Tomasín Padrón,el puntal con más años de lucha canaria:

“Cuanto menos sé, más feliz soy”

Tengo 49. Nací en El Hierro y vivo en Fuerteventura, Canarias. Casado, tengo un hijo anterior, de 20 años. Soy funcionario en el consorcio de aguas, sigo luchando y protagonizo una película. Voto a la persona, al trabajador, no al partido. La situación del mundo me parece caótica. Voy a misa los domingos, me da paz. (Foto: Selu Vega)

¿Cuánto mide y cuánto pesa?

Mido 1,96 m y peso 145 kilos.

¿Tomasín por elección?

A los 13 años insistía en que ya era un hombre, y que me llamaran Tomás, pero no lo conseguí. A los 40 empezaron a hacerlo y, ya por rebeldía, me cambié el nombre y en mi DNI pone Tomasín.

49 años y sigue en la lucha.

No concibo la vida sin la lucha, aunque mi cuerpo me está pidiendo a gritos la retirada. Pero es que es un sentimiento y, además, creo que no sé hacer otra cosa.

Pero si no para: oposita, actúa…

Tendré que hacer deporte el resto de mi vida para mantener la musculatura y no quedarme en silla de ruedas, porque no tengo cartílagos en las rodillas; las sostiene el músculo.

¿En qué consiste la lucha canaria?

Se parece a una partida de ajedrez: el primer equipo que elimina todas las fichas del contrincante gana.

¿Uno aguanta hasta que le tumban?

Sí, la idea es tirar al otro al suelo y eliminarlo. Puede que te quedes solo con la reina o el rey.

¿Y usted es el rey?

Soy el rey, sí. Así se llama al puntal del equipo.

¿Y por qué le dio por ahí?

En la isla no había mucho más. Jugabas a fútbol o jugabas a lucha; luego, o te dabas a los porros o a la lucha. Probé los porros y no me gustó. Mi padre había sido luchador aficionado y me apuntó al equipo.

Fue el único niño de su pueblo.

Sí, durante bastantes años. En Echedo, en invierno, quedábamos dos o tres familias. Tenía tres hermanas pequeñas, pero no recuerdo jugar nunca con ellas.

¿Qué significa haber crecido tan solo?

Me convirtió en una persona muy vergonzosa, muy reservada, muy callada.

¿Dónde se refugiaba?

En el Charco Manso, un lugar mágico, creado por coladas basálticas. Allí buceaba y observaba las pardelas, que solo van a tierra a criar. Llegan en Semana Santa y siempre voy a esperarlas.

¿Todavía hoy?

Sí, es algo que me dejó mi padre, una preciosa herencia.

¿También es usted submarinista?

Sí, ahí abajo encuentras un mundo calmado, diferente. Ves tanta paz que impresiona. Pero siempre vuelvo a la lucha.

¿Tuvo un hermano que murió?

No llegó a vivir un día. Nació prematuro y la única incubadora que había en El Hierro estaba ocupada. Yo no tenía ni un año.

¿Guarda rencor por esa falta de atención?

No. La vida me ha enseñado a no guardar rencor. Intento ser muy ignorante. Cuanto menos sé, más feliz soy.

¿A qué se refiere con ignorante?

Ignorante y distante con todo: política, modas, redes en las que presumir... Ignorante porque nada de eso me preocupa, y al no tener preocupaciones, solo te queda ser feliz.

¿Usted ha sido feliz?

Mi padre me enseñaba la crudeza de la vida. Me ponía reportajes de animales salvajes para que viera que unos se comen a otros. Que la vida es así. Me preparó muy bien para todo menos para su muerte. Murió hace tres años.

¿Cuándo se fue usted de El Hierro?

A los 17 años. A Tenerife. Allí encontré a mi mujer. Éramos compañeros de trabajo. Ella, funcionaria de justicia, y yo, vigilante. Empezamos a hablar y ya llevamos 14 años juntos. Me enamoraron su inocencia y su bondad.

¿No luchaba en aquella época?

A los 36 me rompí el aductor, o me operaba o dejaba la lucha. Estaba en la peor época de mi vida, tenía problemas con mi anterior pareja y abandoné. No tenía ganas de vivir.

¿La lucha requiere calma?

Mucha. La lucha no es solo fuerza, es respeto al contrincante y nobleza, eso aprendí y esas son mis normas. Hoy es más competitivo.

Ahora protagoniza una película.

Fue totalmente casual. El director estaba buscando su niña protagonista en terreros de lucha y yo estaba allí. Al verme me propuso hacer una prueba. Me pilló de buen humor y le dije que sí.

¿Qué ha aprendido de esta experiencia?

Que tengo sentimientos.

Es usted puro sentir.

Fui un niño gordo y se reían de mí. Me hice muy reservado, bloqueé mis sentimientos. En el rodaje me sorprendió que llorar fuera algo respetado. Eso me tocó.

¿Qué sorpresa le ha traído la película?

La reacción de la gente. En San Sebastián un grupo de luchadores me dijo que no hago el ridículo, eso me hizo sentir bien.

¿Qué problema tenía de niño?

La soledad. Eso te hace vulnerable. Pero no me siento víctima. Siempre he usado el humor para disimular la vergüenza.

¿Siendo tan grande, se reían de usted?

Hay niños malos. Pero si me hubiera defendido, mi vida habría sido distinta, y me gusta.

¿Qué merece la pena en la vida?

La felicidad, que pasa por no ser rencoroso, perdonar y ayudar en lo que se pueda.

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