
Al alcalde le inquieta saber si el ciclo
A pie de calle
En el transcurso de un año nos hallaremos en plena precampaña para la elección de alcaldes y analizaremos sus trayectorias de gestión. Según el nivel de respuesta ante las preocupaciones primordiales de la población, los candidatos superarán o fallarán en la prueba decisiva de mayo del 2027.
Una de las mayores dificultades reside en el ámbito habitacional, un sector saturado de compromisos pero con escasos frutos reales. Incluso aquellas formaciones políticas que alcanzaron la administración liderando este reclamo no consiguieron ser resolutivas y, en consecuencia, perdieron su posición en el mando. Este escenario podría repetirse durante el próximo ejercicio si no se perciben impactos directos de las promesas realizadas respecto a la edificación de inmuebles o si fallan las acciones correctoras implementadas, tales como los topes a las rentas de arrendamiento, la contención de la adquisición con fines especulativos o la intención de suprimir los apartamentos vacacionales, tal como ha planteado específicamente Barcelona.
Collboni reconoce que le inquieta profundamente la posibilidad de que la urbe agote su capacidad de expansión.
Supone una advertencia los últimos datos publicados sobre los precios de los alquileres transcurridos casi dos años desde la validación de la normativa que restringía los precios en zonas tensionadas. La consecuencia es que los arrendamientos se encarecen, el coste por metro cuadrado alcanza máximos históricos, particularmente en Barcelona, y disminuye el volumen de contratos. De no efectuarse rectificaciones, se reincidirá en el fallo tal como sucede con la medida del 30% que ha frenado la construcción de vivienda en Barcelona.
Debido a esto, las formaciones gobernantes resultarán blanco sencillo de los reproches si, según se observa, el balance de gestión muestra un desempeño deficiente en materia habitacional. Consciente de tal peligro, el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, comunicó hace unos días que su ejecutivo autoriza la construcción de 11.300 pisos, con un cincuenta por ciento de carácter social, en las inmediaciones de la venidera estación de la Sagrera. El inconveniente reside en que este plan de gran envergadura no se materializará hasta el año 2031.

Este relevante desarrollo inmobiliario, junto al de la Marina del Prat Vermell, situado cerca de la Zona Franca, constituyen los dos últimos sectores de magnitud para la creación de residencias que permanecen en la capital catalana. ¿Está Barcelona agotada? Collboni confiesa que este pensamiento le preocupa y aclara que su personal “han pasado el rastrillo” mediante el rastreo de toda la cartografía urbana del municipio con el fin de localizar terrenos para la edificación, recurriendo ya a planteamientos ingeniosos como situar apartamentos sobre centros de atención primaria o mercados.
De cumplirse los plazos previstos, Barcelona alcanzará su límite máximo hacia 2035 y únicamente restará espacio para dos intervenciones: afrontar la postergada renovación del deteriorado conjunto de edificios urbanos e impulsar definitivamente una estrategia habitacional conjunta en el área metropolitana de Barcelona. Tal labor deberá ejecutarse en colaboración con todas las localidades y, primordialmente, mediante la actitud generosa de la capital, la cual tendría que considerar que la meta es ofrecer alternativas a los barceloneses desplazados de su urbe a causa de una problemática derivada de fallos internos y de periodos prolongados de pasividad global que actualmente resulta sumamente complejo subsanar con celeridad.
El proyecto metropolitano requiere una dirección sólida con un regidor encabezando la administración de la Gran Barcelona.
Solo se acertará si consideramos Barcelona más allá de los 100 km2 de su término municipal. Pero si seguimos viendo este problema como una cuestión particular de cada municipio, fracasaremos y podremos dar Barcelona por acabada. Ha habido intentos y hay algunas actuaciones en este sentido, pero son claramente insuficientes y carecen del impulso y del consenso que la crisis merece. Y todo esto pasa necesariamente por un liderazgo metropolitano o, quizás, por la elección directa de un alcalde y un gobierno de la gran Barcelona que siempre surge en campaña electoral y muere al día siguiente de las elecciones. Quedan ocho años para que se agote la Barcelona pequeña.
