Inventos para vivir 200 años
Para aumentar la duración y la calidad de nuestra existencia, además de los complementos alimenticios y los consabidos ejercicios y dietas, Aoki apela al poder de conexión de la música en vivo, que nos libra de la soledad, esa gran acortavidas. Pero, además, recomienda varios aparatos que él mismo utiliza: la tecnología de neurofeedback; los escáneres de MRI (imagen por resonancia magnética), que a él le ayudan a recalibrar el daño causado en su oído juvenil cuando abusaba de los auriculares y que está relacionado con pérdidas de memoria. Y, sobre todo, la cámara hiperbárica: “Tengo tres en casa y toda mi familia aprecia sus resultados”. Para quienes no podemos permitirnos ni una, tiene otro consejo más accesible: “La sauna y las duchas frías rejuvenecen y te hacen sentir vivo”.
¿Además de la música, usted vibra con la neurociencia?
Soy un gran inversor en investigación sobre el cerebro y yo mismo me presento voluntario a muchos ensayos clínicos de investigación para enfermedades neurodegenerativas y longevidad.
Es una obsesión californiana, ¿por qué?
Porque sabemos que la muerte no es la condena inapelable que quieren algunas religiones, sino solo una enfermedad. Lo leí en Aubrey de Grey.
De Grey lo explicó aquí, en La Contra.
Fue mi inspiración: morir no es una maldición divina inapelable, solo es un proceso biológico en el que podemos intervenir y retrasar si progresamos en la ciencia. Y estamos progresando.
No creo que nadie esté en contra, pero tal vez haya muchos incrédulos.
La ciencia siempre los tuvo antes de convencerlos con hechos. Morir solo es una enfermedad, y cada día más curable. Recuerdo cómo Ray Kurzweil nos explicó que el momento de singularidad en el que la IA supere al cerebro humano hará posible esa expansión de la duración de nuestra vida.
¿Cuándo?
Siete años. Insistió en esos siete años que faltan, durante los que tenemos que mantenernos muy sanos para poder acceder a la prolongación por nuevos métodos de nuestra esperanza de vida.
¿Siempre ha acertado Kurzweil?
Buena pregunta. Lo he estudiado a fondo y en un 80% de sus predicciones sí que ha acertado. Y eso es un buen promedio.
¿Dice que dentro de siete años por cada uno que vivamos más rejuveneceremos otro?
Sí, y yo hago todo lo posible para vivirlos a fondo y preparándome para vivir más. Lo que niego es que la conciencia de morir sea lo que nos hace humanos y da sentido a la vida.
¿Con qué argumentos?
Venga a uno de mis conciertos: sienta la música unir a la multitud; siéntase conectado con todos. Sabrá de qué hablo. Y la vida no necesita muerte para serlo: hay especies que no mueren. Se regeneran. Estoy convencido de que nosotros también podemos.
¿Usted tiene mucho por hacer? ¿Qué?
Mi madre tiene 83 años y, según la esperanza de vida americana, debería estar muerta o casi, pero en cambio está joven, vital, armoniosa. Es ridículo pensar que alguien de 60 años tenga que morirse en 23, como marca esa esperanza de vida. ¿Sabe qué da vida?
Estoy dispuesto a saberlo.
El propósito. Muchos personajes que conozco se sienten como en la rueda de un hámster en su día a día. Así es lógico que consideren que la vida debe tener fin. Pero si crean arte, música, bailan, disfrutan de cada instante bajo el sol, ya estarán viviendo más.
Le admiro por sus ¡240 conciertos anuales! ¡Eso es ser todo menos un hámster!
No los hago por dinero. Ya tengo todo el que puedo desear y lo dedico a la ciencia. Pero es que en concierto me siento más vivo que nunca. Por eso quiero seguir componiendo y viviendo... Hasta los 90, y luego la ciencia habrá encontrado soluciones para que sea yo y no un fenómeno biológico quien decida si quiero o no vivir más.
¿Por qué está usted tan seguro?
Llegará un día en que recordaremos aquel tiempo en que no elegías morir, te tocaba morir.
No hace tanto, no podíamos decidir si teníamos hijos.
¿Quién creía hace un siglo que podríamos trasplantar un riñón, un hígado, un corazón? ¿Por qué no podremos trasplantar todo?
¿Cómo conecta usted a los 50 con un chaval de 18?
Es la música la que nos conecta. Yo solo soy un medio. De repente compongo o pincho un tema que nos hace vibrar a la vez sin que el tiempo ni el espacio importen. Conectamos.
¿Les impactan los mismos temas que a usted a los 18 años?
Pues muchos de ellos, sí. Y los que son nuevos e impactan a los jóvenes a menudo me recuerdan a los que nos impactaron a nosotros a los 18: en todas las músicas de todos los tiempos hay algo que nos une.
¿Cómo supo que iba a ser músico?
Tenía 16 años y compuse un tema que les canté a mis amigos y luego se lo hice cantar tres o cuatro veces. Lo memorizaron enseguida y lo volvimos a cantar todos después, y luego, con mi familia. Fui feliz. Ya era músico. No quise ser nada más desde entonces y quiero sentir lo mismo el resto de mi vida.
¿Ha medido la música en su cerebro?
Es parte de mi dedicación a la investigación cerebral. Lo llaman neurofeedback y es un gorro con conexiones que mide las frecuencias en todo tu cerebro y la reacción a la música...
¡Qué gran gorro!
Y detecta heridas, como la que me hice al caer con el skate o mi propensión a la esquizofrenia, la depresión.. Pero también al bienestar y la felicidad.
