teherán y al menos no en esa primera jornada del jueves. Pero actuaran con fuerza: días después apareció un video donde se veían al menos decenas de cuerpos de personas muertos.
Los motorizados aparecían y desaparecían, siempre dejando visibles las armas para dispersar manifestaciones. Separaban los grupos lanzando gases lacrimógenos, disparaban al aire, pero en algunos puntos la multitud era tan grande que las fuerzas de seguridad y los milicianos optaban por huir. Para entonces la ciudad, desde el norte hasta el sur y del este al oeste, ya estaba llena de barricadas, de contenedores ardiendo. En cada calle parecía haber fuego. Muchos se armaban con piedras que tiraban a los milicianos cuando pasaban.
Parecía una noche de San Juan, pero era la primera ronda de una batalla que fue haciéndose más violenta con el pasar de las horas y que tuvo su culmen el viernes. Quedaba en evidencia que la rabia de muchos había aumentado con los años. En muchos sectores, las multitudes se organizaron, destruían las cámaras callejeras destinadas a identificarlos, prendían fuego a las vallas alusivas al régimen y todo lo que tuviera que ver con instituciones relacionadas con la República Islámica. En otras partes prendieron fuego a mezquitas, bancos del Estado, estaciones de policía, sedes donde operan los basijis.
En cuestión de días
La ciudad, desde el norte hasta el sur y del este al oeste, ya estaba llena de barricadas, de contenedores ardiendo, en cada calle parecía haber fuego y muchos arrojaban piedras a los milicianos
Las autoridades hablaban directamente de “terroristas”. La gente que había salido a la calle pensaba diferente. “Es la rabia acumulada durante tantos años; han matado a tantos de nosotros, nos han robado el país, nos han robado el futuro”, explicaba Rana, una ingeniera de 40 años que fue testigo del momento cuando le prendieron fuego a una mezquita en el oeste de Teherán.
“Aquí muchos no tienen miedo, están dispuestos a enfrentarse a ellos”, afirmaba, señalando que muchos de los que tenían más rabia eran jóvenes que venían de las clases más deprimidas, testigos directos de la corrupción y represión del Estado. “Fueron educados para ser milicianos y se rebelaron contra la ideología que les quisieron imponer. Ellos conocen el sistema por dentro, saben de su corrupción y dobles estándares. Los basijis son sus compañeros de clase”, explicaba Mohammed, un doctor de 40 años que estaba con Rana.
Es la rabia acumulada durante tantos años, han matado a mucha gente, han robado el país, han robado el futuro”
Al amanecer, y a pesar que el viernes es día de descanso, cientos de hombres de la limpieza trataban de eliminar los estragos de la noche anterior. Pero era imposible ocultarlo, a pesar de que el país estaba desconectado de internet y las líneas de teléfono internacionales no funcionaban. Los edificios quemados estaban frente a todos. El boca a boca era más grande que cualquier censura y las llamadas locales volvieron a funcionar. En los canales en persa que emiten desde el extranjero se mostraban decenas de videos que confirmaba que las protestas se habían extendido masivamente por todo el país; mucha gente había logrado enviar las imágenes antes del corte de internet. O con la ayuda de satélites starlink, ilegales en Irán (la condena puede ser de hasta dos años de cárcel).
En la televisión iraní se reconocía las protestas, pero hablaba de “terroristas armados”. Mostraban los coches y edificios quemados. También mostraban, una y otra vez, imágenes de hombres de civil armados y disparando. Horas más tarde, el líder supremo habló frente a un grupo de jóvenes revolucionarios para hablar nuevamente de “terroristas”, y advertía que la rebelión actuaba en nombre del “enemigo”.
Bloqueo informativo
Mucha gente logró enviar las imágenes antes del corte de internet y la televisión iraní reconoció las protestas pero hablaba de “terroristas armados”
Para todos quedó claro que daba luz verde para responder con mayor violencia a la movilización convocada para ese viernes. La policía enviaba mensajes de texto advirtiendo a los padres de la presencia de “terroristas” y alertándolos de que no dejaran salir a sus hijos a la calle. Nadie ponía en duda que las protestas pasarían a otro nivel, como sucedió.
