Ricard Pérez Casado ha fallecido a los 80 años y con él se va una de las figuras clave de la València contemporánea, uno de esos políticos que, más allá de las siglas y de los vaivenes del poder, dejan una huella profunda y duradera en la fisonomía moral, cívica y urbana de una ciudad. Fue el segundo alcalde democrático de València, tras el breve mandato de Fernando Martínez Castellano, pero, sobre todo, fue el alcalde que pensó la ciudad, el que la imaginó en un momento decisivo de su historia y sentó las bases del modelo urbano que, con aciertos y también con controversias, ha llegado hasta hoy.
Nacido en 1945, Pérez Casado pertenece a esa generación que vivió el final del franquismo desde la militancia intelectual y política, que entendió la democracia no como una mera alternancia de gobiernos, sino como una transformación profunda de las estructuras del Estado y de las ciudades. Vinculado al socialismo valenciano y al PSPV, fue uno de los actores fundamentales de la Transición en València, un periodo en el que el poder municipal dejó de ser una prolongación del aparato del régimen para convertirse en un espacio de participación, debate y proyecto colectivo.
Fue el alcalde que pensó la ciudad, el que la imaginó en un momento decisivo de su historia
Accedió a la alcaldía en 1979, tras las primeras elecciones municipales democráticas, en un contexto extremadamente complejo. València era entonces una ciudad desordenada, marcada por décadas de crecimiento caótico, especulación urbanística y ausencia de planificación. Los barrios periféricos carecían de servicios básicos, el centro histórico estaba degradado y el viejo cauce del Turia, aún reciente la riada de 1957, era un espacio en disputa entre quienes lo concebían como una autopista urbana y quienes lo soñaban como un gran parque público.
Fue precisamente en ese debate donde Ricard Pérez Casado dejó una de sus huellas más reconocibles. Fue el responsable del gobierno municipal que puso en marcha Plan General de Ordenación Urbanística actualmente vigente. Apostó con decisión por el “río verde”, una idea que hoy parece incuestionable pero que entonces exigía visión, valentía política y capacidad de enfrentarse a intereses poderosos. El Jardín del Turia, convertido hoy en el gran eje vertebrador de la ciudad, es inseparable de aquella concepción de València como una ciudad más habitable, más humana y pensada para sus ciudadanos y no únicamente para el tráfico y el hormigón.
Pero su proyecto iba mucho más allá del antiguo cauce. Pérez Casado impulsó una política urbanística integral, basada en el planeamiento, la recuperación del espacio público y la dignificación de los barrios. Bajo su mandato se sentaron las bases de los planes generales que trataron de poner orden en el crecimiento urbano, de frenar la especulación más agresiva y de introducir criterios de equilibrio territorial y cohesión social. Fue un alcalde que creyó en la ciudad como un organismo vivo, donde el urbanismo debía estar al servicio de la convivencia y no al revés.
Pérez Casado impulsó una política urbanística integral
Al mismo tiempo, su etapa al frente del Ayuntamiento coincidió con años de enorme tensión política y social. La llamada “Batalla de València”, con el conflicto identitario y lingüístico en plena efervescencia, convirtió el consistorio en un escenario de confrontación constante. Pérez Casado hubo de gobernar en medio de una polarización extrema, con episodios de violencia, presión mediática y desgaste personal. Aquellos años dejaron cicatrices profundas, tanto en la ciudad como en el propio alcalde, que acabaría abandonando la alcaldía en 1988.
Tras su salida del Ayuntamiento, Ricard Pérez Casado se fue apartando progresivamente de la primera línea política. Ocupó responsabilidades institucionales y mantuvo una presencia discreta, cada vez más alejada del foco público. En los últimos años, su figura quedó envuelta en un silencio casi injusto para quien había desempeñado un papel tan relevante en la construcción de la València democrática. Su estado de salud, deteriorado en los últimos meses, había reducido aún más su vida pública.
Sin embargo, el paso del tiempo tiende a poner las cosas en su sitio. Hoy, cuando València reflexiona sobre su modelo urbano, sobre la necesidad de ciudades sostenibles, cohesionadas y pensadas para las personas, muchas de las ideas que defendió Ricard Pérez Casado reaparecen con una vigencia sorprendente. Su legado no está solo en los planos y en las ordenanzas, sino en una forma de entender la política municipal como un ejercicio de responsabilidad histórica.
Ricard Pérez Casado fue un alcalde con luces y sombras, como todos los que gobiernan en tiempos difíciles, pero fue, ante todo, un alcalde con proyecto. Un político que creyó que la democracia debía transformar la vida cotidiana de la gente y que las ciudades no son simples escenarios, sino el reflejo de los valores de una sociedad. València, la València que hoy camina, pasea y respira en el viejo cauce del Turia, le debe una parte esencial de su rostro actual.
Con su muerte desaparece un protagonista de la Transición y un servidor público honesto, comprometido y valiente. Queda su obra, queda su pensamiento urbano y queda el recuerdo de un tiempo en el que hacer política significaba, ante todo, imaginar un futuro mejor para la ciudad. Descanse en paz.


