Las Claves
- La salida de Carlos Mazón y el ascenso de Juanfran Pérez Llorca marcaron una transición política enfocada en la gestión administrativa.
- La Comunitat
La Comunitat Valenciana finalizó 2025 bajo la sombra persistente de la dana que dejó 230 muertos hace más de un año, mostrando una estabilidad tan convenida como quebradiza, apoyada en la coalición entre el Partido Popular y Vox y envuelta en un sentimiento continuo de interinidad. La salida de Carlos Mazón y el consiguiente cambio en la dirección de la Generalitat con Juanfran Pérez Llorca al mando no han transformado ese centro de autoridad, pero sí lo han puesto en evidencia: el consenso que permitía la gestión política también definía con precisión sus fronteras, algunas de ellas situadas claramente a la derecha.
A partir de esa comprensión —con un enfoque más estratégico que doctrinal, priorizando la defensa sobre la ambición— transcurrió el resto del ejercicio político valenciano: una labor administrativa marcada por las consecuencias de la dana, un margen de acción limitado y una autonomía que gestionó disputas históricas —recursos financieros, esquema productivo, recursos hídricos, suelo, señas de identidad— sin llegar a solventarlas, sabiendo que el equilibrio en las cortes conllevaba un coste y que gran parte de las determinaciones fundamentales continuaban adoptándose fuera de València.
El cese de Carlos Mazón no ocurrió en una fecha ordinaria ni obedeció a un único motivo. Sucedió después de varios meses de erosión política, fricciones internas y una progresiva percepción de bloqueo administrativo que se había asentado en la Generalitat Valenciana como una bruma constante. Al comunicar el antiguo president su renuncia, al concluir este ejercicio, el panorama político valenciano no únicamente se quedó sin su principal líder: se desvaneció, primordialmente, la apariencia de equilibrio con la que se inició el mandato después del 28-M.
Mazón se retiró de forma discreta, aunque carente de heroísmo. Su renuncia evidenció el fin de una etapa que terminó antes de consolidarse plenamente. Este cambio dio paso a un periodo distinto, un reinicio liderado por Pérez Llorca, un mandatario de carácter más moderado, enfocado en la gestión antes que en la oratoria, cuya misión no es tanto lanzar una iniciativa como reconstruir un escenario político muy desgastado y restablecer los vínculos dañados, sobre todo con los damnificados por la dana. Respecto a la izquierda, no da la impresión, actualmente, de que tal entendimiento resulte viable.
La renuncia de Mazón evidenció el término de una etapa que se desgastó antes de alcanzar su plena consolidación.
Aquella sustitución definió el ambiente del cierre anual. No obstante, el 2025 representó, para la Comunitat Valenciana, una etapa de adaptación, de rectificaciones obligatorias y de interrogantes complejos acerca de su relevancia verdadera dentro del Estado, su esquema financiero y su potencial para condicionar las determinaciones importantes que le llegan del exterior. Bajo una premisa que se ratifica anualmente; los valencianos no compiten en la Liga de los grandes dentro del panorama político nacional.
El ascenso de Juanfran Pérez Llorca a la jefatura de la Generalitat no se produjo entre anuncios rimbombantes. Su alocución de toma de posesión, moderada y discreta, evidenció que su objetivo no era iniciar una etapa inédita, sino sanar divisiones. Ante un panorama de división partidista y una ciudadanía agotada por disputas inútiles, el actual president prefirió una táctica de escaso estruendo y máxima cautela, empleando acciones constructivas como el encuentro con Pedro Sánchez en La Moncloca. Cuestión distinta será comprobar los frutos obtenidos al tiempo.
Tras su nombramiento, Llorca manifestó que su intención no consistía en iniciar un periodo distinto, sino en reparar fracturas.
No obstante, dicha forma de actuar presentó una naturaleza ambivalente. En una instancia, disminuyó la crispación en las instituciones y recuperó un ambiente de relativa calma en el Consell. En contrapartida, consolidó la imagen de una Comunitat que actúa por inercia política, enfocada prioritariamente en la resistencia antes que en el liderazgo. A lo largo de 2025, la Generalitat ejerció el poder con una actitud más protectora que proactiva, condicionada por la búsqueda de equilibrio doméstico y los obstáculos para ganar relevancia en Madrid. La cuestión valenciana que planteó Ximo Puig aún se encuentra distante de hallar una solución definitiva.
Les Corts Valencianes mostraron esa idéntica atmósfera: discusiones tensas, hegemonías débiles y una minoría parlamentaria enfocada prioritariamente en el desgaste antes que en la proposición frente a una alianza conservadora donde Vox va estableciendo, de forma paulatina, su visión y directrices. A modo de ejemplo, en el reciente boletín oficial del Parlamento se difundió la modificación normativa que suprimió el grupo de trabajo sobre asuntos LGTBI y prescindió del habla inclusiva. Todo ello mediante un trámite acelerado y sin posibilidad de que el bloque de izquierdas presentara correcciones.
La gestión regional pareció dar vueltas, en exceso, sobre su propio eje. Si existió un tema que recorrió el ejercicio completo como un hilo conductor, este resultó ser, nuevamente, la financiación autonómica. Durante 2025 se ratificó otra vez una realidad molesta: la carencia de fondos de la Comunitat Valenciana ya no genera indignación, únicamente conformidad.
