Un gran alcalde

Diario de València

Un gran alcalde
Periodista

Es lógico —y casi inevitable— que hoy varias generaciones de valencianos no sepan quién fue Ricard Pérez Casado. Ha llovido mucho desde que dejó la alcaldía en 1989. Demasiado tiempo, demasiados cambios políticos, demasiadas capas de ruido han caído sobre la memoria de aquella València que despertaba a la democracia mientras trataba de ordenarse a sí misma. La ciudad es ingrata con quienes la piensan a largo plazo, porque el urbanismo no tiene épica inmediata y porque los frutos de una buena planificación los disfrutan, sobre todo, quienes ya no recuerdan a quienes la hicieron posible.

Ricard Pérez Casado con su libro

Ricard Pérez Casado en foto de archivo 

Propias

Sin embargo, cada vez que un turista pisa València —y también cada vez que un valenciano camina sin pensarlo— lo hace sobre espacios que Ricard Pérez Casado proyectó o impulsó. Cada paseo por el antiguo cauce del Turia, cada sorpresa ante ese prodigio urbano que es un jardín atravesando la ciudad, cada visita al Palau de la Música, cada caminata por el frente marítimo, cada barrio que dejó de ser un margen olvidado para convertirse en ciudad digna, tiene algo de su mirada. El Plan General de Ordenación Urbana de 1986 no fue solo un documento técnico: fue una declaración de amor a València y a sus habitantes.

La reconversión del cauce del Turia en un gran jardín urbano —hoy uno de los más importantes de Europa— fue, además, un triunfo político en el mejor sentido del término. Una decisión valiente, discutida, compleja, que nacía también de una fuerte demanda ciudadana y que exigía enfrentarse a inercias, intereses y a una forma antigua de entender la ciudad como espacio de tráfico y no de vida. Hoy resulta casi imposible imaginar València sin ese eje verde. Precisamente por eso conviene recordar a quien tuvo el coraje de hacerlo posible.

La ciudad le debe mucho a Ricard Pérez Casado. También le debe una cierta forma de entender la política municipal como una tarea intelectual y moral, no solo administrativa. Él entendía el urbanismo como una disciplina profundamente humana. No hablaba de planos: hablaba de personas. No hablaba de infraestructuras: hablaba de dignidad. “Hacer una ciudad para sus habitantes”, repetía. Y no era una consigna hueca. Venía de haber vivido en los márgenes, en calles sin asfaltar, en una València desigual que él conocía desde dentro.

Tuve la oportunidad de entrevistarle hace un tiempo en Guyana Guardian, y aquella conversación sigue resonando hoy con una claridad casi dolorosa. Ricard Pérez Casado se confesaba entonces enamorado de València, “mi ciudad”. Gran conversador, de profunda cultura, con fuertes convicciones políticas y un compromiso social constante, hablaba con la serenidad de quien sabe que ha hecho lo que debía, aunque el precio fuera alto. “Conseguí cambiar y modernizar Valencia”, me dijo sin arrogancia, con la naturalidad de quien enumera un hecho comprobable.

En aquella entrevista, al preguntarle por el PGOU y por el jardín del Turia, no habló de éxitos personales, sino de un tiempo colectivo. “Era un tiempo de amor correspondido”, decía. Amor exigente, crítico, pero compartido con una ciudadanía que quería cambiar su ciudad. Citaba a Octavio Paz —“la ciudad es el lugar donde pasa todo”— y recordaba que en los años 80 había crisis, carencias, desigualdad. Y aun así, o precisamente por eso, se logró implicar a la sociedad en un proyecto común.

Pérez Casado sabía de urbanismo cuando casi nadie hablaba de ello en España. Su escuela eran Italia y Alemania, no la improvisación ni el pelotazo. Entendía que antes de construir había que liberar, limpiar, coser. Quitar ferrocarriles que partían la ciudad, eliminar residuos del cauce, dignificar espacios degradados, trazar un metro que integrara el área metropolitana. Sabía que València no era solo el término municipal, sino una realidad de 44 municipios que aún hoy reclaman un verdadero instrumento metropolitano. En muchas cosas, fue un alcalde adelantado a su tiempo.

Pagó, también, un precio personal y político elevado. Sufrió en sus propias carnes las guerras orgánicas del PSPV, las luchas internas, la soledad del poder municipal en tiempos convulsos y la crudeza de una etapa —la llamada Batalla de València— que desgastó a personas e instituciones. Nunca renegó de su compromiso con la socialdemocracia, aunque sí expresó una profunda decepción con la evolución del sistema de partidos. Su lealtad fue siempre más fuerte que su rencor. Y fue un claro luchador contra el franquismo: él fue quien quitó la estatua de Francisco Franco de la Plaza del Ayuntamiento. 

Con los años, Ricard Pérez Casado fue desapareciendo del primer plano. Quizá demasiado. Quizá injustamente. Su figura quedó sepultada bajo otras narrativas, otros modelos de ciudad, otras formas de hacer política más ruidosas y menos reflexivas. Pero el tiempo, que todo lo erosiona, también acaba ordenando las memorias.

Puede que muchos ya no sepan quién fue Ricard Pérez Casado. Pero València lo recuerda cada día, aunque no lo sepa, en cada paso que da por una ciudad más habitable, más abierta y más humana”

Hoy, tras su muerte, convendría mirar València con más atención y preguntarnos quién la pensó cuando aún no estaba hecha. Recordar que las ciudades no surgen por generación espontánea ni por marketing, sino por decisiones valientes tomadas en momentos difíciles. Ricard Pérez Casado fue uno de esos alcaldes que no gobernó para la foto, sino para el futuro.

Puede que muchos no sepan ya quién fue. Pero València lo recuerda cada día, aunque no lo sepa, en cada paso que da por una ciudad más habitable, más abierta y más humana. Y eso, en política, es una forma muy seria de trascendencia.

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