Antonio Fernando Murillo, profesor de la Universidad de Almería, sobre cómo activar nuestro propio ‘modo antienvejecimiento’: “Bajar moderadamente las calorías ayuda al ahorro interno”
Salud física y mental
El docente destaca algunas fórmulas para mantener el cuerpo funcionando a medida que envejecemos
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El ayuno intermitente es una práctica cada vez más habitual entre mucha gente
José Luis Cidón, doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Autónoma de Madrid, aseguraba en una entrevista que el ayuno intermitente “no está diseñado para perder peso, aunque ayuda. Es más interesante porque reduce la inflamación y regenera la microbiota intestinal. Y lo más importante de todo: produce autofagia, un proceso metabólico en el que las células se reciclan y desechan sus componentes disfuncionales, hasta el extremo de eliminar incluso células precancerosas. El más sencillo es el que consiste en comer 8 horas y ayunar 16 de las 24 que tiene el día”.
En los últimos años, el ayuno intermitente o fasting se ha convertido en una práctica muy popular y extendida, en especial gracias a la divulgación por parte de atletas de élite. Muchos lo utilizan como alternativa a dietas y acciones más extremas para perder peso, pero forma parte de un sistema mucho más complejo. Así lo destaca Antonio Fernando Murillo, profesor asociado de la Universidad de Almería, mediante un artículo publicado en The Conversation. Según sus palabras, a medida que pasan los años nuestro cuerpo acumula pequeños fallos en las células.

“Bajar moderadamente las calorías ayuda al ahorro interno y mejora la reparación de piezas gastadas. Esto no implica hacer dietas extremas, sino reducir un poco la energía total o acotar las horas en las que comemos. Varios estudios en humanos, incluido el ensayo clínico CALERIE, han demostrado que una reducción calórica moderada mejora los marcadores de inflamación, reduce la resistencia a la insulina y favorece un metabolismo más eficiente en adultos sanos. Estas mejoras aparecieron sin necesidad de llegar a un ayuno estricto”, destacaba.
“Dejar transcurrir 14 a 16 horas entre cena y desayuno también ayuda. Es lo que se conoce como ayuno intermitente. En este enfoque no se come menos volumen total, sino que se concentra la ingesta en una franja del día de 8 o 10 horas, alargando el tiempo nocturno sin comer. Los estudios en personas con exceso de peso o síndrome metabólico han identificado descensos de glucosa, presión arterial y grasa abdominal, junto con una mejor regulación del apetito, simplemente cambiando el ‘cuándo’ más que el ‘qué’ se come”, sumaba.

Mover el cuerpo
Uno de los muchos ejemplos de actividades que se pueden llevar a cabo es el deporte: “No es preciso correr una maratón: basta con constancia y un plan sencillo. Tres días de fuerza y caminar la mayoría de días ya ayuda. Tanto en adultos de mediana edad como en personas mayores, programas sencillos de fuerza dos o tres veces por semana han conseguido aumentar la masa y la función muscular, reducir la grasa visceral y mejorar el control de la glucosa. La regularidad es el verdadero secreto”.
De igual forma, es necesario comer de forma adecuada, dormir las horas recomendadas y mantener una microbiota estable. Del mismo modo, hay que tener cuidado con las células más “viejas”, llamadas senescentes: “No mueren, funcionan mal, consumen recursos y generan ruido inflamatorio. Este consiste en enviar señales inflamatorias al resto del organismo como si fueran un programa defectuoso generando errores en segundo plano”.