La respuesta del Estado fue el viernes extremadamente violenta, decenas de cuerpos motorizados (antimotines, policía, milicianos de todo tipo) se instalaron en áreas estratégicas de todo Teherán. Otros hacían rondas por las calles tratando de disuadir a los caminantes, en muchos casos sin éxito. Las personas no solo salieron a la calle, sino que muchos estaban listos para responder. En muchos lugares de la capital las multitudes volvían a unirse para a caminar masivamente, otros encendían de nuevo contenedores de basura. Volvía el campo de batalla.
En algún sector del este de la ciudad, por ejemplo, numerosos grupos de personas se atrincheraron en una gran calle y armaron barricadas con contenedores y postes. Prendieron fuego y estaban dispuestos a enfrentarse a decenas de milicianos y policías preparados cerca para cargar. El número de hombres armados era tan grande que, en otras ocasiones, la multitud se hubiera dispersado, pero allí estaban, esperando. En otra esquina del sector, basijis vestidos de civil disparaban cada vez que se acercaba una moto. Algunas veces lo hacían al aire, otras apuntaban en dirección de los transeúntes. Pero aún así, familias enteras caminaban por las aceras u observaban desde las puertas de sus casas.
Represión brutal
La respuesta del régimen fue de violencia extrema el pasado viernes: pero pese a los disparos de los 'basijis' vestidos de civiles, familias enteras paseban por las aceras
Todo empeoró con el pasar de las horas. El sábado, los testimonios de primera mano hablaban de gente muerta tirada en calles de diferentes partes de la ciudad, hablaba de jóvenes que murieron de un disparo en la cabeza, de personas que habían recibido impacto en diferentes partes del cuerpo o de milicianos y policías muertos. “Yo vi milicianos vestidos de civil que sacaron armas y empezaron a disparar para dar excusa a los otros para atacarnos de vuelta. Fue horrible”, dice una joven de 24 años que se encontraba en el sur de Teherán y que no quiere dar más detalles. Sus cuatro amigos están heridos y uno, muerto. “El cuerpo quedó allí”, dijo.
Con el pasar de los días, decenas de familias recibieron llamados para que fueran, con un número, a identificar a los suyos. La versión que daba la televisión estatal es que fueron asesinados por “terroristas” que trabajan para los enemigos de Irán. También argumentan que esta es la segunda ronda de la Guerra de los Doce Días que inició Israel en junio del año pasado. “Se están aprovechando del descontento de la gente y hay muchos terroristas que trabajan para ellos”, dice Ali, un taxista que lleva una foto del líder supremo en el volante de su coche.

Hasta ahora es imposible conocer el número de detenidos, muertos y heridos, pero los observadores en Teherán creen que pueden ser miles: algunos hablan de dos mil, otros de cuatro mil.
Irónicamente, al comienzo de la semana laboral iraní, que empieza el sábado, los medios locales hablaban de calma en la ciudad y el bazar abierto, lo que era parcialmente cierto, pues el grueso del bazar, el ubicado en el interior, lleva días cerrado.
Por su parte, Pahlavi, el heredero del trono, volvía a pedir que protestaran el sábado y domingo, pero esta vez a las 18.00 h. Hubo protestas en algunos puntos, pero mucho más reducidas como consecuencia del miedo: para entonces el despliegue de seguridad no tenía precedentes. Las detenciones y ataques continuaron entres quienes protestaban pacíficamente, como se vió el domingo en la zona de Punak, donde los basijis pegaban a mujeres que iba por la calle.
El lunes, las autoridades convocaron una gran marcha de apoyo a nivel nacional en la que participaron cientos de miles de personas. “Todo lo que pasa está creado por Estados Unidos e Israel”, decía Maryam, que se acercaba a la movilización. Dice que nunca ve las televisiones en farsi que emiten desde extranjero, que solo ve la televisión pública nacional.
Serán los libros de historia los que cuenten cuál fue el desenlace de las protestas más grandes que han desafiado a la República Islámica desde su creación.


