
Historias de tejones
Historias naturales
La cámara de fototrampeo llevaba meses guardada en un cajón. Están cortando tantos pinares -y en general tantos árboles-, siempre hay gente por el bosque, máquinas que tumban los pinos arrastrándolos con cadenas. Da apuro dejar la cámara escondida para filmar bichos. No es sólo lo que vale: es la sensación de que los paisajes, que durante años se han mantenido más o menos estables, han entrado en un proceso de transformación acelerado, que ya veremos como acaba, porque son muchos a cortar y pocos a replantar, los árboles se mueren o no crecen, donde no se planta cuesta que se regeneren solos y el monte termina repleto de zarzas y de Senecio pterophoru s.
La cámara de fototrampeo es muy divertida. Si la colocas en un vado a donde acuden a beber bichos, cada vez que detecta un corzo, un zorro, una gineta o una fajina, se activa y filma. Aprendes un montón de cosas del comportamiento de las bestias por la noche, que es cuando más salen. Uno de nuestros objetivos preferidos son las tejoneras. Mi hijo Pau tiene una habilidad especial para detectar las entradas (siempre hay más de una). Coloca la cámara enfrente y cuando el tejón o la pareja de tejones salen a dar una vuelta, se pone en marcha.

El tejón es un mamífero bastante grande, de nariz afilada, cuerpo rollizo, y zarpas cortantes. Yo era un niño con sobrepeso y mi madre siempre me decía: “sembles un toixó!” Los tejones acumulan grasa par pasar el invierno. Una vez, cerca del Borró murió uno, y unos amigos de la playa nudista lo sacaron encima de un tronco: ¡parecía la edad de piedra! Las tejoneras son como los parkings Saba, que no se acaban nunca, tienen salas y más salas especializadas, excavadas en el suelo, porque son grandes excavadores.

Tuvimos surte porque Pau tenía una tejonera nueva controlada, colocó la cámara y el primer día sorprendió a un tejón. Se estuvo un rato en el portal y se largó por la pista a ver qué encontraba (comen de todo: raíces, frutas, ratones y serpientes, en otoño las serpientes, descartadas).
El segundo día fue aún mejor. A base de pasar horas en el bosque, puedo oler el rastro del jabalí y adivinar, por el perfume, si ha pasado un zorro. Pero las personas, ya se sabe, somos unos aficionados en eso de los olores. Llega un zorro, se planta frente a la entrada de la tejonera y orina un poco. Después llega un grupo de siete u ocho jabalís, que también deben haberla olido. Uno, en una entrada auxiliar, deja un zurullo. El otro asoma la nariz en el interior, pero es más gordo que los tejones y no cabe. Los jabalís van saltando del bosque a la pista y de la pista al bosque. Salen de campo y la cámara se apaga. Con esas llega el tejón que ha utilizado otra puerta. Huele el zurullo, husmea los orines del zorro. Se dirige al portal, rasca y saca unas paladas de tierra. Vuelve hacia donde el zorro y orina encima. Sublime.