La nueva administración del Consell recalcó la importancia de modificar el esquema vigente, aunque sus demandas se enfrentaron a la parsimonia —o incluso el desinterés— del Gobierno central, que se ha comprometido a presentar un plan a principios del año 2026. La Comunitat continuó situándose entre las regiones con menor presupuesto por ciudadano, una irregularidad que determina cualquier acción institucional y restringe, de manera intrínseca, el margen de actuación del autogobierno.
Por otro lado, el bloque de izquierdas aún no parece haber hallado un plan de acción renovado para ajustarse al contexto postMazón. Debido a mandos poco consolidados y a la incertidumbre sobre el futuro a la izquierda del PSPV, las formaciones progresistas aún se quejan por no haber contado con la posibilidad de celebrar comicios. Dentro de la Comunidad Valenciana, a diferencia de lo ocurrido en otras regiones, Vox impidió la realización de un adelanto electoral.
La delegada del Gobierno en la Comunitat Valenciana, Pilar Bernabé, toma la palabra en el Fórum Europa-Tribuna del Mediterráneo, contando con la introducción de la ministra y secretaria general del PSPV-PSOE, Diana Morant.
En términos financieros, 2025 se caracterizó por su aguante antes que por un cambio profundo. El sector turístico exhibió nuevamente su solidez, particularmente en las zonas litorales, si bien se acentuó su subordinación a un patrón de temporada y su fragilidad ante las fluctuaciones globales. El ámbito industrial conservó su ritmo en áreas fundamentales, aunque no logró concretar la evolución de calidad largamente prometida.
El sector de la industria se ha mantenido activo en áreas fundamentales, aunque no ha logrado la transformación profunda frecuentemente vaticinada.
El sector agrícola, particularmente en la zona meridional de la Comunitat, continuó aprisionado por la rivalidad foránea, el encarecimiento de los gastos y la inseguridad respecto al agua. Asimismo, la discusión acerca del esquema de producción valenciano —mayor variedad, incremento del valor aportado, reducción de la inestabilidad laboral— se mantuvo nuevamente en la esfera de los análisis comunes y los remedios postergados. El Consell hizo mención a la modernización, el cambio ecológico y la transformación digital, aunque el año 2025 evidenció que los discursos, carentes de capacidad económica y de un respaldo gubernamental continuo, tienen escasa relevancia ante la pasividad.
Escasos temas caracterizan de tal forma a la Comunitat Valenciana como su vínculo con los recursos hídricos. Durante 2025, dicha controversia reapareció en la prensa, las oficinas gubernamentales y la esfera pública. Las fricciones relativas al trasvase Tajo-Segura aumentaron, mientras que la narrativa oficial valenciana fluctuó entre la exigencia decidida y el reconocimiento de su limitada fuerza de decisión efectiva.
A ello se sumaron los problemas derivados del cambio climático: episodios de lluvias extremas, presión sobre el litoral y debates recurrentes sobre urbanismo y protección medioambiental que el PP y Vox están relajando con no poco peligro. El territorio valenciano apareció, una vez más, como un espacio frágil, sometido a tensiones contradictorias entre desarrollo económico y sostenibilidad.
Este ejercicio puso de manifiesto que la Comunitat aún no posee un plan territorial de largo alcance que pueda armonizar posturas y adelantarse a las desavenencias, en vez de tratarlas cuando ya se han producido.
En la esfera social y cultural, 2025 resultó un periodo de discusiones contenidas en vez de notorias crisis. La formación y la atención médica se mantuvieron como los indicadores esenciales de la insatisfacción civil, reflejando especialistas desgastados y un gobierno que camina con tropiezos frente a los ajustes económicos.
El debate sobre la lengua reapareció de manera discontinua, no como un enfrentamiento directo, sino como reflejo de una esencia valenciana que aún intenta encontrar su lugar entre la estandarización y el uso político. El ámbito cultural, a pesar del dinamismo artístico actual, estuvo nuevamente supeditado a estímulos públicos inconstantes y a recortes financieros impuestos por Vox y consentidos por el PP. Se produjeron manifestaciones ciudadanas, quejas de diversos sectores y un malestar latente que no derivó en una explosión social, aunque evidencia a una población más fatigada que resignada.
Analizado de forma global, el ejercicio 2025 no resultó extraordinario para la Comunitat Valenciana. No se produjeron logros inmensos ni fracasos memorables. No obstante, resultó ser una etapa esclarecedora. La renuncia de Carlos Mazón y el ascenso de Juanfran Pérez Llorca representaron una variación en la cadencia, mas no en la dirección; una gestión más moderada dentro de un escenario que tal vez demandaba mayor audacia.
La renuncia de Carlos Mazón y el arribo de Juanfran Pérez Llorca significaron una transformación en la velocidad, pero no en la dirección;
La Comunitat Valenciana finalizó el ejercicio con los idénticos interrogantes que lo iniciaron: de qué manera ganar relevancia, cómo costear su autonomía, la forma de actualizar su sistema productivo y el modo de salvaguardar su entorno sin sacrificar el desarrollo. Cuestiones de antaño que resultan cada vez más apremiantes.
Quizás por esa razón 2025 representó, ante todo, un ciclo de toma de conciencia. La confirmación de que la dificultad ya no estriba solo en qué resoluciones se acuerdan en València, sino en qué volumen se definen efectivamente allí. Y de que el porvenir valenciano continúa vinculado, en gran parte, a una contienda discreta por alcanzar entidad política fuera de la simple administración y de los límites geográficos.




