
Lecciones portuguesas
Portugal nos vuelve a mostrar el camino a seguir al enfrentar la crisis sistémica que desestabiliza la democracia liberal a nivel global. Una lección de compromiso con la democracia y consigo mismos como nación que pone de relieve una diferencia de madurez entre portugueses y españoles que deberíamos reconocer. Esta diferencia no es meramente superficial, sino que revela algo más profundo. Demuestra que entienden que la unidad democrática entre quienes son distintos pero afines fortalece irremediablemente el poder colectivo frente a quienes cuestionan que lo que une sea más valioso que lo que separa. Una actitud muy difícil de trasladar al este de la península ibérica, como demuestra la sucesión ininterrumpida de elecciones que los españoles vivimos desde 2019.
¿Qué distingue el conflicto partidista que viven los portugueses entre la centro-derecha y la centro-izquierda, entre socialdemócratas y socialistas, por las siglas de los partidos en disputa, del que sufrimos en España entre populares y socialistas? Que en Portugal tienen claro qué es la derecha y la izquierda respecto al centro político, y que la moderación de ambas facciones debe prevalecer cuando se ve amenazada por una radicalidad que busca reemplazar la democracia liberal por otra autoritaria.
Los portugueses consideran con gran responsabilidad la vida pública y rechazan las tendencias extremistas.
¿Por qué? Por dos factores nacionales que no son insignificantes, pero que nos brindan dos lecciones que los españoles deberíamos aprender si deseamos sobrevivir ante la polarización que nos desgarran.
El primero es que los portugueses decidieron ser una democracia por propia decisión. Sufrieron una revolución que arrebató el poder a la dictadura para gobernarse ellos mismos de forma democrática. Algo, por cierto, muy distinto a lo que vivimos los españoles. Ellos escogieron su rumbo, mientras que nosotros aceptamos que otros nos lo impusieran. Quizá por eso valoran más la democracia que nosotros. Tanto que no aceptarán que nadie se la arrebate.
A esto se suma un elemento adicional vinculado a la proximidad española, el cual provoca que el temor al impacto y la autoridad que ejercemos sobre ellos los incite a fomentar un patriotismo que privilegia su cohesión ante cualquier amago de fragmentación ideológica. Desde esta óptica, resulta asombroso notar cómo perciben su integridad como nación de forma tan esencial que las discrepancias no consiguen ponerla en riesgo.
La combinación de ambos elementos se ha manifestado recientemente en la designación de Antonio Seguro. Tal acontecimiento evidencia que los portugueses consideran la política como un asunto de gran relevancia. Esta disciplina no los perjudica, sino que se orienta a solucionar las dificultades que aquejan a la población mediante los escasos recursos de los que disponen los ejecutivos en el contexto de la revolución digital y la crisis climática. Pese a que resulta imposible impedir que ciertos conciudadanos se vean seducidos por el delirio extremista, evitan que estos condicionen a la mayoría social, la cual mantiene su confianza en la templanza y el respeto mutuo. Por este motivo, consolidan el vínculo entre los moderados aun existiendo discrepancias. Esta actitud va más allá, pues se les demanda actuar con integridad en sus modales, en su discurso y en el ejercicio de sus funciones. De esta forma, Portugal confirma que, si bien el panorama es adverso en Europa y en Occidente, no desean que la situación se agrave. Dicha postura aclara su convencimiento de que la democracia debe contar con auctoritas y ganarse el prestigio reclamando consideración para sus organismos, o de lo contrario sucumbirá ante el caos populista.