Comunidad Valenciana
Felip Bens

Felip Bens

Escritor y periodista

Toxicómanos, bicis y el rastro de Valencia.

Veles e bens

Existen seguidores del mercadillo que lo reivindican como una tradición propia de Valencia. No obstante, en las inmediaciones del Mercat Central, en la plaza de Nàpols i Sicília, en l’Hospital de folls, en Mestalla o ahora en Beteró, ha mostrado siempre un matiz sombrío y deslucido que fuerza a proteger el monedero, entre puestos con mucha “morralla” y diversos artículos de dudosa procedencia. No alcanza la mala fama del mercado residual de la plaza de Brujas, pero se encuentra a gran distancia de otros como els Encants de Sant Antoni, en Barcelona.

Rastro de Toronto
Rastro de TorontoFelip Bens

Durante muchos años ha existido un mito popular en el cap i casal: si has pasado por la experiencia (tristemente frecuente) de que te quiten la bici, trata de encontrarla muy temprano en el rastro. Antes del mediodía todavía se ofrecen llantas, como esas que sustraen en las vías de alrededor cuando cargar con el cuadro completo es una tarea excesiva. Una de estas piezas, de dudosa procedencia, se comercializa mientras una patrulla de policías locales transita por la zona. Al otro lado se negocia el valor de una computadora portátil que fluctúa entre los cinco y los tres euros.

Existen diversos elementos que resultan cautivadores y buscan una segunda oportunidad: volúmenes, vajillas, pinturas, baratijas, muebles, cerámica, álbumes, llaveros. Se halla una infinidad de piezas recuperadas de viviendas “vaciados”, de personas mayores que han muerto (o se han mudado a un geriátrico) y de las cuales únicamente importan ahora el “cash” y los títulos de propiedad. Se localizan objetos verdaderamente preciados, complejos de hallar y de situar en un marco que facilite entender su importancia. Representa la labor de los buscadores de reliquias que posteriormente figuran en Todocolección, eBay o Wallapop. Evocan a quienes exploran la superficie de los arenales: se levantan temprano y seleccionan. Sintiendo un gran entusiasmo cuando surge un descubrimiento de calidad. Mediante un desembolso reducido obtienen un conjunto de fotografías, por citar un caso, que rentabilizan rápidamente.

El rastro cobra su auténtico significado en esa labor de salvamento de obras de arte y bienes patrimoniales. Hallar el encanto de lo antiguo entre la chatarra y piezas de bicicleta de dudosa procedencia es un rasgo de “l’encant”, algo que ya no ocurre en otros mercados más refinados donde los vendedores conocen perfectamente el precio de su mercancía.

Ha vuelto el azote de personas inyectándose en los rincones y en las zonas verdes donde después se divierten los menores, de las jeringuillas abandonadas en los alcorques, de los dependientes con apariencia de zombis que solicitan monedas para el tranvía.

En las proximidades del rastro de Valencia, por la Malva-rosa, Llamosí-Remonta, el Cap de França o la Virgen del Carmen, se dan noches en las que se rompen gran cantidad de ventanillas. La heroína ha regresado. Y con ella los hurtos, que nunca se ausentaron totalmente: bicicletas, llantas y cualquier pieza del automóvil, aun cuando no se vea nada. Posiblemente se localice algo en el maletero para venderlo de inmediato y pagar una dosis. Tal vez acabe en el rastro.

Ha retornado el azote de personas inyectándose en los rincones y en las áreas recreativas donde después juegan los pequeños, de las jeringas abandonadas en los alcorques, de los dependientes con apariencia cadavérica que solicitan calderilla para el tranvía. Estos consumidores incomodan incluso a los distribuidores de estupefacientes más reservados, afianzados con total impunidad, que pretenden conservar la calma habitual del tráfico a pequeña escala, esa dinámica permitida por las instituciones.

Independientemente del sufrimiento íntimo y de los allegados del adicto a la heroína, resulta evidente que esta cuestión, arraigada en la Valencia marítima desde la Transición, se zanjaría en cinco minutos en la calle Colón, cuyo tránsito de automóviles tanto inquieta a los mandatarios de toda clase. Visualicen el agotamiento tras décadas de esta índole, habitando junto al tormento de los narcóticos y la criminalidad que conllevan. Es suficiente para que te quiten un neumático. O un artículo deportivo que guardaras en el portaequipajes del vehículo, después de que te destrozaran el vidrio. Para terminar viendo ese neumático o artículo el domingo, en el rastro. ¡Vaya delicia!

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