“Esto se acabó, la gente no aguanta más”: las razones por las que el sistema islámico de Irán podría colapsar en esta ocasión

El polvorín de Oriente Medio

El movimiento insurgente aguarda el respaldo que Trump ha garantizado para deponer a los ayatolás, aunque en la sociedad hay tanto pavor a la vuelta de la dinastía del sha como a una contienda civil.

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Varios manifestantes recorren Teherán sorteando el humo de los gases lacrimógenos lanzados por las fuerzas del régimen durante la semana anterior. 

Uncredited / Ap-LaPresse

Las Claves

  • Las protestas contra Ali Jamenei se extienden por todo Teherán involucrando a diversas clases sociales y sectores económicos del país.
  • La represión de

La exclamación de “Muerte al dictador” comenzó a resonar por toda la metrópoli. No solo en la avenida Enqelab, ni en la plaza Valiasr u otros sitios neurálgicos donde habitualmente se agrupan las manifestaciones. “Muerte a Jamenei”, “Muerte a la República Islámica”, clamaban desde los ventanales, las veredas o vehículos en cualquier parte de la población: en el sector norte sofisticado, en el sur humilde y devoto, en la zona Este donde la clase media obrera empobrecida habita junto a gran parte de los miembros de las fuerzas militares de Irán, incluyendo a su aborrecido grupo de milicianos que recientemente ha regresado para sembrar el miedo en las vías públicas.

La represión de los milicianos incluye disparos reales arbitrarios, como presenció esta corresponsal el viernes en la noche el Este de la ciudad. Dos uniformados protegidos por la oscuridad apuntaban desde una esquina hacia una arteria que atraviesa la ciudad, sin importar quién transitara por allí. Fue la misma noche en que según múltiples testigos en diferentes partes de Teherán, y de Irán, murieron cientos de personas, tanto civiles como integrantes de los cuerpos de seguridad, en lo que se considera una de las noches más negras del país en años de protestas.

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No se trataba de una consigna inédita, pues se ha oído en todas las manifestaciones a partir de 2009, momento en que los ciudadanos de Irán superaron el temor de apuntar hacia el Líder Supremo Ali Jamenei como el causante de sus dificultades. Lo distinto en este momento radica en que los clamores no se limitaban a zonas geográficas concretas de la urbe, ni pertenecían únicamente a un estrato social determinado, tal como ocurre habitualmente en gran parte de las protestas.

No eran sólo de las mujeres y jóvenes que piden libertad como sucedió durante en 2022 durante el movimiento “Mujer, Vida y Libertad”, o sólo de hombres y mujeres de clases desfavorecidas que se levantan contra las difíciles condiciones económicas como sucedió en 2017 y 2019.

Una protesta diferente

Las manifestaciones se perciben hoy en día por cada rincón de Teherán, en el distinguido sector norte, en el sur humilde y devoto y en la zona oriental de la clase media obrera en retroceso.

Desde hacía tiempo, la manifestación ya no pertenecía únicamente a los vendedores del bazar que el 28 de diciembre arrancaron estas protestas motivadas por la variación en el coste del dólar, que en esa fecha tocaba techos históricos. Pronto se incorporaron los grupos sociales con menos recursos, mayormente de núcleos urbanos intermedios y reducidos, cansados de la coyuntura financiera y, sobre todo, de una inflación que excede el 51 por ciento desde diciembre de 2024 –“la comida y bebidas han experimentado el doble”, tal como señala el analista Saeed Laylaz.

Según Laylaz, no son primordialmente las restricciones financieras, sino la deshonestidad, la administración económica deficiente y el olvido de los desfavorecidos, lo que mantiene a la nación en este estado. En aquel tiempo, el “sistema” enfatizaba que separaba a quienes exigían progresos materiales, incluyendo a los comerciantes del bazar, de aquellos que lanzaban consignas contra la República Islámica en la vía pública, a los que el Líder tildó de “saboteadores” aludiendo a la intromisión de los adversarios de Irán.

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Un manifestante sostiene un retrato de Reza Palhavi, el descendiente del último sha de persa, quien resultó derrocado por los islamistas en 1979.

