Enrique Bonete,catedrático de Filosofía Moral de la Universidad de Salamanca:

“Profe, me invaden las tinieblas y tengo miedo”

Tengo 66 años. Soy valenciano y vivo en Salamanca. Casado, cuatro hijos y catorce nietos. Veo una ausencia total de criterios morales en la práctica política, muy llamativa en determinados políticos. Soy católico practicante y creo que Jesucristo es la encarnación de Dios en la historia. (Foto: JESÚS FORMIGO / ICAL)

En enero del 2017 recibí un correo de Nuria, una alumna que había tenido en clase de ética diez años atrás. Ahora tenía 33 años, le habían diagnosticado un cáncer de colon de pronóstico grave.

¿Qué quería?

Recordaba mis clases de tanatoética, había guardado y releído los apuntes, me dijo que le ayudaban porque estaba muy angustiada.

¿Qué le respondió?

Escríbeme cuando quieras y yo te responderé. Le conté que estaba escribiendo un libro que le sorprendería, El morir de los sabios .

¿Sobre cómo mueren los filósofos?

Sí. Me pidió que fuera compartiendo con ella lo que escribía. A partir de ahí se fue entablando una relación cada vez más íntima, al mismo tiempo que intelectual.

Eso implica una gran responsabilidad.

Muchísima. En algún momento me habló del suicidio. Yo le respondía siempre desde la luz de los filósofos. Después de esos intercambios, no volvió a mencionarlo.

¿Qué le contó?

Le hablé de Schopenhauer, que decía que no debíamos temer a la muerte porque es como dormirse, perdemos la conciencia.

¿La convencía?

Lo discutíamos. Ella tenía pánico a desaparecer. Entonces hablábamos de Montaigne: el miedo nace del apego al yo, a los bienes, a los afectos. Vivir es ir despidiéndose.

¿Era creyente?

No, pero tenía mucho interés. Hablamos de Unamuno, de la posibilidad de que, si Dios existe, haya otra vida.

¿Qué decía ella?

“Ojalá eso fuera verdad, profe”. Ahí se estableció una inquietud, un anhelo. Me decía: “¿Y usted cree en la resurrección de Jesucristo; eso es posible?”. Tenía muchísimas dudas y cuanto más frágil estaba, más inquietudes.

La filosofía les llevó a una honda relación.

Yo le explicaba con sinceridad lo que creo, y ella sus dudas profundas sobre el futuro que le esperaba. Fue una conexión que aún me conmueve… y también me alegra.

Explíquemelo.

Me alegra que, de un modo providencial, pudiera escribirme con ella. Nos respetábamos en un diálogo entre una chica que no es filósofa y un filósofo, una atea y un creyente. Estoy convencido que al final tuvo serenidad.

¿Por qué?

“Ya no tengo tanto miedo a la muerte, profe –me decía–. No sé si Dios existe o no, pero en todo caso, si existiera habría otra vida; y si no, no tengo miedo a nada, ha merecido la pena”.

¿Por algo en concreto?

Se reconcilió con sus padres. Se sintió querida. Arregló cosas pendientes.

Hay correos estremecedores.

Mucho. “Profe, me invaden las tinieblas y tengo miedo. Disculpe mi pesimismo. A veces ahoga. Especialmente durante las noches cuando me siento sola, desprotegida, rodeada de un silencio inquietante”.

Se lo sabe usted de memoria.

Durante una época los releí de manera obsesiva: “En realidad se podría decir que la oscuridad mental es algo así como mi estado más duradero. Una constante compañera”.

Te deja sin habla.

Y sigue: “Por eso busco la luz y la fortaleza moral de los sabios que usted tanto estudia. Sin sus correos, profesor, estaría perdida”. La filosofía puede ser una terapia real. Epicuro decía: “Vana es la palabra del filósofo que no cura el sufrimiento del alma”. El miedo a la muerte se puede serenar.

Pensamos que moriremos de viejos.

Claro, como Nuria, pero mueren a diario bebés, niños, jóvenes. Vivimos inmersos en la finitud. Pero nosotros solo queremos no sufrir, estar tranquilos y que no nos pase nada.

Exacto.

Es un deseo legítimo, pero no es real. La filosofía nos enseña a integrar la muerte en la vida. Es extraño, pero cuanto más se piensa en la muerte, más se aprovecha la vida; y cuanto menos se piensa en ella, más insatisfechos.

¿En esencia?

Hay que vivir el presente amando, todo lo demás es secundario. La felicidad consiste en hacer el bien sabiendo que en cualquier momento podemos morir. Mi alumna me decía, “Profe, cuánta razón tenía Séneca”.

¿A qué se refería?

“Me he pasado la vida proyectando sobre el futuro y no he sabido vivir el presente. No he sabido vivir, profe. ¿Y ahora qué?”.

¿Usted pensaba que se curaría?

Sí, pero ella sentía que no. La muerte es una maestra. “¿Qué es lo más importante de la vida?”, nos pregunta. Al morir lo sabemos: haber amado. Un día dejé de recibir sus correos, insistí, pero nunca contestó. Murió. El silencio fue sobrecogedor. Le dediqué El morir de los sabios.

¿Y usted cómo lo vivió?

Leía sus correos y lloraba. Era obsesivo. Estuve a punto de destruirlos, pero los guardé y prometí no volver a leerlos. Recé mucho por ella, se metió en mi alma.

Mostrar comentarios
Cargando siguiente contenido...