
Putin, colonizador de mentes
UNA NOCHE EN LA TIERRA
Hábil manipulador, ágil en la utilización de datos de inteligencia, Vladimir Putin ha conseguido atraer a Washington a sus posiciones sobre Ucrania y Europa después de décadas de coherencia estratégica.

Un día de junio de 2001, Vladímir Putin y George W. Bush se reunieron en el castillo de Brdo, en Eslovenia. “Leí tu libro –le dijo el estadounidense al ruso–. Sé que llevas una cruz”. Putin le explicó entonces de dónde salía esa cruz. Le habló del incendio de su dacha, unos años antes. De cómo todo quedó destruido, muebles, pertenencias, papeles... Pero al retirar los escombros, la cruz estaba allí, intacta. “Fue una señal de protección divina”, le dijo el ruso, de fe y resistencia ante la catástrofe.
Bush, cristiano evangélico, quedó impresionado. Para Putin, haberse recreado en aquella anécdota no fue casual. Actuaba con una técnica clásica de espía que identifica las creencias del interlocutor y las introduce en la conversación para fomentar su intimidad y debilitar sus defensas. Tras el encuentro, Bush habló de Putin con los periodistas. “He mirado al hombre a los ojos... Es directo y confiable... Pude captar su alma”.
La escena parece sacada de un libro de John Le Carré. Pero no es una historia de ficción. La acaba de publicar el historiador Peter Frankopan y forma parte del material (llamadas telefónicas y notas privadas) desclasificado por la administración estadounidense de los años 2001 al 2008. Es el material más buscado por los historiadores, porque es más fiable. Los recuerdos cambian con el tiempo. Las grabaciones, no.
La transcripción de los encuentros muestra a un líder del Kremlin en forma, a alguien con una especial habilidad para manipular al interlocutor. Y revelan que Putin ya articulaba entonces una visión del mundo que luego se expresaría mediante la fuerza. “La tragedia no es que Occidente no haya previsto la trayectoria de Rusia; es que la evidencia estaba ahí desde el principio” dice Frankopan.
Occidente ha subestimado y no ha sabido interpretar cuál iba a ser la trayectoria de Rusia
En todas las grabaciones de ese periodo, Putin aparece como un hombre que habla del sentimiento de agravio ruso, de estabilidad estratégica, de hostilidad hacia la OTAN, y sobre todo, del peligro que supone la “occidentalización” de Ucrania. Es un político a la búsqueda de estatus y reconocimiento, que quiere hacer olvidar la imagen de su antecesor, Boris Yeltsin. Y cuando Bush le pregunta por el colapso de la Unión Soviética, el ruso le responde que no, que en realidad fueron los rusos los que “cedieron miles de kilómetros cuadrados del territorio voluntariamente. Ucrania, Kazajistán, el Cáucaso, territorios que fueron de Rusia durante siglos...”
Con los años, Putin se ha vuelto más arrogante, más seguro de sí mismo, y no ha olvidado las lecciones aprendidas cuando estaba al frente del FSB, el Servicio Federal de Seguridad. En los últimos meses, Donald Trump ha cambiado su opinión sobre el conflicto de Ucrania tantas veces como ha hablado con Putin.Trump ha reiterado que el ruso quiere la paz, una afirmación que no se sostiene en prueba alguna. “Demuestra cuán profundamente Putin ha condicionado la forma de pensar de Trump sobre la guerra y la relación entre ambos presidentes. Ha colonizado con éxito y por completo la mente de Trump”, explica Mick Ryan, analista militar.
Trump ha cambiado de opinión sobre Ucrania tantas veces como ha hablado con Putin
La ventaja de los dictadores frente a los políticos que son elegidos es la duración del mandato. La longevidad en el poder hace que su relato parezca más coherente que el de los que actúan en democracia, obligados a todo tipo de contorsiones.
La consistencia estratégica de Putin, que acumula veinticinco años en el poder, contrasta con la de los cuatro presidentes estadounidenses con los que ha mantenido conversaciones: George W. Bush, Barack Obama, Joe Biden y Donald Trump.
Para llegar ahí, Putin ha tenido que construirse. Dejar de ser “un rostro pálido con rasgos descoloridos, con un vestido de acrílico beige y cara de empleado” cuando trabajaba en un triste despacho del Ayuntamiento de San Petersburgo, a oficiar de “arcángel de la muerte” que defiende la intervención militar en Chechenia y en el que los rusos redescubren la voz de mando que tanto añoraban. Las descripciones de ese cambio son, estas sí, de ficción. Están en la novela El mago del Kremlin, escrita en 2022 por el ensayista Giuliano da Empoli, él también fascinado por el misterio que emana del poder moscovita.
Estos son buenos tiempos para Vladímir Vladímirovich Putin. Sabe que necesitará mucho tiempo para vencer a Kyiv sobre el terreno. Pero ahora tiene la oportunidad de conseguirlo por la vía diplomática. Desde la reunión del 15 de agosto en Alaska, Ucrania se ha debilitado. Por los avances rusos en el frente y por los escándalos de corrupción en el gobierno. Y todavía más importante: ha atraído a Estados Unidos hacia su posición.
Washington comparte hoy con Moscú la voluntad de acabar con la Unión Europea. Sus críticas a la OTAN debilitan la confianza en la alianza, y eso anima todavía más a Putin a pensar en grande, lo hace más peligroso para Europa. Por eso está Putin tan callado. Pese a que haya perdido amigos y socios en los últimos meses (en Siria, en Venezuela, en Irán) calla porque Trump le está haciendo la mitad del trabajo con Europa.
No parece inteligente que Washington renuncie a los que han sido durante décadas sus aliados, que haya dejado de pensar en la estabilidad política de la Unión Europea como en un activo para la seguridad en el continente. Pero no será Putin quien le discuta al presidente estadounidense esas contradicciones. De momento, saborea el éxito de tenerlo en el bolsillo.