Uncredited / Ap-LaPresse

Aquello incrementó todavía más el enfado y el malestar de numerosos ciudadanos que respaldaron al sistema durante la guerra de los 12 días, pero que han observado cómo la República Islámica ha omitido cualquier acción para elevar el bienestar de los iraníes, sobre todo de los sectores más humildes, a partir de ese momento. Aunque en aquel periodo las manifestaciones se habían extendido por toda la nación, abarcando incluso aldeas desconocidas para la mayoría, lo cierto es que bastantes personas no se habían animado a intervenir, particularmente la clase media acomodada o diversos jóvenes que en 2022 presenciaron la severa represión con la que las autoridades contestaron a las movilizaciones posteriores al fallecimiento de Mahsa Amini, quien pereció tras ser arrestada por la actualmente extinta policía de la moral.

“El problema al que nos enfrentamos es a una falta de autoridad, no hay una oposición que pueda tomar las riendas si el sistema cae”, le comentaba un señor de 60 años al propietario de un comercio de artículos extranjeros el viernes pasado. Se mostraba asombrado ante la magnitud de las manifestaciones de la jornada previa. Quien le escuchaba le afirmaba que existían otras opciones, entre ellas Reza Pahlavi, “ahora la gente iraní estará más alerta sobre quién toma el poder, no actuará con pasión como Jomeini”, según le detallaba el responsable del local.

El individuo de 60 años se mostraba algo escéptico. La percepción colectiva resultaba ambivalente ya que, aunque gran parte de la población evitó manifestarse en las jornadas iniciales de 12 días, existía una opinión compartida sobre el inminente colapso de la República Islámica. “Es ahora o nunca lo lograremos”, comentaba Hassan, un sujeto empleado en una bodega de artículos para viajeros situada en la zona céntrica.

Optimismo en la calle

“Es ahora o nunca lo lograremos”, relataba Hassan, un individuo que labora en una tienda de artículos para viajeros en la zona céntrica.

“Esto ya se acabó, la gente no aguanta más”, señalaba Ali, un ingeniero que narra que mantiene dos puestos laborales para lograr subsistir cada mes. Ali indica que es originario de Lorestán, una de las provincias más bellas pero también de las más necesitadas y olvidadas por el Estado, escenario de algunas de las protestas más significativas. También fue uno de los lugares con mayores conflictos, según relataba el sábado 10 de enero Mohammed, un joven de 24 años que reside en Teherán, aunque sus familiares aún permanecen en Khorramabad, la capital.

“Alli la gente no es como aquí, que corre cuando son atacados por la policía, allí se les enfrentan. Muchos pertenecen a tribus y tienen armas”, relata el muchacho a quien sus parientes le habían comunicado por teléfono que bastantes personas fallecieron la noche previa.

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Lorestán destaca como una zona con múltiples singularidades, puesto que la precariedad empuja a bastantes jóvenes a considerar a la Guardia Revolucionaria y a la milicia como su única opción de prosperar. “Muchos de los que reprimen en las calles de Teherán son de allí”, señala. Una versión idéntica le fue relatada a esta enviada en Khorramabad durante su estancia el año previo.

El lunes predominaba una atmósfera de desconcierto. El hostigamiento había retirado a gran parte de la gente de las vías públicas y la atención recaía en la posible intervención de Trump, quien se comprometió a reaccionar si los mandatarios causaban fallecimientos; los simpatizantes de las marchas sintonizan las cadenas que difunden en farsi desde el exterior persiguiendo algún reporte que les brinde ilusión.

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Imagen de un video que muestra múltiples cadáveres en el centro forense de Kahrizak, en Teherán.

/ AFP

El nerviosismo y la incertidumbre son elevados, al igual que el sufrimiento y la desolación. Numerosas personas han perdido a seres cercanos; bastantes tienen parientes en otras tierras con quienes no logran comunicarse desde el jueves. Quienes se ajustan al orden establecido perciben que los “terroristas” los han tomado como blanco. Gran parte de la gente tiene miedo a un conflicto armado. Sobre todo a una contienda interna.

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