Ambiente en Sants: “Le he tenido que pedir el coche a mi cuñado, mira si estoy mal”
Crisis ferroviaria
Los usuarios de Rodalies intentan sobrevivir a la enésima mañana de nervios e incertidumbre ante la nueva batería de incidencias, en este caso, en el centro de control de tráfico de Adif

Un viajero de Rodalies, en uno de los trenes que sí han circulado este lunes

Mayka vende sus cupones de la ONCE junto al acceso a la alta velocidad. Trabaja en la estación de Sants desde verano y además de repartir suerte, su jornada laboral incluye aguantar insultos y orientar a viajeros que la toman por un informador de Renfe aunque vista un peto verde y esté detrás de un diminuto mostrador repleto de boletos. Tiene una veintena de clientes fijos que cada día, al salir de su tren de Rodalies entre las seis y las ocho de la mañana, le compran el boleto. “Hoy solo han venido dos. Pero eso no es lo peor: la semana pasada vendí 1.000 euros menos de lo habitual”, explica. Mayka es un daño colateral del caos de Rodales en la última semana, desde que el martes por la noche, un tren de la línea R4 chocó con un muro en Gelida causando la muerte de un maquinista en prácticas. Este lunes, en la menesterosa terminal central de Barcelona inaugurada en los años 70 se respira más resignación que cabreo, más preguntas que respuestas, más incertidumbre que certezas.
El momento vital por el que atraviesa Sants, en pleno proceso de transformación, no ayuda en absoluto a suavizar las cosas. Fuera, en Països Catalans, buena parte de las obras de renovación de la plaza están inundadas. La fachada tiene goteras (también hay cubos en algunos puntos del interior) y el techo está arrancado, dejando al raso cables y vigas que para nada ayudan a atemperar el ambiente. Solo quedan cuatro comercios abiertos: la cafetería Farine, la tienda Natura, el McDonalds y el baño, que sigue siendo de pago a pesar de las circunstancias. Cosas de las concesiones.

Las pantallas de Rodalies son una cosa testimonial. Blanden los horarios previstos para las líneas que sí funcionan (la R2 de punta a punta, la R1 hasta Blanes y la R4 hasta Terrassa por el norte y Martorell por el sur) y anticipan alguna cancelación, pero en los andenes, como sucede en las trincheras, la situación es muy distinta. “He bajado porque he visto que venía un R1 para poder ir a Mataró, pero ahora aquí me dicen que no es aquí y que tampoco la hora es correcta por no sé qué lío”, comparte una viajera que tiene una visita de negocios a mediodía. Ese jaleo son los repetidos fallos del centro de control de tráfico de Adif, sin el que los trenes se quedan a ciegas. Por qué el gestor de la infraestructura y Renfe, el operador, funcionan de manera estanca, con cerebros ferroviarios independientes que controlan toda la red, es una de esas cosas que la nueva empresa Rodalies de Catalunya deberá abordar.
José María tiene que ir a Granollers a trabajar; le toca turno de tarde pero va con tiempo. Antes tenía coche -”un Citroën Saxo que iba de maravilla”, pero tuvo que venderlo porque no pasaba el corte de la zona de bajas emisiones. Vive en la Bordeta (Sants-Montjuïc) y usa Rodalies casi a diario. La semana pasada, explica, tuvo que cruzar una línea incómoda: “Tuve que pedirle el coche al marido de mi hermana, mira si estaba jodido”. En anteriores cortes del servicio solía acoplarse en el auto de un compañero de trabajo, pero con el cambio de turno, con menos personal, se ha visto obligado a tirar del cuñado. Le dijo que sí y lo usó un par de días la semana pasada.

La situación en Sants ha sido especialmente delicada a primera hora. Se suponía que el servicio se restablecería y que además sería gratuito durante un mes. Lo segundo se cumplió (aunque en estaciones como la de Girona hubo viajeros a los que les cobraron el viaje), pero lo primero falló estrepitosamente con una avería que no es nada habitual pero sí tiene precedentes que terminaron de la misma manera, con todo detenido hasta que volviera la luz al centro de control de Adif. Más suerte ha tenido la alta velocidad, aunque muchos trenes acumulan retrasos por las limitaciones de velocidad en el trazado.
El diagnóstico
“El problema es que no nos podemos fiar. Pero muchos tampoco tenemos más remedio”, resume un usuario del tren
Mayka, la mujer de la ONCE, dice que en el tiempo que lleva aquí no había visto tantos nervios como estos días. “Siempre ves a la gente corriendo y un poco perdida, pero ahora ha sido exagerado”. “El problema -aporta un viajero que acaba de llegar de Viladecans- ya no es que te informen o no te informen; el problema es que lo que te digan tiene una validez muy corta, porque a los dos minutos, resulta que ese tren ha cambiado de vía, o ya no pasa, o se ha cancelado. El problema es que no nos podemos fiar. Pero muchos tampoco tenemos más remedio”.

